Y entonces sí que se abriría ante nosotros una nueva dimensión.
Mucha gente cree que los perros ven el mundo en blanco y negro, como en una película antigua. Pero, irónicamente, muchos otros animales a los que les adjudicamos una visión en Technicolor, en realidad sólo lo hacen en blanco y negro.
Antes de resolver estas dudas, se impone una pequeña aclaración sobre cómo funciona la visión del color.
El color resulta de la interacción de la luz con la retina del ojo y es una consecuencia de la distinta sensación que producen en un observador luces de diferentes longitudes de onda. Así pues, el color no sólo es una invención de nuestro cerebro, sino una mezcla de invención junto con las características intrínsecas de la luz.
La visión del color depende de unos elementos anatómicos del ojo llamados conos, que, junto con los bastones (responsables de la visión en blanco y negro), se hallan en la retina. Los conos captan luz correspondiente a distintas longitudes de onda. Esto produce activaciones distintas en las células, y el conjunto de la información permite al córtex visual del cerebro construir la sensación de color.
Los experimentos para saber si una especie animal ve el mundo como los primeros minutos de El mago de Oz o como el resto del filme, no son nada sencillos, pues las respuestas de los animales pueden ser poco concluyentes. Así, la presencia de fotopigmentos no es una prueba definitiva, ya que pueden servir, como en ciertos invertebrados, para obtener energía y no para observar colores. Pero sí se han logrado algunos avances al respecto.
La visión en color para ciertos animales se sabe que es cuestión de superviviencia. Como en el caso de las abejas, que distinguen y discriminan así unas flores de otras. O entre ciertos pájaros, para obtener alimento en frutos o flores o para ejercer el reclamo sexual con un plumaje vistoso. Para otros, como los reptiles de costumbres nocturnas, la visión en color es tan útil como la pantalla panorámica para un invidente.
Pero vayamos concretamente a los perros. Se ha observado que poseen una visión dicromática, con un punto neutro a 480 nanómetros (un nanómetro es la mil millonésima parte de un metro). Es decir, que pueden distinguir, además del blanco y el negro, dos colores distintos: probablemente el azul y el verde, pero lo hacen en un margen de longitudes de onda muy estrecho.
Los gatos pueden distinguir hasta seis colores y diversas gamas dentro de cada uno.
El caso de los toros es el más divertido. Siempre se ha creído que el color rojo del capote de los toreros es lo que excita la bravura del toro. Pero no es así. Los toros acaso pueden distinguir un par de colores, y es el movimiento del capote lo que le excita realmente y no su color.
Los chimpancés, en su mayoría, tiene una visión del color idéntica a la humana.
Como refiere el libro de Oliver Sacks
La isla de los ciegos al color, existen personas que son capaces de experimentar muchos de estos tipos de visión que sólo asociamos a los animales. El más conocido, por supuesto, es el caso de los daltónicos. Pero hay algunos más extraños, como el caso de los que sufren acromatopsia. Esta enfermedad permite que el ojo capte los colores y transmita las sensaciones, pero el cerebro se ve incapaz de procesar la información para construir la sensación correspondiente.
Los acromatópsicos ven el mundo como si fuera un tablejo de ajedrez. Y no sabéis cuán repugnante puede ser comerse un plato de spaguetti en blanco y negro: entonces más que comer spaguetti parece que estás comiendo gusanos. Una demostración más de que la comida también se come por los ojos.
Oliver Sacks siempre se ha sentido atraído por las islas, esos «experimentos de la naturaleza, lugares benditos y malditos por su singularidad geográfica, que albergan formas de vida únicas». En su última obra, esta fascinación le lleva más lejos que nunca, a las remotas islas del Pacífico, donde concilia su afición a explorar el mundo real con su pasión por investigar el mundo de la mente. En esta ocasión abandona transitoriamente a los individuos y con herramientas no sólo de neurólogo sino también de antropólogo, investiga a grandes grupos de población que han sido condicionados por un defecto o una deficiencia física. En Pingelap y Pohnpei, dos diminutas islas de Micronesia, una proporción muy elevada de la población es completamente ciega al color. Sacks, acompañado por un oftalmólogo y por un científico noruego que también ve el mundo en blanco, negro e infinitos grises, visita las islas e investiga la influencia que esta peculiaridad de sus habitantes tiene sobre la vida cotidiana y cómo se refleja en su cultura y sus mitos. En Guam, otra isla del Pacífico, existe una enfermedad neurodegenerativa que ha sido endémica en los últimos cien años. El lytico-bodig, como la denominan los nativos, se presenta a veces como una parálisis progresiva, que convierte a quienes la sufren en estatuas humanas; en otras ocasiones sus síntomas son parecidos a los del síndrome de Parkinson, acompañado de demencia. A pesar de años de investigación, esta enfermedad continúa siendo un enigma. Una hipótesis, nunca probada, la atribuye al consumo de harina fabricada con las semillas de la cicadácea, un árbol cuyo origen se remonta a la prehistoria y que siempre ha fascinado a los botánicos. Pero "La isla de los ciegos al color" es mucho más que la intrigante exploración de dos enigmas médicos; es también la absorbente crónica del viaje por unas islas que siempre se nos han aparecido como remotas y misteriosas, visitadas por Darwin y ocupadas por los japoneses en la Segunda Guerra Mundial. Porque Oliver Sacks es la mejor prueba de que la casi siempre impenetrable división entre las artes y las ciencias podría no existir. Catedrático de neurología en una de las mejores escuelas de medicina, sus libros muestran un sólido y actualizado conocimiento científico pero también son narraciones apasionantes que atrapan al lector, y son siempre un vehículo para una audaz, original exploración de la condición humana.