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lunes, 25 de enero de 2016

Posibles orígenes del perro de Baskerville, según Crispin Andrews. Mitología zoológica y criaturas monstruosas.


Para que veáis que somos unos linces enlazando temas, pasamos de las ruínas fotografiadas con perros a los perros en sí y sus connotaciones culturales e iconográficas.

Desde un punto filogenético, un perro no es más que un lobo cuya crianza endogámica ha hecho reaparecer atavismos, y cuya crianza selectiva ha restringido estos atavismos y rasgos físicos peculiares con criterios cinegéticos específicos, para el desarrollo de otras actividades específicas (evidentemente, los rasgos de carácter y comportamiento también se han seleccionado) o simplemente estéticos.
Estrictamente, el perro se acerca como mucho al concepto de subespecie y constituye el testimonio de una de las más antiguas asociaciones interspecies en las que está implicado el ser humano.
Como ya existe una vasta literatura especializada al respecto, no haremos sino destacar el hecho de que la empatía que facilita la relación entre canes y humanes deriva del comportamiento social de ambas especies y su capacidad de abstracción y anticipación de acontecimientos y, por tanto, de acciones colectivas encaminadas a la obtención de alimento y a la captura de presas grandes o difíciles en grupos organizados.
Una vez que los cerebros están capacitados para la gestión de organigramas cinegéticos en ambas especies, también lo están para observar comparativamente los de otras especies competidoras. Los etólogos parecen ponerse de acuerdo en que probablemente la observación o el comportamiento oportunista fué recíproco desde tiempos remotos, hasta el extremo de llegar a coordinar estrategias para por fin disputarse el botín o, al fin, compartirlo.
La curiosidad o la atracción por animales de otras especies es instintiva, y la empatía afectiva condicionada por situaciones extremas como la pérdida de la propia progenie y la adopción de cachorros con conmovedores rasgos neoténicos ya ha sido comentada por diversos motivos en este blog, y constituye el principal trasfondo que condiciona nuestra forma de percibir a las demás especies animales y, en este sentido, también hemos mencionado que las imágenes más preñadas de espectativas para los seres humanos son precisamente las de los propios humanos, dado que la organización grupal, en clanes o manadas, hace de los demás gupos de la misma especie los principales competidores en recursos alimentarios y potenciales agresores, por lo que la presencia de otro ser humano conlleva tanta tranquilizadora seguridad como todo lo contrario.
En el caso de los animales domesticados se da la misma paradoja, y muy especialmente en los potencialmente agresivos, como en el caso del lobo/perro.
La imagen del perro evoca la de su ancestro depredador y por tanto sigue siendo tan portadora de alerta ante el peligro como de simpatía.
La ostentación de armamento agresivo, como garras, cuernos y colmillos carniceros constituye el modo visual de identificación de peligro, tanto por parte del que avisa mostrándolos como del que aprende de la experiencia. Añadir rasgos animales de esta índole está en la génesis de los arquetipos que hay detrás de los demonios y mitos criptozoológicos humanoides de todas las culturas. La imaginación es útil y poderosa, pero también es la madre de un bestiario fantástico inmenso cuyas más temibles criaturas comparten rasgos humanos y de otras especies.
Si una criatura temible es tu aliada, despierta todos tus afectos, pero en base a reconocer los temores que suscita. Es lógico, por tanto, que el perro y el lobo, por su omnipresencia y su cercanía a las poblaciones humanas, estén detrás del mito de la licantropía, al fin y al cabo, una sofisticada consecuencia de la cinofobia y la cinofilia coexistentes tanto en las comunidades como en los individuos humanos.
No es difícil deducir que dependiendo de la variedad de especies depredadoras en un determinado entorno, se dispondrá de una igual variedad de mitos antrozoomórficos. En Europa, la presencia de grandes depredadores como leones u osos ha menguado desde muy antiguo, y la persistente presencia del lobo y el perro les han otorgado un lógico protagonismo en la invención de hombres-bestia, pero no es difícil llegar a la conclusión de que la inclusión de hienas, tigres u otras especies en la ecuación produce criaturas equivalentes en diferentes culturas. En la cultura occidental, el paradigma de de hombre bestia es el licántropo por la cotidianeidad manifiesta de la cinofobia y la cinofilia basada en la cercanía del perro y del lobo.
La cinofobia sirve como detonante para mitos emparentados con otras tradiciones orientales como la manticora, por ejemplo.

Imagen de una manticora de un manuscrito medieval.

La manticora es una criatura mitológica, que aparantemente provenía de la India, con el cuerpo de un león de color sangre, la cara de un hombre con los ojos azules, y una cola parecida al aguijón de un escorpión. Se dice que puede saltar grandes distancias y es muy activa. Algunos autores describen su voz como sibilante. A pesar de que tiene la c
abeza de un hombre, posee un apetito insaciable por la carne humana.

La manticora primero apareció en la literatura persa, su nombre deriva de las palabras "martya" (hombre) y "xwar" (comer). Los griegos la llamaron manthikoras y tanto Plinio, como Aristóteles escribieron sobre ella. Recientemente, se ha nombrado manticora a un género de escarabajos de fuertes mandíbulas.




Como pretexto para ilustrar nuestras reflexiones de hoy, queremos hacer referencia a un artículo de Crispin Andrews al respecto de los orígenes del perro de los Baskerville en el célebre relato de Arthur Cona Doyle protagonizado por Sherlock Holmes.
Andrews alude a la legendaria (pero sin duda basada en hechos reales) Bestia de Gévaudan, que originó un auténtico problema administrativo que obligó a que la casa real tomase cartas en el asunto.
Como en toda buena narración con monstruos zoológicos se dan una serie de factores que se siguen repitiendo en los productos propios del género:

1- La duda entre el carácter mágico y el carácter natural (por tanto, también, científico, naturalista) de la criatura: aunque el animal es excepcional, siempre posee rasgos comparables con los de especies conocidas o identificables. El naturalista busca su exacta identificación y aplica en ello los conocimientos compilados por los estudiosos respaldados por el método científico, aunque en este caso concreto, tal concepto aún se hallaba en estado embrionario.
No obstante, pese a ello, el enciclopedismo y la ilustración sustentaban el nuevo academicismo protocientífico tanto en Francia como en Inglaterra, consecuencia y acicate simultáneamente de los descubrimientos y conquistas geográficas de ambas potencias comerciales. Narraciones como las que ofrecen el caso de la Bestia de Gévaudan o el sabueso de Baskerville son sintomáticas de una época en la que los mitos culturales son difícilmente disociables de los conocimientos zoológicos, puesto que, además, muchos de estos mitos se sustentas en hechos reales.
Si intentamos utilizar como ejemplo paradigmático la película "Tiburón", de Spielberg (basada en la novela homónima de su guionista Peter Benchley) observamos la persistente presencia de ambas visiones de la criatura: la basada en la ignorancia y la especulación, y la basada en el estudio y la observación científica basada en datos contrastados. Lo excepcional es sencillamente aquello que alguna de las dos maneras de observarlo no puede asimilar o no había registrado hasta el momento. El tiburón de la narración de Benchley-Spielberg es un ejemplar de una especie concreta, que se ajusta a las características de dicho animal y que hace cosas que se han descrito anteriormente en dicha especie, aunque tienda a concentrarlas todas en un mismo animal, especialmente en cuanto a su comportamiento, que lejos de errático o instintivo, se antoja astuto, premeditado o demoníaco, muy en la línea de lo que Melville ya había establecido con Moby Dick.

2- La bestia se convierte en foco crítico de la relación entre la humanidad y el mundo natural: esto se da desde dos perspectivas, dado que el monstruo animal pertenece al mundo natural, pero su excepcionalidad se basa precisamente en la rotura del equilibrio conseguido en la domesticación del entorno. Pone en peligro el modus vivendi humano y pone a prueba la cooperación social para defender los bienes comunes (aquí habría que profundizar hasta qué punto son comunes, privados o una concesión de las castas oligárquicas) y justifica el renacimiento de la predación humana sin fines alimenticios, sino de supuesta y genuina defensa.

3- La bestia representa aquello ajeno a los órganos y estamentos que rigen las sociedades humanas, y, por tanto atañe a la reafirmación de dichos órganos y estamentos como presuntos protectores de sus súbditos. A rey le interesa intervenir para dejar constancia de su carácter protector y paternalista, al tiempo que en efecto protege sus intereses materiales. Hasta que punto éstos originan el problema o son el motivo de su urgente resolución es lo que alimenta el interés argumental de este tipo de historias. Holmes representa al especialista científico que ha de resolver el misterio y solucionar el problema en nombre de su majestad, en el caso del sabueso de los Baskerville, del mismo modo que Hoopper es el especialista científico que en nombre de la autoridad intenta solucionar el problema que la misma autoridad intentaba ocultar inicialmente por intereses económicos. A esto ha de añadirse al especialista en el terreno, en el caso de la bestia de Gévaudan los cazadores como M. François Antoine de Beauterne, que al fin y al cabo, pertenecen o rinden pleitesía a la nobleza y los estamentos del poder real, dado que son precisamente las clases pudientes las que desde siempre han cultivado las artes de la caza, como poseedores de los recursos naturales y de las armas en que sustentan su poder. Esto ha cambiado mucho menos de lo presumible. Incluso el carismático Quint de "Tiburón" debe seguramente sus ingresos y sus actividades a la existencia de clases pudientes que asocian ocio con caza deportiva.

4- El protagonismo de determinadas especies animales como recurso bélico o intimidatorio está presente a lo largo de la historia como defensa de estatus sociales concretos, y su posesión, más allá de dichos fines prácticos, conlleva una ostentación de dicho poder, algo perfectamente constatable en la proliferación de colecciones zoológicas exóticas por parte de las clases pudientes. Esto justifica argumentalmente la posibilidad de que la bestia en cuestión pudiera ser explicada como un ejemplar fugado de una de estas menageries, y resulta llamativo que el autor del artículo resalte la mención de una hiena como criatura fuera de contexto que justificase su carácter monstruoso y desconocido.
Aunque pueda parecer una explicación un tanto bizarra, lo cierto es que la tenecia de fieras exóticas, además de una no infrecuente demostración de poder y vanidad coleccionista, suponé también un indudable recurso intimidatorio, que hoy en día es patente por ejemplo entre los Gadawan Kura, u hombres-hiena en Nigeria y grupos similares en Sudáfrica y otros puntos del continente negro. Lejos de limitarse al uso de razas perrunas agresivas, como pitbulls y similares, estos pandilleros van acompañados de hienas más o menos domesticadas y babuínos, que constituyen especies de un potencial agresivo ciertamente extraordinario.






Echo en falta en el artículo de Andrews la mención a que los hechos de Gévaudan sirvieron de inspiración al argumento de "El pacto de los lobos" , de 2001, una película francesa con aires steampunk bastane influenciada tanto por las historias de Conan Doyle como por la impronta dejada por la película "Matrix", apenas tres años anterior a la realización de aquella. Al margen de consideraciones estrictamente artísticas o cinematográficas sobre el film (cuyo primer tercio es prometedor, el segundo chocante y el tercero un tanto incalificable) el guión apuesta por fantasear con la imagen de los dos especialistas enviados, a modo de Holmes/Watson, un tanto atípicos pero en el fondo basados en el estudioso aventurero y su colaborador de origen un tanto exótico para justificar sus habilidades y conocimientos más allá del anquilosamiento de la cultura blanca respecto a los fenómenos naturales (un indio iroqués al que se le atribuyen dotes de lucha tribal excepcionales y conocimientos de la naturaleza rozando un chamanismo capaz de comprender la fauna en cualquier entorno geográfico, lo que apunta a la existencia de un tópico en la que el "salvaje" lo es ventajosamente en cualquier entorno "salvaje" incluso si le es ajeno).



Aunque la película es indudablemente una invitación a dejarse llevar por la fantasía, tampoco renuncia a la efectiva dosis de misterio basada en hechos reales, por lo que intenta ofrecer una versión relativamente cercana a las plausibles explicaciones que hemos referido más arriba. Así, Grégoire de Fronsac, el naturalista aventurero interpretado por , intenta dilucidar de qué criatura se trata aunque las pistas no hacen sino desconcertarlo pese a su convicción de que la bestia es real y de carne y hueso, aunque finalmente, en concordancia con la teoría de una fiera exótica adiestrada, sustituye la teoría de la hiena por ni más ni menos que un león disfrazado de tal guisa que durante un tiempo, tanto el espectador como de Fronsac creen enfrentarse a una criatura desconocida, casi extraterrestre.
foto fija de "Willow"
El desconcertante diseño de la criatura recuerda a los remedos realizados sobre animales reales para dotarlos de un carácter extraordinario, como los perros convertidos en monstruosas fieras en Willow, o los caimanes con crestas dinosaurianas de los tiempos de émulos de Ray Harrihausen. Aparte de intentar exagerar la dentadura del animal, acentúa también la conspicua longitud de sus garras y, tal vez como inspirada abstracción del efecto óptico de la melena del león, añade a su lomo algo similar a las púas de un puercoespín africano, plagando, pues, la anatomía del animal de elementos punzantes, que la teoría de la percepción ha calificado hace mucho como inquietantes por sus meras connotaciones físicas (vuelvo a recordar cuando mis diseños de animalitos para estampar cunas de la firma "Forminfán" fueron recibidos con entusiasmo por el cliente, pero exigiendo la eliminación de uñas y dientes en cahorros perrunos y gatitos porque provocan, al parecer, miedos subliminales en los bebés).

Mafa Alborés


A continuación, os ofrezco un extracto traducido del artículo original de Andrews publicado originalmente en History Today

Crispin Andrews encuentra ecos de uno de los misterios más famosos de Sherlock Holmes en un cuento del siglo 18 en Francia.



El Lobo de Chazes, recibiendo el disparo de M. François Antoine de Beauterne, está representado en la corte de Luis XV.

Han pasado más de 125 años  desde que Ward Lock and Co publicó la primera novela de Sherlock Holmes, Estudio en escarlata. En 1902, en El sabueso de los Baskerville, Holmes y Watson se reunirían contra el malvado Jack Stapleton y el perro que había entrenado para acabar con sus rivales en la finca Baskerville.

Centenarias leyendas de perros negros fantasmas en Dartmoor se dice que inspiraron a Arthur Conan Doyle para escribir su obra más famosa. No obstante, si hubiese visitado en Francia el Macizo Central, habría descubierto una historia no muy diferente a la suya. Salvo que la bestia que aterrorizó la provincia de Gévaudan en la década de 1760 era muy real y no había dejado simplemente huellas tras ella.

Gévaudan no existe ahora. Se convirtió en parte del nuevo Departamento de Lozère después de la Revolución Francesa de 1789. Allí, entre mayo de 1764 y junio 1767, una enorme criatura de lobo mató entre 80 y 113 personas y heridos muchos más. La Bête du Gévaudan (la Bestia de Gévaudan), como se hizo conocido, hacía presa casi en su totalidad en  mujeres y  niños que vivían en casas de campo y aldeas aisladas, a menudo, ya que pastoreaban animales o sembraban y recogían sus cosechas en campos abiertos. Los hombres y el ganado no eran de su agrado. Tampoco, al parecer, las ovejas y las cabras.

Los testigos decían cómo la Bête atacaba repentinamente, a veces desde arriba, por lo general a plena luz del día. Después de la matanza solía desaparecer en las densas manchas de bosque dispersas a través de las mesetas de granito y las colinas cubiertas de hierba.

Al igual que el perro de ficción de Conan Doyle, esta criatura se parecía, pero era diferente y más aterradora, a los perros ordinarios o lobos. Los testigos hablaban de un animal con un elegante cuerpo oscuro, fuertes patas atléticas, una cola larga y delgada y una enorme cabeza llena de dientes de gran potencia. Otros recordaban un animal con pelaje marrón rojizo y una raya por la espalda. Algunos decían que La Bête permaneció en silencio cuando atacó; otros hablaron de un terrible grito agudo audible como el relincho de un caballo. Las noticias de sus hazañas se extendieron rápidamente, llegando incluso a Luis XVI en Versalles, que encargó a cazadores para matar a la bestia.

La identidad de La Bête es un misterio hasta hoy. ¿una hiena que escapó de un bestiario privado? ¿un híbrido salvaje con el instinto depredador de un lobo, pero que, como un perro, no tenía miedo de los humanos? ¿o tal vez sólo un gran lobo? El mayor que constaba en los anales era, después de todo, un monstruo de 79kg, casi el doble del tamaño medio. 
Algunos testigos informaron que La Bête podría hacer caso omiso de balas, como prueba para lugareños supersticiosos de que era un hombre lobo o un espíritu maligno enviado por Dios para castigarlos por sus pecados. Estas historias eran más propensas a ser iniciadas por cazadores incompetentes para excusar su propia incapacidad para detener a la bestia.

En El sabueso de los Baskerville, Holmes descubre que Jack Stapleton había cubierto un enorme mastín con fósforo para darle un brillo fantasmal, medio muerto de hambre y luego ponerlo sobre el rastro de olor de Sir Henry Baskerville. Algunas de las pruebas del Gévaudan del siglo XVIII sugieren que un Jack Stapleton de la vida real tenía mano en los asesinatos bestia.

A veces La Bête había atacado varias veces en un mismo día o en días sucesivos, a menudo dejando a la víctima sin comer, algo más etiquetable como ataque animal que de depredador hambriento. Algunos testigos dijeron que llevaba una piel blindada, tal vez la de un jabalí, tendiendo a corroborar la idea  del demonio a prueba de balas. Una víctima superviviente incluso afirmó que la bestia caminaba sobre dos piernas; ¿un hombre que llevaba una piel de lobo, tal vez? Varios testigos vieron a un hombre con La Bête.

El 21 de septiembre de 1765 François Antoine, un cazador de lobos profesional, disparó y mató a una criatura grande cerca de la Abadía Chazes para el deleite de los lugareños. Luego, en diciembre, otra bestia atacó e hirió a dos niños cerca de la Besseyre Santa María. ¿Fue una coincidencia que una segunda bestia descendiera, por lo pronto, en el mismo rincón de Francia? ¿O era de tres meses el tiempo justo para alguien para importar un nuevo animal y entrenarlo? De cualquier manera, más muertes sobrevinieron.

Una investigación de 2009 descubrió un culpable potencial, Jean Chastel, el hombre que dijo haber matado a la segunda bestia en junio de 1767. Los investigadores se preguntaron, como Sherlock Holmes podría haberlo hecho, cómo Chastel, un agricultor, mató a la bestia de un disparo cuando los mejores cazadores de lobos de la región no pudieron. Llegaron a la conclusión de que La Bête debía haber permanecido inmóvil durante un tiempo cuando Chastel disparó. No corrió hacia, o desde, Chastel. ¿estaba atada La Bête? ¿Era este hombre su guardián?

En cuanto a los motivos, algunos han sugerido que Chastel, o uno de sus hijos, era un asesino en serie, y La Bête su forma de encubrir los crímenes. Otros afirman que el hijo de Chastel tenía una hiena en su casa de fieras y un enorme mastín rojo que engendró descendencia monstruosa con una loba. Chastel era agricultor; convencer a la gente de que una bestia voraz haría presa de sus mujeres e hijos y habría fácilmente motivado la caza de  los lobos reales por los granjeros que tuvieran ovejas y cabras.

El cuerpo del aniaml abatido por Chastel fue trasladado a Versalles. En el momento en que llegó al rey el cadáver se había podrido y se ordenó que fuese destruido.
En las décadas siguientes al reinado de terror de La Bête, viejas historias sobre lobos rapaces persiguiendo niñas en bosques de los alrededores se volvieron una vez más populares. La historia reavivó más en el folclore al hombre lobo, también.   Se decá que Jean Chastel había disparado a la bestia con una bala de plata, hecha de una moneda que representaba a la Virgen María.

La Bestia de Gévaudan no es el único animal lupino misterioso que ha aterrorizado a la gente en Europa.  En 1693 se presentó en Benais y entre 1809 y 1813 surgió otra cerca de Vivarais para reclamar 20 víctimas. En 1810 una bestia rayada de color rojizo mató a 300 ovejas en seis meses en Lake District, en Inglaterra y entre 1875 y 1879 hubo ataques bestiales en L'Indre, Francia, así como en Limerick, Irlanda. Una bestia con un hocico romo y la cola lisa aterrorizó a la aldea rusa de Trosna en 1893, matando a tres. Fuera de Europa, hay cuentos de bestias-lobo como de los Andes, Alaska, Montana, India y Groenlandia.

En cuanto a la identidad de estas criaturas, podría una figura Stapleton-como villano haber estado detrás de estos ataques, también?

Crispin Andrews es un escritor independiente que ha escrito sobre historia e historia natural.

- Ver más en:

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crispin-andrews-cricket-writer.yolasite.com/

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http://crispinandrewsfreelancewriter.com/

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https://es.wikipedia.org/wiki/Bestia_de_G%C3%A9vaudan

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https://es.wikipedia.org/wiki/El_pacto_de_los_lobos

http://www.adiestradorcanino.com/webdelperro/miedo-a-los-perros-cinofobia-2/2725

http://culturacolectiva.com/los-gadawan-kura-el-clan-de-los-hombres-hiena/

http://www.historytoday.com/crispin-andrews/sherlock-holmes-and-beast-gevaudan







Crispin Andrews finds echoes of one of Sherlock Holmes’ most celebrated mysteries in a tale of 18th-century France.
Wolf of Chazes, shot by M. François Antoine de Beauterne, displayed at the court of Louis XV.Wolf of Chazes, shot by M. François Antoine de Beauterne, displayed at the court of Louis XV.It is 125 years this month since Ward Lock and Co published the first Sherlock Holmes novel, A Study in Scarlet. In 1902, in The Hound of the Baskervilles, Holmes and Watson would meet the villainous Jack Stapleton and the hound he had trained to do away with his rivals on the Baskerville estate.
Centuries-old legends of ghostly black dogs on Dartmoor are said to have inspired Arthur Conan Doyle to write his most famous work. If, however, he had visited France’s Massif Central, he would have discovered a tale not unlike his own. Except that the beast which terrorised the county of Gevaudan in the 1760s was very real and it didn’t just leave footprints behind.
Gevaudan doesn’t exist now. It became part of the new Department of Lozère after the French Revolution of 1789. There, between May 1764 and June 1767, a huge wolf-like creature killed between 80 and 113 people and injured many more. La Bête du Gevaudan (the Beast of Gevaudan), as it became known, preyed almost entirely on women and children living in isolated cottages and hamlets, often as they tended animals or gathered crops in open fields. Men and cattle were not to its liking. Nor, it seemed, were sheep and goats.
Witnesses told how la Bête attacked suddenly, sometimes from above, usually in broad daylight. After the kill it would disappear into the dense patches of forest scattered across the granite plateaus and grass covered hills.
Just like Conan Doyle’s fictional hound, this creature looked like, but was different from and more terrifying than, ordinary dogs or wolves. Eyewitnesses spoke of an animal with a sleek, dark body, strong athletic legs, a long slender tail and a huge head full of powerful teeth. Others recalled an animal with reddish brown fur and a stripe down its back. Some said La Bête remained silent when it attacked; others told of a terrible high pitched cry like a horse neighing. News of its exploits spread quickly, reaching even Louis XVI at Versailles, who commissioned hunters to kill the beast.
La Bête’s identity is a mystery to this day. A hyena escaped from a menagerie? A wild hybrid with the predatory instinct of a wolf but which, like a dog, wasn’t afraid of humans? Or maybe just a big wolf? The biggest on record is, after all, a 79kg monster, almost twice the average size. Some witnesses reported that La Bête could shrug off bullets, proof to superstitious locals that it was a werewolf or an evil spirit sent by God to punish them for their sins. Such stories were more likely started by incompetent huntsmen to excuse their own inability to stop the beast.
In The Hound of the Baskervilles, Holmes discovers that Jack Stapleton had covered a huge mastiff with phosphorous to give it a ghostly glow, half starved it and then set it upon Sir Henry Baskerville’s scent. Some of the evidence from 18th-century Gevaudan suggests that a real-life Jack Stapleton had a hand in the beast killings.
Sometimes La Bête attacked several times in one day or on successive days, often leaving the victim uneaten; more targeted attack animal than hungry predator. Some witnesses said that it wore an armoured hide, perhaps that of a boar – so much for the bullet-proof demon. One surviving victim even claimed the beast walked on two legs; a man wearing a wolf skin, perhaps? Several witnesses saw a man with La Bête.
On September 21st, 1765 François Antoine, a professional wolf hunter, shot and killed a large creature near Chazes Abbey to the delight of locals. Then, in December, another beast attacked and injured two children near la Besseyre Saint Mary. Was it coincidence that a second beast would descend, so soon, upon the same remote corner of France? Or was three months just enough time for someone to import a new animal and train it? Either way, more deaths followed.
A 2009 investigation uncovered a potential culprit, Jean Chastel, the man said to have killed the second beast in June 1767. The investigators wondered, as Sherlock Holmes might have, how Chastel, a farmer, shot La Bête dead when the region’s finest wolf hunters could not. They concluded that La Bête must have been still for sometime, when Chastel shot it. It did not run from, or at, Chastel. Was La Bête tethered? Was this man its keeper?
As for motive, some have suggested that Chastel, or one of his sons, was a serial killer, and La Bête their way of covering up the crimes. Others claim that Chastel’s son had a hyena in his menagerie and a huge red mastiff that sired the monstrous offspring with a female wolf. Chastel was a farmer; convince people that a ravenous beast preyed upon their women and children and they would readily hunt down the real wolves that took a farmer’s sheep and goats.
The body of the animal Chastel shot was taken to Versailles. By the time it reached the king the carcass had rotted and was ordered to be destroyed.
In the decades following La Bête’s reign of terror, old stories about ravenous wolves following little girls around woods became popular again. The story gave werewolf folklore something else, too. Jean Chastel is said to have shot La Bête with a silver bullet, made from a coin that depicted the Virgin Mary.
The Beast of Gevaudan isn’t the only mysterious wolf-like animal to have terrorised European folk. In 1693 one appeared in Benais and between 1809 and 1813 another emerged near Vivarais to claim 20 victims. In 1810 a striped, tawny coloured beast killed 300 sheep in six months in England’s Lake District and between 1875 and 1879 there were beast attacks in L’Indre, France as well as in Limerick, Ireland. A beast with a blunt snout and smooth tail terrorized the Russian village of Trosna in 1893, killing three. Outside Europe there are tales of wolf-like beasts from the Andes, Alaska, Montana, India and Greenland.
As to the identity of these creatures, could a villainous Stapleton-like figure have been behind these attacks, too?
Crispin Andrews is a freelance writer who has written on history and natural history.
- See more at: http://www.historytoday.com/crispin-andrews/sherlock-holmes-and-beast-gevaudan#sthash.WsR3dwLN.dpuf

viernes, 9 de marzo de 2012

LA BESTIA IMAGINADA. ANIMALIDAD E IMAGEN.

Rinoceronte de Java



2-LA BESTIA IMAGINADA.ANIMALIDAD E IMAGEN.




2-1- CONNOTACIONES CULTURALES EN LAS IMÁGENES ZOOLÓGICAS.
Las características propias de cada cultura dejan inevitablemente vestigios observables en las anotaciones gráficas y literarias que disponemos de animales, a través precisamente de las imágenes de distinta índole que con mayor o menor exactitud la humanidad ha ido extrayendo de ellos, de su presencia física, de su ausencia, de los potenciales perfectos y futuribles de figuras casi siempre inanimadas: las ilustraciones zoológicas, el resumen de las capacidades físicas -o éticas- de un ser vivo en una sola pose.
El naturalista japonés Hiroshi Aramata recordaba con fascinación una visita al zoológico de Amberes cuando éste acogía una exposición “única en su género” denominada “Homo Sapiens”; en ella, al parecer, una jaula dotada de un ingenioso mecanismo albergaba, según el propio Aramata, la criatura más fascinante de todas: el ser humano. Un espejo adecuadamente ubicado en la jaula, reflejaba la “asombrada imagen de los propios visitantes”.
Aramata recuerda este hecho a propósito de la edición en occidente de su libro sobre imágenes zoológicas del siglo XVIII. Imágenes elaboradas por naturalistas, dibujantes, grabadores e ilustradores, artistas y científicos ilustres en muchos casos. En la versión japonesa, el libro incluía a Homo Sapiens de acuerdo al “criterio de Amberes”, pero la edición europea lo elimina del volumen dedicado a mamíferos en base a una decisión que Aramata califica como profundamente interesante, tan interesante como el propio significado del sintagma nominal “jardín zoológico”, lugar vetado a la inclusión del hombre.
Huir del zoológico es huir de las páginas de los libros de animales, esos libros ilustrados que se hojean, se ojean, se ven (y se leen), se leen y se hojean/ojean/ven (se miran).
Cómo consigue el hombre huir de los libros ilustrados de zoología es un síntoma interesante de su visión del mundo animal y de su visión de dichas ilustraciones naturalistas. Para Hiroshi Aramata, la respuesta está, si acaso, “oculta entre las páginas de la historia de los mamíferos”.
Durante el siglo XVIII era común que los libros presentaran ilustraciones de humanos junto a otros mamíferos. En los textos de zoología de este siglo decrece considerablemente, hasta casi desaparecer, este tipo de referencia al humano. ¿Somos únicos?, ¿somos taxonómicamente inútiles?.
Atisbamos un nosequé paradójico en el hecho de que Darwin se inspire en la teoría económica de Maltus para dilucidar una representación del orden ecológico, esa maraña de ecuaciones no lineales fisicoquímicas, matemáticas, religiosas, que se resume en la teoría de la evolución haciendo al hombre partícipe de la animalidad, pero de otra “animalidad”. Entonces la imagen del hombre se riñe con la del mono.
Darwin nunca dijo que el hombre “viniese” del mono, sino que prosimios, simios, monos y humanos “venían” de un primate común. El chimpancé, el orangután y el gorila, especies distintas, se confundían en imágenes humanoides que reivindicaban, directa o indirectamente, la superior distinción del género humano.
Pese a Darwin, con él, sin él, o contra él, el hombre ha pugnado por ocupar una situación de privilegio, y dentro de la historia natural resulta un eficaz golpe de efecto el quedarse fuera, ausentarse de las ilustraciones de libros y museos. El segregacionismo como especie genera subproductos racistas.
El “Negro de Banyoles” ha de abandonar su anaquel por cuestiones de tipo ético y social. Los pellejos humanos exhibidos extendidos en paredes del mismo museo Darder, fueron finalmente también retirados, pero éstos no habían desatado la polémica, porque abstraen en exceso la imagen completa, llamativa, de un ser vivo, un mamífero de la especie “Homo Sapiens”, el mamífero conocido.
Aristóteles clasificó a los seres humanos como “animales bien conocidos”. El resto de los animales eran “distintos al hombre”. Los animales conocidos son hombres, los desconocidos son animales verdaderos. Aristóteles es señalado por Hiroshi Aramata como descalificador del hombre como animal verdadero. Otros podríamos pretender atisbar una envidia implícita de “lo verdadero” del animal. Vivimos dolientemente nuestra falsedad animal, nuestra falsa animalidad, salimos con una pataleta de la Historia Natural; buscamos consuelo inventándonos un supraser digno de un estudio propio: de una Historia
En la época dorada del naturalismo (naturalismo naturalmente ilustrado) Buffon incluyó al hombre como el animal más enigmático de su “Histoire naturelle, générale et particuliére”, lo cual supone que los renovados conocimientos y metodologías de la Ilustración adoptan ante el humano una actitud no de conocimiento mejorado, sino de reconocido desconocimiento. Los fenómenos naturales son los que figuran bajo el epígrafe “générale”, lo geográfico, lo biológico añadido a lo geológico, o, como dice Aramata, “problemas trascendentales más allá del ámbito de la observación concreta”. Los “otros” animales, concretamente observables, disecables, estudiables, ilustrables, bajo el epígrafe “particuliére”.
Buffon, Linné, Cuvier, situaron al ser humano casi en la misma posición de los demás animales. La fórmula imperante de organización se resumía,según Aramata en el esquema siguiente:

HOMBRE = ANIMAL COMPLEJO

ANIMAL = HOMBRE SIMPLE

Un esquema que nos llevaría a posibles animales simples (hombres simples simples), hombres complejos complejos ... y simples complejos animales. Tenga gracia o no, el hecho es que esta fórmula es muy antigua y es utilizada en un contexto primigenio cercano sólo en apariencia a lo que después calificaríamos como Historia Natural, el bestiario medieval
En los bestiarios medievales se incluyen se las fábulas cristianas de animales, en las que los mamíferos, no sólo del mismo origen natural que el hombre, eran también considerados espejo de sus cualidades morales.
Así, al observar a los mamíferos, el hombre se observaba a sí mismo.El estudio de los animales era el estudio del Homo Sapiens.
Los bestiarios, auténticos “best-sellers” editoriales de su época, se presentaban como libros de animales. Sin embargo eran audaces descripciones de la naturaleza humana en términos del comportamiento de los animales.
Manuel Barbero (“Las lecciones de dibujo” Cátedra) remite antes que ningún análisis biológico de los hechos, a una explicación a través de lo perceptivo. Si entre una fuente de luz en la noche y un gato me iterpongo yo, veré el fuego reflejado en sus ojos. El gato echaba fuego por los ojos. El que ha contemplado este fenómeno entiende el mensaje, quien no lo haya visto añadirá su imagen del fuego a su imagen del gato. En muchos casos, los rasgos visuales más llamativos, memorables, de un animal se preñan de conspicuidad no selectiva en la ilustración gráfica que lo representa.
Es clásico, desde Gombrich, el ejemplo del rinoceronte de Durero. El maestro lo había dibujado a partir de descripciones y apuntes (¿toscos?) del animal. Lo que a mí en particular me sorprende un poco es la exactitud semiótica con que se trata el asunto y su superficialidad zoológica.
Yo creo que, si en época de Durero las narraciones y descripciones de otras tierras provenían de un lugar significativamente nuevo y misterioso, sería especialmente de Asia, a través de las incursiones preconizadas por Marco Polo, por motivos comerciales. Es más probable la documentación de animales asiáticos que de un África todavía desconocida y misteriosa. Aumentaban por tanto las probabilidades de que la documentación de, digamos, un rinoceronte se realizase con mayor frecuencia en Asia, en la India, en China, que allá donde campan los rinocerontes africanos, el negro, el blanco, poco vistos, poco descritos, más cercanos al mítico unicornio, más largos que altos, remarcados por un cuerno de tejido piloso que apunta agudo al frente.
El de Durero es un rinoceronte blindado (un escarabajo hecho mamífero, me planteo, si ensueño la cuestión). Un animal asiático, más pequeño y compacto que su enorme primo africano, y con una piel muy distinta, muy gruesa y encallecida, un conjunto de piezas rígidas, compactas, que Durero intenta y consigue representar a través de pautas gráficas que recuerdan a “cosas duras” (escamas de pez o reptil, corazas de guerreros, mazas ofensivas, mallas metálicas, armaduras).
El rinoceronte de Durero es narrado, no sólo descrito, a través de un emblemático grabado que recoge con bastante precisión las proporciones y pose estática de un animal que nunca el artista había visto si no a travès de descripciones escritas y reproducciones gráficas que, presumo, no debieron ser del todo malas.
La potencia física, el potencial agresivo-defensivo del Rinoceronte son expresadas en términos armamentísticos, un acorazado que se anticipa por parentesco visual a las distintas reproducciones de tricerátops, a partir de la era victoriana, llena de descubrimientos científicos y conquistas coloniales, caldo de cultivo de un exotario de imágenes de los innotos, emblemáticamente representados en los dinosaurios, depositarios de dragones, leviatanes, quimeras y grifos.
Aún en la época victoriana, científica, objetiva, muchos (la mayoría) de los rinocerontes representados en los libros de Historia Natural se parecían sospechosamente al rinoceronte humanizado, castrense, de Durero, como cualquier joven corzo nos recuerda a Bambi.
(Lo que trato de anticipar es que desde hace mucho tiempo es posible admitir que las imágenes de animales son ancestralmente hombres zoomorfos. Asimismo, bajo mi punto de vista, Porky Pig, Buggs Bunny, el pato Donald o Goofy no son animales antropomorfos, sino personajes que abstraen su animalidad y la traducen(con cualquier instrumento pero en el mismo tono) en humanos zoomorfos. Los animales antropomorfos más genuinos serían el vampiro mítico o el licántropo, que conceden al animal depredador inconcreto la posibilidad de manifestarse en un cuerpo humano que tergiversa su propia animalidad.).
El de Durero es un rinoceronte de proporciones bastante logradas. La cabeza posee un ángulo respecto a la cruz del animal en una pose caraterística comparable en imágenes fotográficas o cinematográficas, incluso en el zoo, si el animal que tenemos delante es un solitario rinoceronte asiático, un rinoceronte blindado. Ni siquiera su denominación española corriente, la más común, se escapa en imágenes léxicas del acorazado animal. Es un perfecto rinoceronte disfrazado de rinoceronte, con pertrechos bélicos.
Es más que probable que también los ecos de descripciones de grandes rinocerontes africanos resuenen en el grabado del maestro, así como narraciones que buscaban la atención del oyente a través del componente fantástico del animal, único candidato digno para encarnar al mítico unicornio, de tal suerte que características de ambas criaturas se vuelven intrusas mutuas de sus sucesivas descripciones.
El caso es que el rinoceronte de Durero reivindica la existencia del monoceros de la realidad, existencia enfrentada a la del unicornio mítico (de forma análoga, el narval, un cetáceo con un gran diente hipertrofiado en espiral que aparecía ocasionalmente varado en la costa, daba pié a la versión marina del mito).
Las espectativas generadas por una criatura vengan la decepcionante falta de concordancia de su imaginería popular con el “original”, valiéndose del nuevo asombro con tintes de veracidad de las descripciones “al natural”. Éstas, sin embargo, están preñadas de un sentimiento contradictorio, nostálgico e informativo a la vez, que acentúa las distorsiones, pero no las inventa (o al menos no lo pretende). Las placas dérmicas del rinoceronte de Durero están delimitadas en los espacios correctos, pero han de destacarse como argumento realista por distinguirlo de los unicornios legendarios.
Marco Polo, conocedor de la leyenda como cualquier coetáneo suyo, no puede evitar el efecto de contraste que le produce la visión de un rinoceronte (sin duda un “blindado” ya que se encontraba en Asia). El viajero italiano describe un rinoceronte hindú, un “blindado”, exagerando los rasgos alejados del estilizado unicornio (asimilado generalmente a un caballo o un venado de cuerno único) :

"Su pelo es como el de un búfalo y sus pies como los de un elefante. En medio de su frente tiene un cuerno negro muy largo”.

Pero el mercader italiano no sabe o no quiere dejar de añadir los mitos sobre el comportamiento de la criatura:

“Debe saberse que no hieren sólo con su cuerno, sino con su lengua y con sus rodillas”.
“Sobre la lengua tiene unas espinas agudas, muy largas, de modo que cuando se vuelven furiosos contra uno, lo derriban y lo aplastan con sus rodillas, hiriéndole con la lengua. Su cabeza es como la de un cerdo salvaje y la mantienen siempre encorvada hacia el suelo. Le agrada vivir en el fango. Es una bestia de presencia horrible y de ningún modo como la recordamos y mentamos en nuestros países, esto es, una bestia que pudiera observarse en el regazo de una doncella. En verdad os aseguro que es lo completamente opuesto a lo que decimos de ella”.

Xosé Ramón Mariño Ferro, en su notable recopilación sobre simbología animal, (“Simbolismo animal”, Ed. Encuentro, Madrid 1996) menciona un texto de Ctesias, médico de Atajerjes Mnemón sobre la India, rescatado de un resumen de Focio del s. IX, primera descripción del Unicornio:

"Hay en la India ciertos asnos salvajes que son tan grandes como caballos o acaso más; sus cabezas son rojo-oscuras y sus ojos azul-oscuros. Tienen un cuerno en la frente de casi medio metro de largo. La base del cuerno, que cubre unos dos palmos de la frente, es blanquísima; su extremo superior es azulado y de un carmesí vivo, y el resto, o parte media, es negro".

Ctesias nunca estuvo en la India.

Mariño cita a Willy Ley (“El pez pulmonado, el dodó y el unicornio”, Espasa, Madrid 1963 -ed. original Viking Press, NY 1941-) quien advierte la más o menos acertada descripción del rinoceronte indio por partes, la tradicional reconstrucción por pedazos de otras criaturas que tampoco son descabelladas. Por último Ley señala que seguramente Ctesias había visto los vasos de extremo Oriente hechos con cuernos de rinoceronte coloreados, precisamente, en las gamas descritas por el médico griego: "Los términos elegidos nos hacen sonreír; los hechos no son erróneos".
Lino Cabezas recalca el hecho de que “el éxito y la difusión de los grabados de Durero son algo que está fuera de toda duda, tanto por lo que se deduce de los testimonios escritos de otros artistas como por la evidencia de su utilización, ya que fueron sistemáticamente reproducidos y sirvieron de inspiración para otras obras hasta fechas relativamente recientes en nuestra historia del arte”. Aquí la referencia señala a una obra extensa, no sólo de grabados de animales. Los estudios de Durero y sus grabados, las copias de sus obras eran un modelo de representación vigente, un modelo eficaz y persistente gracias al conjunto icónico de toda una obra de recursos gráficos modélicos.
La historia de la divulgación gráfica de la Historia Natural es la prehistoria de la televisión, la congelación de imágenes de otros lugares, otros momentos, otras criaturas. Es por tanto la historia evolutiva de unos recursos gráficos disciplinados como el dibujo que no sólo copian la realidad, sino otros dibujos u otras formas de releer la realidad.
La más elemental es el análisis y desglose de la estructura de un organismo para reorganizarla con otro (cabeza de cerdo, pies de elefante...), un ejercicio intelectual o también físico, como el dragón “creado” por Leonardo con un lagarto vivo, al que fabricó alas con piel de otros lagartos que simulaban cierto movimiento autónomo al moverse el lagarto, caracterizado además con cuernos y barba.
Domesticado y encerrado, servía exclusivamente para ocasionar una SORPRESA, un hito emocional en el que se daban cita una fuerte espectativa y una realidad sugerente, incluso engañosa. Leonardo, como recalca Manuel Barbero, había dado forma real a un dragón "(...) en el que convergían los miedos y temores de unasociedad animada a creer en los más diversos seres y demonios".
“Y el dragón no sólo no era un ser extraño, sino también una de las encarnaciones del diablo”.
Y es que las ilustraciones, los dibujos, las esculturas y las fotografías no son la visión, sino su huella, la huella de los artificios que generan la propia visión. Nuestra forma física de ver requiere que la imagen se adapte a unas espectativas del cerebro. El arte no es testimonio de lo que se ve, sino de lo que no se ve.
El estereograma de puntos aleatorios lo ejemplifica. Lo que se ha vuelto a poner de moda en los últimos años como “libro mágico” (los primeros estereogramas de puntos aleatorios datan de los años 50) pone en tela de juicio la identidad de nuestra experiencia sensorial, que se demuestra incapaz de percibir en este caso ciertas imágenes que algunos individuos con mejor dotación física o disposición perceptiva ven sin problemas.
Ver simultáneamente las dos imágenes de un estereograma, dejarse engañar por su falsa tridimensionalidad parece al recién iniciado que tiene dificultades de foco una cuestión de fe : “¿cómo puede ser que los demás lo vean y yo no?”. Nos recuerda forzosamente al traje nuevo del emperador del cuento de Andersen, con la diferencia de que en el estereograma el “traje” existe en la realidad física, solapado por ciertas peculiaridades ópticas, demostrándonos que hay partes de la realidad que no podemos percibir sin modificar el modus in rebus, y que éste depende de nuestras propias características orgánicas, distintas a las de otros animales que seguramente experimentan otro mundo, que saben cosas que nos son vetadas.
El arte no hace sino exaltar nuestra limitada animalidad tensando sus fronteras perceptivas. Percibir a las demás criaturas y describirlas supone seleccionar una serie limitada de “temas” relevantes para nuestra propia animalidad más que de la animalidad ajena .

“El fallo del ser humano se traspasa al mundo que lo rodea, a la Naturaleza, tal vez incluso al cosmos. La razón principal de eso está en el humano afán de novedades, en la curiosidad, que va seguida de Petulancia”. Ernst Jünger también se preocupa, como zoólogo filósofo, por el problema de donde acaba el arte y donde empieza la caricatura:

”No es una mera cuestión de gusto. Atañe al modus in rebus, que está vigente también en la Naturaleza animada y en la inanimada. Los ojos se ofenden en aquellos sitios donde las proporciones sufren quebranto”.
(Jünger, Ernst:”La tijera”,Tusquets, Barcelona, 1993).



Mafa Alborés