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lunes, 26 de marzo de 2012

La realidad inscrita





5-La realidad inscrita.

Volvamos a Magritte. Su frase “esto no es una pipa” constituye una de sus primeras reflexiones sobre “el cuadro dentro del cuadro”, de los que son significativos “los paseos de Euclides” y la serie de obras que llevan por titulo “la venganza”. Cuadros que muestran cuadros, cuadros que se pueden permitir un pictograma en el que el texto que acompaña a la imagen sugerida por “esto no es una pipa”, que, paradójicamente, es una pipa, o el conjunto complementario del conjunto de las pipas imaginablemente posibles.
Esa operación es un “caligrama secretamente constituído por Magritte y luego deshecho con cuidado. Cada elemento de la figura, su posición recíproca y su realización se derivan de esa operación anulada una vez realizada”.
Sin embargo, “Los paseos de Euclides” y “La venganza”, en cuanto que frases, han sido omitidos; son títulos, elementos elípticos de un hipotético caligrama.
“Esto no es una pipa” es la representación escrita de un pensamiento, así como el dibujo representa una pipa pensada. Pero la milenaria tradición del caligrama desempeña el triple papel siguiente:



COMPENSAR el alfabeto
REPETIR sin recurrir a la retórica
ATRAPAR las cosas en una doble grafía



Hacer decir al texto lo que representa el dibujo y viceversa. Es, por tanto, tautología.

“El caligrama se sirve de esa propiedad de las letras de valer a la vez como elemento lineales que podemos disponer en el espacio y como signos que hemos de desplegar según la cadena única de la substancia sonora. [...] En su calidad de signo, la letra permite fijar las palabras; como línea, permite representar la cosa. De este modo, el caligrama pretende borrar lúdicamente las más viejas oposiciones de nuestra civilización alfabética: mostrar y nombrar; figurar y decir; reprodicir y articular; imitar y significar; mirar y leer”

(Foucault: "Ceci n'est pas une pipe", Fata Morgana, Montpelier 1973)


Magritte lo aprovecha al máximo en la elección de los elementos. La representación esquemática de una pipa es muy sencilla, y la palabra que representa (tanto en francés como en castellano) tiene una articulación sencilla y clara, tanto acústica como gráficamente. Ante un dibujo que nos lleva a decir inmediatamente “ésto es una pipa”, la presentación simultánea de su negación en forma gráfica se desgañita en mudos gritos, acusando la razón, nuestra binaria razón.
Representamos las cosas porque éstas representan algo para nosostros que, explícito o no, constituye la esencia que subjetivamente intuimos de las cosas. Pero la verdadera esencia de éstas, es ajena a nuestra representación. Representamos, en realidad, la representación de las cosas. La pipa de Magritte representa a todas las pipas posibles y puede ser identificada con su nombre, pero, esencialmente, no es una pipa. La evolución de la expresión de esta idea ha evolucionado, hasta nuestros días, desde muchísimo antes que Magritte naciera. Pero su revelación equivale a escuchar una palabra como algo que ya habíamos oído, de tanto repetirla hasta la saciedad; algo que habíamos ignorado hasta el momento pero que siempre había estado sonando como la música de las eferas.

Ahora bien. ¿Qué ocurre si sustituímos el dibujo por una fotografía? ¿Cómo funciona un caligrama fotográfico? Joseph Kosuth plantea el problema en su obra “Una y tres sillas” (“One and three chairs”, 1965). Ya hemos aludido a la novela “El Golem”, de Gustav Meyrink, en la cual la utilización del lenguaje dentro del lenguaje, mirando detrás de las palabras nos sumerge en un mundo en el que se nos pone alerta, de modo cabalístico, del hecho de que los objetos, al entrar en contacto con su imagen, entran en contacto con su nombre.
Este mismo principio rige la realidad de Magritte, en tres escalones; si liberamos la representación Magrittiana de su contexto surrealista, Kosuth expone una confrontación lingúístico conceptual, según P. Sager ("Nuevas formas de realismo"), entre el objeto real-silla, la silla- definición léxica y la silla-reproducción fotográfica.
Yo querría ir un poco más lejos que Peter Sager en esta apreciación. Es evidente, dado el título de la obra, que el propio Kosuth estaría de acuerdo con Sager; sin embargo hay algo, ya presente en las tautologías visuales de Magritte, que creo que debemos tener en cuenta; y es que del propio “objeto-real” emana la negación de sí mismo al contemplar la obra. Es oportuno recordar que ya René Magritte nos acusa el alto grado de realidad que otorgamos a los objetos cotidianos, que , al ser reconocidos en una representación de los mismos, nos hacen exclamar inmediatamente: “esto es un lápiz”, “esto es un cuchillo”, “esto es una pipa”.
Sin embargo, tanto las pipas de Magritte como las sillas de Joseph Kosuth nacen de dos objetos cuya presencia real no existe más que por la utilización del verbo ser en una extensión de sí mismo, ya que el conjunto de objetos que el hombre construye artificialmente para su utilización han sido nominalizados, previamente a la experimentación de su existencia material, a partir de su función práctica. Las sillas, las pipas, no existen en el mundo real, al que difícilmente tenemos acceso cognoscitivo amplio, puesto que su única existencia es lingüística. Primero el hombre ha de abstraer la idea del acto físico de sentarse, después podrá definir los “lugares aptos para sentarse” (mera acotación de “lugar”, que a su vez es una mera acotación del espacio).
Aunque nos imaginemos la más antigua articulación lingüística, es fácil pensar que, cuando el hombre comenzó a desarrollar su capacidad para construir herramientas, ya había utilizado objetos aptos para usos concretos.

Hablábamos, anteriormente, de cómo, en los albores de la historia de nuestra cultura, los primeros pensadores “inventan” la lingüística definiendo sustantivo y verbo, esto es: distinguiéndolos.
Cabe pensar que, análogamente, el hombre hubiese tardado mucho en distinguir que, entre todo aquello que él comenzaba a nombrar, desde el origen lingüístico de todas las cosas, adquiría distintas funciones lingüísticas al venir definidos por objetos o bien por acciones. El “Génesis” es una inmejorable representación lingüística del origen lingüístico del universo. Lo que primeramente nombra (clasifica) el hombre son los objetos que ve en la naturaleza. Estos, en relación a él (sujeto de sus acciones en relación a dichos objetos) son traducidos en formas nominales que presentan un orden nominal en el universo del cerebro humano, instrumento de representación del universo.
Cuando el hombre empieza a escoger cómo y dónde sentarse, empieza a escoger la aptitud de las cosas para ser el complemento de dicha acción. La forma de las cosas y la sustancia de que están hechas asesoran o no su nominalización desde un origen verbal relacionado con el espacio. Al principio de todo ésto, no había sillas. Había tierra, rocas y árboles, agua y hierba, hasta que el hombre vió la silla de Kosuth implícita en una piedra, o en un tronco. Después, al comenzar a adaptar estos objetos a una función inventó otros objetos. Y una piedra fue un mazo, y un palo fue un mango, y un cáñamo una atadura, hasta que un día los tres juntos formaron el primer mazo con mango de la historia.
La silla no es un objeto real. Es un objeto lingüístico producto de abstraer las condiciones de alto, largo y ancho que un objeto precisa para ser una silla. Tampoco existen las pipas si no en la realidad lingüística, si no sabemos sus nombres. Si ignoramos su función, una pipa puede ser un (pequeño) mazo, una (pequeña) vasija, un (mal) cuchillo, o un trozo de madera.

Existiría otra cosa, pero no una pipa. Sólo cuando con satistacción pronunciemos la palabra pipa saboreando el humo sabremos lo que es una pipa y cómo se usa: bastará sujetarla con los dientes y comprobar que nada más fácil que limitarse a decir “pipa”. Si no puedo fumar de la pipa pintada en el lienzo es que, evidentemente, no es una pipa. Puedo sentarme en una de las tres sillas de Kosuth, pero al ser colocada como parte integrante de una representación de “silla”, demuestra que sólo lo es asimilando su nombre y su imagen. Sin embargo se trata de una de tantas sillas, una de tantas definiciones de silla y una de tantas imágenes posibles de esa silla en concreto. Joseph Kosuth no define “silla”, la conjura.

Porque el neoyorquino Kosuth es un antirrealista y lo expresa a través de formas hiperrealistas. Acude al fotorrealismo como uno de los elementos, porque la paradoja de realidad y representación que plantea la fotografía ya había sido revisada por Magritte de forma implícita en la pintura y análogamente (pero centrándose en el fenómeno fotográfico frente al pictórico) Howard Kanovitz revisa el tema en obras como “Projected Streed Scene”, análisis crítico de la percepción fotográfica y de la utilización del material fotosensible como representación de las leyes que rigen el aspecto visual de la realidad y su codificación lingüística.
Kanovitz analiza principalmente el problema de la presencia del modo que Peter Sager describe con minuciosidad: “La superficie de una pared, idéntica a un cuadro, de una escena de interior pintada, es confrontada, en cuanto resultado de la representación de la pintura fotorrealista, con dos moldes fotográficos pintados que demuestran su propia óptica realista en su luz y perspectiva: La diapositiva o proyección cinematográfica proyectada directamente en la pared de una escena callejera animada en forma de instantánea, y, a su lado, pintada a pistola o a pincel del mismo modo liso, una serie de seis fotos sujetas con clavos con cinco situaciones diferentes del mismo interior [...] Kanovitz ilustra sistemas ópticos y sus diferencias, critica estáticamente el espacio visual. Muy alejado de la unidimensionalidad del realismo tradicional, relativiza mediante el perspectivismo fotorrealista la autenticidad de la reproducción de la realidad fotografiada y pintada. Dibbets no actúa de forma diferente con sus rectificaciones de la perspectiva hechas por él mismo en el medio fotográfico [...]"
Sager alude al artista conceptual holandés que, en palabras de K. Homnef, "analiza el tiempo a base de unidades de movimiento: él convierte en espacio sistemas temporales". Sus nítidas series fotográficas de interiores guardan un paralelismo parcial con ciertas obras de Kanovitz, pero, a diferencia de éste, documenta con reproducciones un proceso acaecido en un espacio real, aunque es verdad que abandona y transforma la vista de la perspectiva central de la realidad óptica. Sin embargo, Kanovitz, “permanece en el ámbito de la representación espacial y la praxis euclídico-ilusionista”.
Mientras no hago hincapié en el ilusionismo euclidiano de Magritte aprovecharé para retroceder un poco hacia el punto en que hablábamos de Gombrich y del papel que juega la convención en nuestra comprensión del arte visual. Siguiendo su premisa, la convención más destacable en Kanovitz (como en Don Eddy, Franz Gertschz, Chuck Close, y un largo etcétera que nos llevaría a las fotodescomposiciones temporales de David Hockney) es la que se refiere a nuestra aceptación de la fotografía como realidad a raíz de la semejanza con la realidad que el aspecto técnico de la fotografía ha perseguido siempre, y sigue persistiendo.
No obstante, la historia del arte occidental nos demuestra que esta meta también ha sido perseguida por las demás artes visuales, y, de un modo muy significativo, a partir del Renacimiento y su investigación de los aspectos ópticos de pintura, dibujo y escultura. Se profundiza en el tratamiento del espacio resuelto a través de la traducción cromática de la luz, el dibujo y la composición se ajustan a principios geométricos y ópticos traducidos en leyes de perspectiva; análogamente, la escultura estudia fenómenos paralelos en las tres dimensiones. Su más indiscutible representante, Miguel Ángel, ajusta las proporciones de su colosal David para ser óptimamente contemplado desde el primer contrapicado, consciente de serlo, de la historia, y su serie de esclavos insinuados en la roca constituye la más adelantada crítica de la percepción fraccionada que se haya ejecutado nunca.
La tradición del estudio del arte a través de fragmentos es una de las circunstancias que constituyen los cimientos de nuestra cultura visual, capaz de reconocer la realidad y sus leyes, en un simple fragmento.
Estos condicionantes llegan hasta tal punto de seducción intelectual que olvidamos que Miguel Ángel, en los fragmentos clásicos, no identificaba la realidad sino una calidad de realidad. Su David fue apoyado, para su ejecución, en la observación de la realidad, pero, de forma muy especial en el torso, contiene la recreación de un trozo de la forma de representación visual más realista del momento: la escultura griega, concretamente el fragmento de Mileto o del joven de Critios que Kenneth Clark señala en “El desnudo”: si hubiese quedado sólo este fragmento, nos habríamos asombrado ante el rigor con que Miguel Ángel había aceptado su fracaso al ser observadas en fracciones puesto que tal unidad es una meta a menudo difícil de alcanzar.
Es significativo que sea en los “desnudos vestidos” (que buscan su realce plástico en la añadidura de detalles, vestigios del volumen y el movimiento, que acusan o sugieren el efecto de una instantánea) donde Clark haga una observación como la siguiente:

“... esta tradición del “desnudo vestido” produjo una Afrodita famosa. Ha llegado hasta nosotros en varias réplicas[...] de las cuales las que son fragmentarias resultan bellas y torpes las completas”.

El mismo efecto producían a los artistas del Renacimiento, época en la que “no podían hacerse cimientos, no podía cavarse un terreno, sin que apareciesen a la luz fragmentos de un mundo ideal. Era como si cada día los sueños de la noche anterior fuesen a encontrar una confirmación concreta pero casual”. Conocemos la “Galatea” de Rafael a través de una composición de fragmentos más o menos acertados de las reproducciones que de ella se han hecho, pero, además, el mismo Rafael había estudiado para su ejecución los fragmentos supervivientes de las decoraciones pintadas que podían verse entonces en la Domus Aurea de Nerón, y había adoptado sus leves sombras y su rubia tonalidad. La historia del arte es una cadena de revisiones fraccionadas de revisiones fraccionadas, en busca de una visión original.
La inmediata aceptación en nuestro siglo de la fotografía no como una revisión de la realidad sino como una visión directa provoca una atropellada reacción por parte del arte para considerarla no una forma sino un recurso.

J. Kosuth: "Una y tres sillas", 1965.
(imagen extraída de Sager, "Nuevas formas de realismo", pág. 77)

martes, 13 de diciembre de 2011

LA LEY DE LA DIVERGENCIA: MYTHOANALYSIS DE LÍMITES (extraído de una publicación en mutamorphosis y traducido del original por Mafa Alborés)


Foto: Ejemplar de Guepardo Real. En un principio se consideró una especie nueva, o una subespecie de Guepardo (acinonix jubatus), pero posteriores investigaciones demostraron que no es más que una manifestación atávica (manifestación de rasgos ya desaparecidos en la especie) por cosanguineidad de una población concentrada en un territorio relativamente reducido. Es algo similar a la aprición de atavismos en las poblaciones de zorros grises destinados a peletería cirados en granjas, que comienzan a mostrar rasgos físicos desaparecidos hace muchas generaciones, como si se tratase de perros seleccionados a partir de zorros y no de perros.
Lo llamativo del guepardo real es que constituye una versión particularmente hermosa, llamativa, del animal terrestre más veloz del mundo, y sin embargo es muy poco conocido, al igual que ocurre con otras especies felinas como el serval, el tigrillo, el jaguarundí, el ocelote o, sobre todo, la pantera longibanda o pantera nebulosa.


LA LEY DE LA DIVERGENCIA: MYTHOANALYSIS DE LÍMITES
21 02 2009

Por Hervé Fisher

La ley de Darwin de la selección natural publicada hace unos 150 años propuso un sorprendente descubrimiento y, evidentemente, una fundamental explicación del origen de las especies y su evolución. Pero esta ley no puede explicar que la especie humana, que es el más reciente de los mamíferos, según los expertos, haya tenido éxito para silenciar de manera tan rápida y dejar atrás todas las otras especies vivientes gracias al desarrollo de su cerebro hasta el punto que observamos hoy en día.

Desde que los primates han descendido de los árboles, de hecho, han perdido su cola. Este es un ejemplo evidente de lo que Darwin llamó pertinentemente la ley de la adaptación selectiva. Pero incluso si Darwin subrayó con precisión que sólo una minoría de los individuos fueron capaces de sobrevivir, gracias a los accidentes genéticos que favorecen su capacidad de adaptarse a los cambios rápidos de su entorno y por lo tanto, para sobrevivir y transmitir sus genes modificados para la próxima generación de la especie, la ley de Darwin y su explicación se encuentra con límites evidentes. De hecho, observamos rupturas dramáticas en la historia de nuestra fisiología y del comportamiento humano. Tenemos que admitir la evidencia de las mutaciones biológicas, que se han ido produciendo a lo largo de la evolución de la especie humana, muchas veces más que en cualquier otra especie animal. Tenemos que reconocer la evidencia de un proceso de aceleración basado en mutaciones decisivas, tales como caminar verticalmente o el desarrollo de nuestro cerebro ante la fuerza física, las alas o las percepciones sensoriales. Y este proceso de evolución parece haberse acelerado. Estas mutaciones se multiplican de manera exponencial desde hace casi un siglo, en nuestra explosión demográfica, en el aumento de nuestro poder instrumental, gracias a la tecnociencia. No hay duda de que hoy en día la era digital significa una revolución antropológica o mutación.

En este sentido, la Ley de la evolución de Darwin de se antoja pobre e incapaz de explicar la aceleración de la evolución de la especie humana. Sólo la Ley de la Divergencia, que nos proponemos considerar aquí, puede reflejar tales mutaciones radicales. El ser humano no se limita a la adaptación. Piensa y desarrolla proyectos, considera utopías peligrosas, que incluso pueden ponerle a él y a todo el planeta en peligro. No sólo es la adaptación de sí mismo, sino que está haciendo mucho más, empeñándose en rechazar las evidencias, diverge, proyecta y proclama que otro mundo es posible. Desarrolla escenarios alternativos de la vida lejos de una simple adaptación. Trata, por el contrario, de escapar de cualquier determinación. Sólo tenemos que evocar la historia de la ciencia, la tecnología, las religiones e incluso la política para vernos obligados a admitir la evidencia de la Ley de la divergencia. El ejemplo de la genialidad de Darwin y su teoría, en divergencia con la tradición religiosa, habla por sí mismo en favor de la divergencia.
La Historia del arte es una historia de divergencias proclamada por creadores audaces frente a los riesgos del fracaso, la reprobación social e incluso la locura. Sólo la ley de la divergencia nos puede hablar de la historia de la ciencia, basada en una sucesión de negaciones dialécticas de las verdades establecidas, que han permitido el progreso. El ser humano es capaz de proponer ideas, de concebir hipótesis, de mutar. Encontramos aquí el concepto mismo de Mutamorphosis, en el que nos centramos en este congreso de Praga. Parece que la ley de cambio está vinculada no sólo a las limitaciones de vital importancia, sino en primer lugar a la creación de nuevas formulaciones de la vida, a nuestro interés por los mitos y visiones alternativas, que surgen de nuestra poderosa imaginación y la creación, e implican que son, precisamente, capaces de escapar a la adaptación trivial, ya que se han institucionalizado y son celebradas por la mayoría del grupo. En pocas palabras: una minoría de nosotros hacer real la evolución por preferir y optar por el instinto del deseo y de un instinto prometeico de la creación, más que por el principio de la realidad. Y estos individuos marginales aceptan el riesgo de reprobación por la mayoría, y las consecuencias inmediatas de la misma. Esta ley podría ser formulada como tal (1):


LEY DE LA DIVERGENCIA:

El cambio, la evolución, no es creado por el punto de vista de las mayorías pasivas, sino al contrario, por los proyectos alternativos de las minorías o atípicos individuos activos.

De la misma manera, la memoria colectiva no conserva producciones generalizadas, sino al contrario, las muy raras.

Por último, la excepción siempre tiende a prevalecer e imponer su nueva ley.

Teniendo en cuenta las relaciones entre grupos sociales, se observa que la identidad étnica, política, clases económicas, conflictos de 'castas' tienden a favorecer y profundizar los cambios sociales e ideológicos. Las guerras y las revoluciones suponen la ruptura y los principales factores de mutación. Individuos atípicos y minoritarios tienden a prevalecer sobre las mayorías y sobre todo para activar la evolución de la especie humana. ¿Cómo se explica que la excepción por lo general es más determinante que la mayoría? Primero tenemos que admitir que no sucede con tanta frecuencia, pero es el único y preciso factor de cambio.

MYTHOANALYSIS DE LÍMITES

En consecuencia debemos rehabilitar el poder de la imaginación, su poder creativo, lo que nos permite transgredir los límites de las creencias religiosas e incluso del racionalismo (postrationalism), lo que nos permite crear nuevas visiones de la vida, del universo, e incluso de la ética y nuestros valores sociales e instituciones. Por lo tanto, parece necesario poner en cuestión la naturaleza de estos límites, de lo que percibimos e intentar superarnos en nuestras tentativas creativas.

Sin negar la realidad de los límites físicos o químicos, y en consecuencia de los límites biológicos y cognitivos, nos gustaría explorar la naturaleza imaginaria de estos límites, más allá de los cuales creemos que no podemos percibir, pensar, imaginar otro espacio, otro tiempo, otro universo, otra vida . Nos encontramos con los límites de nuestra naturaleza - que sin embargo pueden ser muy relativos - o los límites de lo mítico, ligados a las fantasías extremas, tales como la Torre de Babel, y que podemos llamar li-mitos. Tenemos que examinar esta cuestión.

El Mythoanalysis consiste en el análisis de los mitos, los cuales estructuran nuestros imaginarios sociales, y permiten la evocación metafórica de las imágenes en nuestros idiomas, nuestras teorías artísticas y científicas, estilos y visualizaciones.

Confrontando tales extremos de esta topología de los límites, podemos alcanzar una y otra vez el área sensible entre el caos y el cosmos, donde situamos nuestros deseos de transmutaciones alquímicas y creaciones artísticas, entre ellas bioarte, arte transgénico, transhumana y proyectos transplanetarios, donde reside nuestra fascinación exploratoria por el tiempo y el espacio, la vida artificial, la memoria y la inteligencia, para que el pensamiento extremo pueda incrementarse.

Admitiendo la Ley de la divergencia, nos sentimos más seguros para explorar las mutaciones que han hecho de la especie humana lo que es hoy.

Probablemente aquí hemos de subrayar la fuerza de los CyberPrometheus (2), nuestro instinto de poder y creación, que nos estimulan desde la fundación griega de Occidente, y nos empujan a superar tanto los límites extremos como los límites prohibidos. El Verbo, por ahora, nos pertenece a nosotros, los seres humanos (3), que se dedican al arte y a la ciencia para competir hoy en un fuerte deseo de génesis nuevo en la cresta del caos - una voluntad que se ha incrementado dramáticamente desde la aparición y el empoderamiento de las tecnologías digitales.

Sin embargo, esta exacerbación no es completamente nueva. Se ha iniciado hace unos años y ahora estamos preparados. Llegados a este punto es de obligada mención el suprematismo de Melevitch, la exposición de Yves Klein acerca del vacío, o su salto en él, y su pintura con fuego, cuando trata de captar las energías cósmicas en sus pigmentos azul absoluto. La creación implica con frecuencia la destrucción de un estilo establecido, de la figura humana, de la lógica, de la estructura, de la tela, de los objetos, del cuerpo, e incluso del arte mismo. Observamos que el arte contemporáneo intenta adoptar los extremos científicos y tecnológicos que puedan ayudarle a transgredir los tabúes cognitivos, institucionales, morales, emocionales y de comportamiento y arriesgarse más en la complejidad de la materia, la vida y la inteligencia. La Bienal del Fin del Mundo, en el extremo sur de Argentina - Tierra del fuego - este mes de marzo de 2007, ha evocado este tema. Aquellos que exploran el caos no están locos: buscan un nuevo cosmos.

Qué soñamos bajo límites extremos y hostiles? Aspiramos a asumir y reconocer nuestra propia naturaleza de dioses humanos. Y en realidad, ¿a qué podríamos aspirar, si Dios no existe?

Notas al pie

(1) Véase: Hervé Fischer, La société sur le divan, los elementos de mythanalyse, Éditions VLB, Montréal, 2007.

(2). Ver: Hervé Fischer, CyberProméthée, l'instinct de puissance à l'âge du numérique, VLB Ediciones, 2003.

(3). Ver: Hervé Fischer, serons Nous des dieux (VLB, 2006).

www.hervefischer.net