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sábado, 10 de marzo de 2012

La tergiversación mimética. La calidad camaleónica.



2.3.1-La tergiversación mimética. La calidad camaleónica.

Desde los bestiarios cristianos, por ejemplo, hasta hoy en día, podríamos decir que las imágenes zoológicas en cualquier soporte visual o audiovisual, son casi siempre la manifestación de una visión particular, hipertróficamente pensada y representada, del mundo natural para que éste se ajuste a los parámetros convenientes a quien, tácita o explícitamente suscribe dicho material visual.



Thayer es un ejemplo paradigmático de dicha actitud intelectual. Consideraba que toda pauta de color en la imagen de un animal tenía una función obliterativa, destinada al camuflaje, a la invisibilidad. Esta posición radical convierte al reino animal en el reino de lo invisible, o, cuando menos, de lo dfícilmente visible. Particularmente no puedo evitar una cierta simpatía por la irreflexiva obstinación de Thayer cuando busca los más llamativos ejemplos para demostrar su idea de invisibilidad óptima, la idea general de la Naturaleza para transformar la imagen del pavo real en un entorno óptimo, concordante. Un jardín ideal en el que perderse. En el Edén, el animal es invisible.
Thayer diseña una ilustración que muestra al tópicamente llamativo pavo real perdiendo todo rastro de conspicuidad en un decorado a su medida, en armonía con sus propias pautas gráficas, haciéndolo desaparecer, fundiéndose con la Naturaleza, idea que se nos antoja romántica pero que sin lugar a dudas debe de ser muchísimo más antigua que cualquier atisbo de lo que la cultura occidental denomina romanticismo.
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En las presentes páginas, mi tema de reflexión es el animal invisible, el animal que está y no se ve, en búsqueda del origen humano de las atribuciones pseudozoológicas que disfrazan a los seres. El disfraz del animal, su imagen visible, puede caer en la tentación de invisibilizarse desapareciendo o pareciendo otra cosa, pero... ¿a ojos de quién? ¿a quién engaña el "insecto hoja"? ¿a quién si no a nosotros?. Su nombre nos lo está diciendo, desde luego. Una mantis religiosa, aspirante también a hoja o a forma vegetal, muestra también una antropomorfia que nos parece, subjetivamente, llamativa; y es que para ganarse un nombre como "insecto hoja" en la comunidad científica hay que lograr un efecto hiperrealista. Sin embargo, para el fásmido así llamado, ser descubierto por un humano observador supone que su hiperdiscrección sea paradójicamente lo que lo hace más llamativo.
Los animales de imagen cambiante suelen ser atractivos motivos de ilustración por su atractiva multiplicidad. El paradigma de la imagen cambiante es el camaleón.
Ser camaleónico es una cualidad que comparte discrección y conspicuidad. Ocultarse tras la parafernalia visual, no parecer algo concreto, de cualidades y capacidades concretas, negarse a ser medido por una escala única, son atributos propios de las criaturas camaleónicas. En nuestro ámbito humano nos deleitamos en señalar dicha cualidad en aquellos que podrían pasar desapercibidos en contextos cambiantes a lo largo de su vida (tanto si se encuentran en él como si no, porque el ser humano es por naturaleza un conquistador de biotopos ajenos). Así, y con cierta ambigüedad, decimos de David Bowie: camaleónico. Decimos de Robert de Niro, de Prince, de Dustin Hoffman: camaleónicos.
Sin embargo, el humano camaleónico conjura, con su actitud, un entorno a su medida en el que integrarse, llamando la atención sobre él y/o, simultáneamente, confundiéndose con tipos humanos de diferentes contextos, al contrario, en realidad, del camaleón humano ingeniado por Woody Allen en su película "Zelig".
Curiosamente, en Zelig vemos un individuo que se transforma en los distintos tipos humanos con los que se relaciona, aunque siempre reconozcamos al anticamaleónico Allen, dando lugar a una apariencia de distintos tipos humanos disfrazados de Woody Allen. Por añadidura, la película se disfraza con las características propias del documental histórico y científico (con una maestría elogiable) en el que el propio Allen es la primera pista de su falsedad (pocos humanos han alcanzado, de hecho, cotas tan altas de iconicidad, en la misma línea que otros grandes cómicos, especialmente del cine mudo).
Parece una contradicción que, siendo un tópico la obliteración cromática del camaleón, los individuos "camaleónicos" sean tan frecuentemente los más llamativos. En la asimilación cultural del camaleón, éste destaca por su capacidad de cambiar de color (incluso más que el pulpo u otras criaturas de semejantes facultades), descontextualizado del fondo.
En las imágenes de los libros, necesariamente fijas, se llegaba al recurso de repetir la misma reprodución del animal cambiando el color según el fondo, o incluso dividiendo fondo y animal en zonas diferenciadas de color.
Lo cierto es que, en la naturaleza, el camaleón no sólo se camufla con el fondo cromático, sino que también a menudo hace evidentes sus intenciones, estados de salud o de ánimo por el color de su piel. Un camaleón enfermizo o deprimido es amarillo ocre incluso en el entorno de verde más intenso. Tampoco importa el fondo si el camaleón está en celo, o si está asustado, porque adoptará colores específicos independientemente de los tonos circundantes.
Es más: los cambios cromáticos no siempre han sido el rasgo más significativo del camaleón. La creencia más destacada y sorprendente, documentada por Plinio, acerca de estos animales fué la de ser los únicos que no comen ni beben, nutriéndose sólo de aire. Esta antigua creencia puede ser constatada tanto en los bestiarios catalanes como en el toscano. Xosé Ramón Mariño Ferro destaca la siguiente cita del Trevisa II :

"La tierra nutre al topo, las llamas a la salamandra; las olas sirven de comida al arenque, y el aire al camaleón".

Lo que Mariño quiere destacar es algo que nos explica el hecho de que los artistas de la antigüedad eligiesen al camaleón como atributo del elemento AIRE personificado.
A esta inexacta creencia se llegó, por adición y exageración (exagerar es humanísimo) de un par de características más del animal, ya que al igual que el resto de los reptiles (y más a ojos de un mamífero como nosotros los primates de toda índole) puede ayunar durante períodos que se nos antojan muy prolongados.
Si a eso añadimos la rapidez de captura de sus víctimas, que a ojos poco entrenados a seguir los movimientos del animal puede ocultar el visionado del insecto fugazmente capturado por la repidísima lengua retráctil, tan obvia en una toma de cine ralentizado, y que parece limitarse a atrapar el aire que luego el animal parece masticar y tragar. Por añadidura, en la propia anatomía del animal puede encontrarse una bolsa membranosa, en la unión de la laringe y la tráquea que puede llenarse a voluntad cambiando rápidamente el aspecto físico del reptil.
Hoy en día, sin embargo, es su facultad de cambiar de color la particularidad más conocida del animal, siempre interpretada con la intención de despistar vía imitación de los colores circundantes, a excepción, según Latini y Plinio, del rojo y el blanco. Alciato ve en el cambio cromático del animal un símbolo de adulación. Se llegó a pensar que su supuesta capacidad para cambiar al negro por influjo de Mercurio le enemistaba con el cuervo.
En todo caso, y como animal que camina arrastrándose (nótese que el camaleón no arrastran el vientre como hacen muchos saurios, sino que su combinación de apoyo de dos patas en diagonal siempre lo mantiene elevado del suelo mientras camina con característica cautela) el camaleón lo tenía difícil, por su parecido orgánico con otros lagartos que realmente arrastran su vientre, para huir de la lista de alimentos animales impuros del Levítico.
Pero no deja de ser significativo que los rasgos llamativos y propios de un animal varíen tan sensiblemente de apreciación al depender sencillamente del encuentro en la naturaleza con la criatura, de un modo fortuíto, sorpresivo y sorprendente, reconstruído por una memoria que no sólo vive de encuentros con animales.


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