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sábado, 10 de marzo de 2012

HACIA LA NARRACIÓN ÉPICO-NATURALISTA DE BREHM. EL GRABADO DE IMÁGENES DE ANIMALES y la llegada de la fotografía.

Ibis o leopardo de las nieves tal y como aparecía en la reedición de la obra de Brehm en 1970
La fotografía en su madurez técnica supone un reencuadre, redistribución y recolocación de los animales en las imágenes de los libros de zoología que buscan contentar al público especializado y al aficionado.


Grabado de Wendt para una edición ilustrada de las obras de Brehm.


Brehm tenía un sentido dramático de la literatura zoológica que pasaba por el espíritu aventurero de los libros de viajes. En el caso concreto de este grabado de un cachalote para ilustrar su obra, cabe destacar la representación de perfil del espacio acuático fomentada por la popularidad de los acuarios. Anteriormente, los peces y animales acuáticos eran generalmente mostrados vistos desde arriba.

La acción, el movimiento, son requisitos imprescindibles para mantener la atención de los observadores de animales neófitos. Brehm lo tenía muy claro y lo plasmaba en su narrativa tanto como en la selección de imágenes para ilustrar sus libros, que buscaban la fascinación del lector y del espectador.


Alfred Brehm



HACIA LA NARRACIÓN ÉPICO-NATURALISTA DE BREHM.

LA ODISEA DEL DARWINISMO
Y LA REVITALIZACIÓN DE LAS ENCICLOPEDIAS ZOOLÓGICAS ILUSTRADAS.

EL GRABADO DE IMÁGENES DE ANIMALES y la llegada de la fotografía.

a) Lamarck y el fracaso.

Cuvier y el éxito de la anatomía comparada.
Lamark (1744-1829), desde niño, quería ser militar, pero su familia le llevó a una escuela jesuíta con el objeto de convertirlo en sacerdote. Logró huir de aquella escuela y hacerse oficial, pero pronto hubo de pasar a la reserva, porque no respondía al perfil de rudo soldado bebedor y jugador. Sus aficiones le atraían hacia el mundo de la música, pero hubo de contentarse con ser empleado de banca, y, más tarde, atraído por el mundo de la botánica, llegó a convertirse en una de las autoridades más prestigiosas de dicha esfera científica, pero fue nombrado catedrático de zoología, en la parcela más engorrosa de la época: 'gusanos e insectos'. Por ello, a sus cincuenta años, un botánico poco versado en zoología hubo de estudiarla él mismo para poder impartirla a sus alumnos. Lo burlesco de su destino le procuró un tormento que inmortalizaría su nombre a costa de su sufrimiento.
Por aquel entonces había tres cátedras de zoología: 'aves y mamíferos', 'peces y reptiles' y 'gusanos e insectos'. En las dos primeras ya se había establecido un cierto orden, pero en la que ocupó Lamarck reinaba todavía un caos de difícil resolución. Recordemos que el propio Linné tenía este grupo animal amontonado y descrito a la brava, y lo cierto es que, pese a todo, Lamark acometió el trabajo con decisión y esfuerzo.
Al comenzar a poner orden en su tarea, empezó por establecer una diferenciación de los animales que constituían el objeto de su estudio, y dividió el reino animal en vertebrados e invertebrados, división que continúa vigente hoy en día.
Más tarde, al iniciar el estudio de estos invertebrados, una sucesión de descubrimientos impulsó la marcha de sus trabajos. Estudió los infusorios, pólipos y moluscos, y propuso un sistema propio que incluyese a los primeros, ya que Linné los había desechado, y acabó por definir, además de la división en vertebrados e invertebrados, catorce clases en su sistema, en lugar de las seis del de Linné.
Lo cierto es que el sistema de Lamarck mejoraba mucho el de Linné, y bien podría haber sido acogida con entusiasmo por parte de sus coetáneos, en cuanto que los invertebrados habían sido descritos con tanta exactitud por Lamarck. Pero sus crecientemente profundas observaciones le llevaron a detectar no sólo los errores de carácter parcial en el sistema linneano, sino que llegó a afirmar el error básico de considerar que existen tantas especies como ha creado el ser supremo desde un principio. Esto sí era una afirmación osada en la época en la que le tocó vivir, aunque lo cierto es que, si lo hubiese hecho en la edad media, tal socavación de los fundamentos religiosos de la iglesia habrían sido acogidos calurosamente, en la hoguera. Era la misma biblia quien afirmaba la creación de los animales, tal como son hoy, por Dios, el sexto día.
Los contemporáneos de Lamarck arremetieron sin dudarlo contra sus razonamientos, y, si bien no lo quemaron en la hoguera, su teoría recibió mayormente escarnio y vituperio, y un tajante rechazo.
Pese a todo ello, Lamarck prosiguió sus trabajos y argumentaciones a favor de su teoría, y afirmaba que los animales experimentan cambios en función del medio en que se hallan, con el que interactúan. Los cambios en el medio suponen un cambio en las necesidades del animal, que determinan su modo de ser y su comportamiento, que, al cambiar, producen de algún modo el cambio en algunos de sus órganos. Los que eran muy activos en precedentes condiciones de existencia, acabarían cayendo en la pasividad, debilitándose, hasta extinguirse por entero, o adquirir una nueva forma orgánica si el proceso inverso desarrolla órganos que han de pasar a un estado constante de ejercicio.
El ejemplo clásico de Lamarck a este respecto era a través de la imagen de la jirafa, cuyo largo cuello sería consecuencia de un paulatino estiramiento en busca de las hojas más altas de los árboles que les sirven de sustento. Otro ejemplo de este tipo sería el que fijaba la atención en los ojos del topo, atrofiados por su vida cada vez más subterránea.
Para Lamarck, en estos cambios era decisivo el papel de los "impulsos internos", los "fluídos". Creo que indudablemente (en especial si consideramos el misterio de la metamorfosis de las larvas de los insectos, aún sin resolver), no sería del todo descabellado atisbar cierta validez en las teorías lamarckianas, pero lo cierto es que, según sus razonamientos, el estado de ánimo o las necesidades agresivas de un toro, por ejemplo, producirían en sus fluídos internos, en ciertas ocasiones, la necesidad de agredir o defenderse, y los "impulsos internos" provocarían la paulatina acumulación de sustancia ósea que constituiría sus cuernos, Otro tanto ocurriría con los pies palmeados de las aves acuáticas para nadar, o el alargamiento de sus cuellos para pescar peces, cambios que, además se transmitirán por herencia de padres a hijos, acentuándose de generación en generación.
Ahora no nos cabe duda de en qué medida estas afirmaciones de Lamarck eran erróneas de principio, pero la mera idea de mutabilidad de los animales era un gran avance y sólo, una vez sembrada, había de echar tenues raíces en la colectividad. Lamarck no se limitó a describir los animales, sino que comenzó a buscar "lazos de sangre" entre ellos, lo que supnía iniciar una genealogía del reino animal, y una tendencia a mostrar las imágenes impresas de animales ya con la sugerencia de una maquinaria viva que interactúa con su medio y que cambia la disposición de sus elementos en relación a sus necesidades y lo que dicho medio le ofrece. Sólo se puede entender que a fuerza de dibujar y comparar dibujos de animales, de analizar sus formas visibles, los hombres como Lamarck intuyesen nuevas ideas sobre la configuración del mundo natural, pero Lamarck mismo no pudo sustraerse a una idea de cadena de eslabones independientes, y la demostración con hechos de su teoría del transformismo era difícilmente aceptada en su época porque no armonizaba con la situación política del período que le tocó vivir.
Tengamos en cuenta que, en las postrimerías de siglo XVIII, la poderosa burguesía francesa había triunfado sobre la monarquía y la aristocracia feudal, y sólo le quedaban como enemigos potenciales los obreros y artesanos, enemigo en todo caso más fuerte y peligroso que el antiguo. El miedo de los vencedores alimentó la necesidad de una mano dura que mantuviese a raya al populacho, dando sentido a la subida al poder de Napoleón, y, más tarde, al retorno de los Borbones. Todo volvía a ser firme e inconmovible.
Pero de pronto la teoría de un tal Lamarck hablaba de la mutabilidad de todo lo vivo, conmovendo los pilares de la sociedad, quebrantando la fe en Dios, proclamando la posibilidad de cambio de las cosas, incluído, tal vez, el régimen vigente. Pero el régimen vigente no veía la necesidad de más revoluciones, y las instituciones utilizaron las viejas armas del descrédito para evitar toda posible consecuencia.
Lamarck murió pobre y olvidado, como un anciano que hubiese perdido el uso de la razón. En sus últimos años de vida nadie se acordaba de él, hasta 1829, cuando se hizo público su fallecimiento. Pese a sus detractores académicos, el hecho es que se trataba de un miembro de la Academia y habrían de dedicarle un panegírico en su honor y memoria, encargo que recibió el ya ilustre Georges Cuvier (1769-1832).
Lo cierto es que la fanfarronería de Cuvier no pudo sustraerse a la tentació de la burla y el escarnio y ni siquiera la Academia autorizó la lectura de semejante discurso necrológico.
Cuvier podría constituir el mejor representante del tipo de naturalista políticamente correcto y socialmente exitoso. Consideró el sistema lamarckiano poco menos que como el delirio de un loco que se atrevía a dudar de la omnipotencia creadora de Dios, y también fué un duro crítico del sistema de Linné. Cuvier siempre practicó un respetuosísimo tratamiento de la figura de Dios a pesar de los apuros que suponía conciliar los hechos científicos con los litúrgicos. Pero Cuvier era Cuvier, y sabía arreglárselas bien en los trances difíciles, y fue precisamente su afán de armonizar los hechos con la biblia lo que le llevó a redactar su famosa "teoría de los grandes cataclismos". Fue precisamente esta capacidad, para para amoldar los hechos científicos a los cánones de la iglesia, lo que dió fama a Cuvier, además de sus espectaculares demostraciones de anatomía comparada. Tengamos en cuenta que hablamos de la misma época en que las florecientes eciclopedias eran un gran éxito entre las pudientes clases altas y sus representantes científicos y docentes. Las más destacadas serían la de D'Alembert, en colaboración con el mismísimo Diderot, y, sobre todo, la inmensa "Historia Natural" de Buffon. Todas ellas eran muy conocidas gracias, en gran medida, a su contenido en imágenes, obra de grandes dibujantes y grabadores. El mundo editorial se moderniza especialmente al enriquecer su mundo virtual con estas imágenes de animales y paisajes de otras tierras. La era de la ilustración, al fin y al cabo.
Cuvier fue un magnífico dibujante, y un gran conocedor de la anatomía animal, tema en el que fue tan erudito como para inaugurar las bases de la moderna anatomía comparada, asombrando a sus contemporáneos con sorprendentes reconstrucciones de esqueletos y su análisis en relación al estudio de esqueletos de otros animales que presentaban analogías anatómicas. El arte como vehículo de la ciencia, o viceversa.
Del mismo modo que Cuvier criticó con dureza a Linné o a Lamarck, también es cierto que otros antes que él habían sido perseguidos por defender teorías análogas a las suyas. Tal y como Cuvier fue un entusiasta de la experimentación (me permito un inciso para sugerir la idea de considerar las ilustraciones de los libros de zoología como experimentación virtual), otros antes que él hubo partidarios de los hechos y los experimentos empíricos. Recordemos que, cinco siglos y medio antes, Fray Roger Bacon, "doctor maravilloso", había defendido estos planteamientos. No le permitieron la palabra, le prohibieron seguir impartiendo sus clases en la misma Universidad de París, y se llegó al extremo de encarcelarlo por mago. En total, pasó unos veinticuatro años en diversas prisiones, tan sólo por propugnar el estudio de la ciencia antes por la vía de la experimentación que por el estudio de la teoría.
Una extraña coincidencia de apellidos se produjo cuatro siglos y medio más tarde, al otro lado del canal, cuando la Royal Society tomó como lema las palabras de Francis Bacon: "En las palabras no hay nada". Las imágenes de los libros, al fin y al cabo, no hacían sino sustituir a los hechos, constituirlos, frente al poderoso pero relativizado poder de las palabras.
Las grandes enciclopedias de los iempos de Buffon y Cuvier eran pródigas en ilustraciones, porque al igual que la iglesia debía su rápida propagación en base a la utilización de imágenes de contenido religioso más o menos advenedizo, asimismo la ciencia supo reaccionar para aumentar su potencia divulgativa apoyándose para ello en las artes plásticas (no olvidemos que la taxidermia, de creciente desarrollo en las colecciones zoológicas, no es sino una peculiar manifestación de la escultura) el éxito de estas publicaciones habla por sí sólo. La evolución de los recursos calcográficos tuvo mucho que ver recíprocamente con la creciente calidad física de los libros, y, una vez más, los protagonistas eran las plantas y los animales.
Georges Louis Leclerc, conde de Buffon (1707-1788) fue un destacado escritor y naturalista, y uno de los pioneros en el uso de un estilo naturalista que yo me atrevería a definir como épico, en el sentido que, a fuerza de comulgar con la versión bíblica de la creación del mundo y las criaturas vivas, y de la historia del hombre, Buffon buscó un sano equilibrio entre la seductora narración de inspiración bíblica y literaria (la edición de Diderot de la enciclopedia D'Alembert no es sino una muestra de la preocupación por la calidad de este género literario nuevo, científico y evocador).
Después de licenciarse en derecho, Buffon se interesó por las ciencias, y tradujo del inglés (apreciemos la creciente agilidad de la inetrcomunicación y propagación científica) la "Estática de los Vegeyales", de Hales. Ya en la introducción de la edición francesa de esta obra, Buffon expone claramente la metodología experimental de las ciencias, exactamente en el año 1735.
En 1739, Buffon ingresó en en la Academia de las ciencias y se le nombró intendente del Jardín del Rey, futuro Museo de Historia Natural. El resto de su vida lo dedicó a la elaboración de la inmensa "Histoire Naturelle (1749-1789), que tuvo una enorme difusión entre un público cada vez más iteresado por las ciencias naturales. Este interés era vicario de la gran influencia que había ejercido la Enciclopedia al saber despertar el interés por todos los conocimientos humanos, desde un espíritu racionalista. En realidad, Buffon no colaboró directamente en la Enciclopedia, pero su pensamiento fue muy difundido en ella a través de sus discípulos. Cabe especial mención para Daubeton (1716-1799), autor de numerosos artículos y de las láminas de historia natural, ya que esta ha ido de la mano del arte gráfico para manifestarse en el mundo de la cultura. También Diderot colaboró en artículos como "Animal" y "Especie humana".
Lo cierto es que Buffon no fue propiamenta un enciclopedista. Sin embargo, colaboró en la batalla en pro del método experimental y de la independencia de las ciencias frente a cualquier teoría preconcebida. Por esta cuestión de principios veía un exceso de sistematización en Linneo, y prefería limitarse a una descripción de los animales basada en la meticulosa relación de datos de su naturaleza y costumbres.
Su "Thèorie de la terre" (1749, modificada y completada en "Epoques de la Nature", 1778) manifiesta una progresiva orientiación hacia una concepción transformista del universo. Le parecía discutible la estabilidad de las especies vivas, por lo que introdujo en su desarrollo, como en el del hombre, la idea de progreso y encadenamiento de los seres vivos, conceptos precursores del evolucionismo. Criticó con aspereza la concepción antropomórfica y finalista de la época, considerándola poco más que un sistema de leyes.
Pero lo más importante de Buffon reside en su perfeccionismo como divulgador. Creía que una obra de vulgarización o divulgación científica sólo podía tener efectividad si su estilo contribuía a ordenar y vivificar las ideas, dando tal importancia a este problema que su discurso en la academia francesa (1753) lo tituló "Discurso sobre el estilo". En él, Buffon afirma que las ideas y las teorías, sobre todo en el campo científico, constituyen algo impersonal, pero el estilo es importante porque pone de manifiesto el espíritu y la naturaleza individual de la inteligencia que las produce; lo que Buffon llama "el estilo del hombre".
Su obra fue muy difundida, y sus láminas ilustradas también. En España, a lo largo del siglo XVIII, lo fue gracias principalmente a las sociedades económicas de amigos del país, quienes las incluían en sus planes de estudios. La primera adaptación de la Historia Natural de Buffon en nuestro país fue el libro de texto del seminario de Vergara ("Historia Natural del hombre", 1773).
Más tarde, Clavijo y Fajardo la tradujo casi íntegramente ("Historia Natural, general y particular, 20 vols., 1785-1805). Su pensamiento también fue conocido a través de la publicación en nuestro idioma de la "Vida del conde de Buffon" (1797), que incluía el "Discurso sobre el estilo", y de la versión del "Espíritu del Conde de Buffon".
La enciclopedia Diderot et D'Alembert, también daba gran importancia a la relación de datos, de la observación de la vida de los animales, y sus particularidades. La preocupación por los matices verbales era aún muy poderosa, y se seguía procurando el reconocimiento de los animales a través de la identificación de sus más recientes imágenes con las más antiguas. El rinoceronte está representado por la variedad asiática, por persistencia de la imagen del rinoceronte de Dürer reproducida en Gesner. Y el elefante todavía aparenta tener el pabellón auditivo hacia el exterior, hacia delante, como el humano, tal y como aparece en muchos grabados anteriores.
No podemos olvidar, tampoco, la gran relevancia de la obra de Geoffroy Saint-Hillaire, mentor, en su momento, del joven Cuvier.
El perfil humano del naturalista empieza a perfilarse durante la época de la Ilustración y la Enciclopedia. El arte y la erudición son sus herramientas principales, como vehículos de los datos experimentales, así que la personalidad de estos personajes, gozosos de un alto rango social, era decisiva para llamar la atención en las congregaciones científicas. Hacerse ver y escuchar comienza a ser fundamental, y Cuvier siempre cumplió con todos los requisitos necesarios, demostrando el don de la oportunidad. Debía venirle de familia, porque también su hermano Frédéric supo encontrar un buen lugar en en la Academia, y fue profesor de fisiología en el Museo, así como colaborador de Geoffroy Saint-Hilaire en "Historia de los Mamíferos", por no hablar de su extraordinaria y visualmente atractiva "Historia de los cetáceos", o de su interesante "El instinto y la inteligencia de los animales".
De la anatomía, en general, hubo estudiosos antes que Georges Cuvier, pero, como hemos dicho, sería él precisamente el creador de la anatomía comparada. Para ello comenzó por los moluscos, en parte porque de más joven había vivido en Normandía unos años, y tuvo ocasión de observar distintas especies en sus ricas costas, así como para la observación de aves, peces y otros animales que también disecaba. Tenía dieciocho años y daba clases a los hijos del conde de Héricy, ocupación que no le quitaba demasiado tiempo de sus aficiones: la descripción y el dibujo de los animales. Cuvier era un buen dibujante, y es más que posible que dicha condición esté estrechamente relacionada con su claridad de reflexión al analizar las formas orgánicas en anatomía.
Linneo se había interesado por el aspecto externo de los moluscos, sus conchas en la mayoría de los casos. Cuvier se centró principalmente en su constitución interna.
Pero sus más definitivas conclusiones llegarían estando ya en París por invitación de Saint-Hilaire, renombrado científico, y se aplicó en el estudio de los órganos de los animales.
Cuvier practicó mucho la disección, llegando a concebir el organismo como un todo en el que la modificación de un sólo órgano incide en el resto, como la ancha dentición de los rumiantes está en función de un largo y voluminoso tracto digestivo.
El arma de Cuvier para conseguir la atención y aprobación de su público, y en definitiva ganarse la fama entre los de su profesión, fue principalmente el recurrir a formas expositivas muy ilustrativas, como preparaciones para la conservación de especímenes, esqueletos y, cómo no, dibujos. Simultáneamente a su creciente popularidad, Cuvier comenzó su carrera de funcionario público. Desde entonces no dejó de ocupar importantes cargos en el aparato estatal (ver bibliografía comentada). No cabe duda, a la luz de su dilatada obra, que debió de ser un hombre nuy activo, teniendo en cuenta sus múltiples ocupaciones, y debió disponer de un eficaz equipo de colaboradores de los que sin duda sabría sacar partido.
Después del primer hallazgo de un fósil de dinosaurio (concretamente un iguanodón, en Inglaterra) la paleontología se convirtió en una especialidad de creciente interés, en la cual Cuvier supo aplicar sus habilidades para analizar formas, y aprovechó su ventajosa posición para que le enviaran todos los restos posibles hallados en excavaciones científicas o mineras. Con estas reconstrucciones de los animales del pasado, se labró una gran reputación de credibilidad, y todo este material, y los dibujos referentes, sirvieron para enriquecer la exposición de su teoría de los grandes cataclismos, concebida como una explicación al hecho de que estos animales remotos fuesen distintos a los de la actualidad. Cuvier argumentó que serían animales propios de entornos concretos que sufrieron dichos cataclismos llevándose consigo a su fauna, quedando como supervivientes los conocidos en la actualidad, los cuales los distribuyó según su renovadora teoría de los tipos, que, paradójicamente, no presentaban relación mayor que una cercanía tipológica, pues se negaba a admitir cualquier tipo de parentesco que alimentase un criterio transformista. Cuvier, que llegó muy lejos en la vida, se caracterizó por avanzar lo científicamente posible en terrenos políticamente correctos.


b) Wallace y el Darwinismo.
La Naturaleza espectacular de Brehm.

Alfred Wallace (1823-1913) pasó cuatro años en los bosques amazónicos del Brasil, actual Meca del conservacionismo mundial, reuniendo admirables colecciones e interesantes anotaciones. Sin embargo, un naufragio, que lo obligó a vagar por el océano durante diez días en un bote, le supuso volver a Londres con las manos prácticamente vacías.
Su propio hermano no había sobrevivido a la dureza de las condiciones de la expedición (las enfermedades tropicales eran un riesgo muy alto para los exploradores europeos) para la que habían estado ahorrando junto con su amigo, el joven maestro Henry Bates. Aquel incendio en el barco de la expedeción brasileña frustraba su sueño de explorar las islas del archipiélago malayo, que había pensado sufragar con los beneficios de sus trabajos de investigación.
Afortunadamente, la noticia del naufragio tuvo el eco suficiente para que un rico coleccionista se interesase por su trabajo, así como una serie de científicos, que por diversas razones estaban interesados en la adquisición o estudio de animales de Malasia. Así, con tan inesperada subvención, Wallace volvió a partir en 1854, y, asu vuelta, ocho años después, era ya un experto naturalista y un conocido científico, y es que, desde los tiempos de Linné, el poder de difusión de la prensa había alcanzado una gran rapidez y periodicidad.
Había explorado las Islas más grandes, y algunas más medianas, del archipiélago, recorriéndolas a pie o a caballo. Navegó en juncos y veleros chinos, y elaboró numerosos diarios y cuadernos de notas que documentaban el descubrimiento, para la ciencia occidental, de cientos de animales ignorados hasta ese momento.
Su aportación a la entomología fue muy considerable, puesto que llevaba consigo más de cien mil ejemplares de insectos, entre los cuales quince mil lepidópteros y más de ochenta mil coleópteros. En total, unos ciento veinticinco mil quinientos ejemplares de insectos, aves y otros animales salvajes, y gracias al gran momento de la prensa gráfica, y la reciente incorporación de la fotografía al medio, su regreso al país adquirió un carácter apoteósico, puesto que le rodeaba un caldo de cultivos de especulaciones acerca de sus teorías que presumía de haber encontrado al hombre con la solución al problema cardinal de la biología, cuestión en la que el papel histórico de Wallace ha pasado como ejemplo de modestia y nobleza científica.
Wallace es el perfecto ejemplo de súbdito de la Inglaterra expansionista, de la edad de oro de las colonias y el intercambio de productos de ultramar. La era victoriana, impulsora de tantos proyectos científicos, de tantos gabinetes llenos de maquetas de maquinaria, ingenios mecánicos, libros de geografía universal y enciclopedias de zoología, similares tal vez al estudio fotográfico de Lewis Carroll, a las bibliotecas que veían resurgir los mitos literarios de la antigua sajonia en las páginas de Tennyson, también en las de Walter Scott y Stevenson, más tarde.
Una era caracterizada por el coleccionismo, y el gran florecimiento de las grandes instituciones museísticas. El ejemplar capturado y naturalizado, en muchos casos el holotipo de una especie, adquiere un valor científico y social. Wallace era un coleccionista, y un cazador.
El reconocimiento de una forma animal diferente, desde el punto de vista del naturalista especializado, adquiere ahora la connotación de un mayor grado de atención. Comienza a entrañar nuevas dificultades diferenciar variedades de una sola especie, o especies similares, lo que implica un nuevo y más profundo conocimiento de la naturaleza.
Para los profanos, todos los caballos se parecen, pero para un criador no. Los demás ignoramos la diferencia de edad entre dos ejemplares, o nos vemos incapaces para estimar la edad de un solo ejemplar, del mismo modo que nos resulta difícil no confundir retratos con pelucas del XVIII. Es un problema de atención y de retención, memoria. Implica la sistematización, y el perfeccionamiento de ésta pasa por convertirla en un placer compulsivo, una irrefrenable afición.
Yuri Dmítriev, o Stephen J. Gould, nos ofrecen interesantes reflexiones al respecto, y es Dmítriev quien rescata un significativo texto de un carta de Wallace a unos amigos, a propósito del hallazgo de una mariposa desconocida para él:

"No es posible expresar con palabras la belleza de esta mariposa, y nadie, a excepción del naturalista, puede comprender la profunda emoción experimentada por mí cuando, al fin, logré cazarla. Cuando la saqué de la red y desplegué sus majestuosas alas, mi corazón palpitó apresuradamente y la sangre se me agolpó en la cabeza. Me sentí entonces más cerca del desfallecimiento que en los momentos en que me rondó la muerte.
Todo aquel día me dolió la cabeza: tan grande era mi emoción; en tanto que, para la mayoría de la gente cotidiana, la excitación producida por este caso, habría de ser insignificante".

Sin embargo, Wallace no se limitaba a la captura y colección de especímenes. Reflexonaba mucho sobre ellos, y los comparaba unos con otros, y pese a las dificultades de sus expediciones y el inevitable aislamiento de las instituciones y centros culturales y científicos, ya en 1855 escribió el artículo "Acerca de la ley que determina la aparición de nuevas especies", y aunque se trataba de su primer artículo, revisando la cuestión de la mutabilidad en el reino animal, ya afirmaba el hecho de la evolución, aunque no aportase todavía pruebas contundentes par ello, ni se viese capaz todavía de fundamentar su causas.
Según sus observaciones, la respuesta a la fuerza motora de la mutación de los organismos era la supervivencia de los mejor adaptados al medio, pereciendo los menos adaptados, identificados en este sentido como los más débiles.
Wallace veía un claro ejemplo en las variedades de una misma especie que encontraba en las islas que visitó. Las variedades podían comenzar a ser vistas como nuevas especies que estaban naciendo, que cobrarían arraigo a lo largo de muchas generaciones, que definirán la aparición de una nueva especie de cuyas variantes surgirán otras, y así sucesivamente.
Estas nuevas ideas, que seguramente tenían un terreno abonado en una sociedad predispuesta a encontrar una explicación científica a los misterios y las maravillas (recordemos el éxito editorial de la prensa de la época, a cargo de Conan Doyle, acerca de la posibilidad de admitir, como prueba científica de la existencia de las hadas, unas fotografías que suscitaron un caso de investigación digno de Sherlock Holmes, a cargo de un Sir Arthur seducido por una protocienciología un tanto fantasiosa y ensoñadora.
Wallace estaba dispuesto para la redacción de un oportuno artículo sobre la mutabilidad de las especies cuando se le declaró un violento brote de paludismo. Pese a ello, lo redactó cuando la fiebre se lo permitía y lo envió por buque a Inglaterra, donde produjo una enorme impresión entre los naturalistas tanto por su contenido como por la atractiva novedad de haber sido redactado lejos del ámbito de bibliotecas y museos, de debates y controversias científicas.
El tema ya era de actualidad científica, puesto que hacía unos veinte años que se sabía de las deduciones, convincentes y bien argumentadas, de Charles Darwin, quien se proponía publicar su trabajo de largos años, mientras Wallace ya había redactado un artículo específico.
El cotarro científico sabía ya de la trascendencia de cualquier teoría sólida sobre la cada vez más aceptada mutabilidad, y se produjo una cierta espectación acerca de la prioridad del pronunciamiento, del descubrimiento, y en este sentido, habría que reconocer que, formalmente, le correspondería a Wallace, a la que él mismo renunció en cuanto tuvo noticia de los estudios de Darwin, a quien llegó a facilitar sus notas y apuntes, observaciones y colecciones.
A petición de Darwin, Wallace elaboró diversos temas para la obra básica del sabio, y cuando editó su propio libro sobre la selección natural lo tituló "Darwinismo". Además de este volumen, Wallace escribió muchos otros dedicados a sus viajes y experiencias, destacando particularmente la obra de zoogeografía más importante del momento: "Distribución geográfica de los animales".
La zoogeografía, ocupada del estudio, no sólo de la distribución de la fauna en el globo, sino de sus cambios en relación a los condicionantes gelógicos y climáticos, pero no adquiere consistencia metodológica hasta la publicación de la obra de Wallace. Las zonas zoológicas que él precisó siguieron siendo denominadas zonas 'wallaceanas', y su obra constituyó una mezcla de crónica de aventureras y arriesgadas expediciones y renovadas reflexiones sobre la condición de la vida misma y los animales.
La época de Wallace y Darwin está condicionada por los nuevos medios de difusión cultural, por la gran popularización de la prensa escrita y la progresiva masificación de las ediciones de libros ilustrados. La polémica suscitada por los primeros artículos de Darwin fue un rico material para alimentar los noticiarios del momento.
El debate entre el obispo Wilberforce, polemista y orador experto, y Huxley, defensor de la teoría darwinista, dio carnaza suficiente como para entrar en una nueva era de consideración hacia los animales como compañeros evolutivos en forma de polémica más irreconciliable de lo que parecía, a tenor de las múltiples manifestaciones creacionistas que están aprovachándose del mundo editorial, así como del medio documental videográfico para televisión.
No voy a comentar en profundidad "la batalla de Oxford", ni los detalles de la controversia que acabó por dar la razón a Darwin. Considero que fue un momento decisivo para la interpretación misma del naturalismo, pero no es particularmente decisivo sino para reavivar un interés siempre suscitado por los temas zoológicos, y, en todo caso, no incide particularmente en aspectos formales de las imágenes zoológicas, a no ser en una cierta matización en las imágenes de monos y simios.
Si bien hemos visto ejemplos en siglos anteriores, como el muy realista pero humanizado macaco de Goltzius, y de ilustraciones de monos muy exactas, lo cierto es que desde el renacimiento hasta el barroco son muy frecuentes las imágenes de hombres peludos para representar a los monos en muchos libros ilustrados de animales.
Recomiendo los múltiples artículos que revisan este tema a cargo de Stephen Jay Gould (quien incluso nos da una interesante reseña sobre la fatídica demencia congénita del capitán del Beagle, hombre que tuvo una tensa y respetuosa relación con Darwin, con cuyas teorías nunca estuvo de acuerdo), y sus interesantes observaciones sobre la incidencia del arte gráfico en la moderna divulgación científica.
Sea como fuere, a menudo tendemos a recordar la polémica de Oxford como la discusión entre una visión antigua y una visión nueva del sistema natural, y en particular de la cercanía del hombre con otros primates.
Sin embargo, como decimos, era muy frecuente la aparición de ilustraciones que bestializaban figuras humanas para representar monos (ver "La imagen del mono", en estas mismas páginas), que se popularizaron no sólo a través de los libros ilustrados, sino de gacetas y folletines de otra índole.
Las caricaturas de la prensa escrita, en el momento del debate de Oxford, no hacían sino atestiguar la popular aceptación de la idea que identificaba a los monos con cierto tipo de humanos inferiores. La noción evolucionista del mundo animal y vegetal era algo que de alguna manera flotaba en el ambiente (algo imprescidible para la entrada, aunque traumática en apariencia, de la nueva teoría, que habría sido, sencillamente desestimada si nadie tuviese una mínima noción del contenido de su propuesta), del mismo modo que los humores internos de la teoría Lamarkiana podrían atisbar un sentido con la irrupción de la genética, ya desde Mendel, y, en particular, desde Watts y Crick. La teoría de Darwin constituía la sólida exposición de un cierto sentir de buena parte de la opinión pública, y la Inglaterra Victoriana, tan fiel al rigor científico como a su mausoleización y a la ensoñación de una intrahistoria feérica, era el marco ideal para la compulsiva floración de dichas ideas.
En ciertas ilustraciones del siglo XVIII, como en las páginas de D'Alembert o de Buffon, el paisaje, aunque a menudo occidentalizado, está cada vez más presente para realzar la verosimilitud de las imágenes de animales. A menudo es posible detectar ciertos ideogramas transparentados por las figuras animales. El elefante presenta una errónea humanización de su rostro u cabeza, de la que brota bruscamente más una manguera que una trompa, y sus grandes orejas, como las nuestras, muestran el interior del pabellón auditivo, ahuecado, cóncavo, imposible en un elefante.
Un siglo antes de la teoría de Darwin ya un sector del público había visto grabados con monos humanizados, o humanos bestializados, con los pies en forma de manos (este sí es un dato identificativo que no suele olvidarse fácilmente), y estas imágenes bien podían haber alimentado ( o, tal vez, a la inversa) arquetipos instalados en nuestro "hardaware" más íntimo, refrescándolos o regenerándolos en cierta forma.
Lo más curioso, es que es a partir de la aceptación de la teoría de Darwin cuando las imágenes de monos en los libros de naturaleza se esfurzan más por subrayar las diferencias entre las distintas especies de monos, y entre éstos y el hombre.
Darwin, al igual que Wallace, fue un apasionado cazador en su juventud, y un gran coleccionista durante toda su vida, actividad placentera que además era imprescindible para la documentación de datos. Coleccionar formas, posibilidades biológicas, o enfrentarse a ellas, responde a la imperiosa necesidad natural de cotejar las posibilidades del entorno y del propio organismo para una provechosa interacción, de forma natural, innta. Del mismo modo que nos hemos referido al circo romano como en el mismo sentido, deberíamos hablar de los libros de aventuras y su interacción con las enciclopedias y libros de viajes. Si Verne recurría a datos enciclopédicos para alimentar sus coherentes y realistas fantasías, también es cierto que los naturalistas, sobre todo en el siglo XIX y principios de nuestro siglo, no podían evitar emular a Salgari, conscientes como eran de la estrecha relación entre el público con viva curiosidad científica y el amante de las aventuras, puesto que los decubrimientos científicos, y de forma particular los hallazgos botánicos y zoológicos entrañaban auténticas expediciones arriesgadas, y ambos estilos se complementaron mutuamente, hasta tal punto que muchos de los más seductores no eran muy de fiar. La victoria de Darwin no significaba que sus detractores se hubiesen callado o debilitado. Los libros de Darwin y Wallace, los artículos de Huxley y otros Darwinistas, si bien solían acompañarse de alguna ilustración, lo cierto es que eran textos densos, llenos de casuísticas y detalles, más cercanos a un público especializado que simplemente curioso, y hacía falta recuperar el esplendor visual de obras como las de Cuvier para devolver a las ciencias naturales su esplendor de antaño sin perder un ápice de su moderna precisión. Se precisaba de la aparición de un libro de divulgación científica escrito como cualquier gran enciclopedia zoológica conocida, visualmente atractivo y bien ilustrado, con grabados realistas (el paradigma fotográfico al que aludimos en páginas anteriores ya comenzaba a hacer mella en la estética del arte realista y naturalista de la época), redactado con la misma emoción épica de Verne, Walter Scott o Salgari, y a la vez referir con claridad la nueva clasificación animal, el nuevo criterio clasificatorio, la buena nueva de la historia evolucionista de la vida, cuya base argumental gozaba de de una recurrente y atractiva premisa dramática: la lucha por la supervivencia, sólo sobreviven y evolucionan los más fuertes o los mejor adaptados, convirtiendo el mundo natural en vastas hordas de héroes y villanos, de gloriosos supervivientes de tiempos remotos y difíciles.
Y ese libro llegó, de la mano de Alfred Edmund Brehm.

Brehm (1829-1884)
fue también un apasionado cazador y viajero. Era un gran tirador, aunque le llevase a ello la forma en que, en su tiempo, se manifestaba el amor apasionado por los animales. Los capturaba para su clasificación, para su detallada observación orgánica y anatómica, y me gustaría destacar particularmente la riqueza de matices lingüísticos para referirse al color. Los esfuerzos léxicos de Brehm para describir las diferentes tonalidades de los animales son dignos de mención. El naturalista era hijo del ornitólogo Ludwidg Brehm (Schonau 1787- Rentherdorf 1864), e indudablemente aprendió de él la importancia en la apreciación de los matices cromáticos para determinar muchas diferenciaciones texonómicas. Pero Brehm encarna, sobre todo, la figura del naturalista intrépido, viajero y explorador. Viajó por África, las islas Canarias, , el norte de Europa y Siberia, y gustaba de la narración directa de los hechos, reforzada por un ritmo narrativo aprendido directa o indirectamente de los cuentos y libros de aventuras. Un estilo que inicialmente explotaría de viva voz, y con el que seduciría siempre a su audiencia, comprendiendo prontamente que eso era lo que buscaba el aficionado a la zoología en los libros ilustrados: bellas y realistas imágenes y datos científicos aderezados con emocionantes narraciones cinegéticas.
Christian Ludwig Brehm era sacerdote (¿acaso no lo esperaban?). Ya en vida era muy apreciado como ornitólogo, cuyo tratado de tres volúmenes, entre otras obras, le supondría el doctorado honoris causa de la universidad de Jena. Poseía una gran colección de aves vivas y disecadas. Se calcula que poseería alrededor de las diez mil piezas. Y es que el interés suscitado por el discurso de un naturalista, ha de seducir precisamente a través de la cercanía de la imagen directa de los animales, siempre fascinadora, de una forma u otra. La mera visita comentada a su colección debió impresionar bastante al barón John von Muller, quien se disponía a viajar a África y buscba el asesoramiento de un ornitólogo. Muller encontró, además, un enérgico joven amante y conocedor de la naturaleza, dispuesto a viajar, el asistenete perfecto, ya que Alfred, que entonces contaba dieciocho años, reunía todas las cualidades buscadas por el barón.
Durante dos años de viaje, Muller y Brehm recorrieron mediante múltiples medios de transporte cientos de kilómetros, incluyendo lugarés jamás hollados por europeo alguno. El viaje estuvo lleno de peripecias y aventuras con animales salvajes y humanos nativos que los tomaban por traficantes de esclavos. Su dedicación consistía en la captura, descripción y clasificación de animales para colecciones zoológicas en Europa. Al cabo de estos dos años, Muller regresó sólo a Europa, para proveerse de nuevo equipo, y, sencillamente desapareció, por lo que Brehm se vio en África sin medios de subsistencia ni posibilidad alguna de recibir ayuda para su propio regreso o para el mantenimiento de los ejemplares capturados. Más tarde se enteraría de que Muller se había arruinado, pero el hecho es que las ganas de regresar conjuraron su suerte para conseguir un préstamo que le permitiría partir a través de El Cairo. Allí, se encontró con un científico, lo suficientemente popular en la época como para que Brehm aceptase acompañarlo en su viaje, ocsión que Alfred no se quería perder, y continuó su periplo durante tres años más, hasta 1852, cuando llegaron a Inglaterra.
A su regreso, Brehm ya encarnaba el personaje que, posiblemente, él hubiese escuchado con deleite en su juventud. No se trata de un simple dato biográfico de Brehm, sino la clave de su éxito divulgativo. Imagínense que estudian en la Universidad de Jena en 1853 y, entre los estudiantes, aparece un tipo fornido, de rostro cutido por las inclemencias climáticas, que asombra a profesores y alumnos con sus extraordinarios relatos, de primer mano, acerca de la observación de los hábitos y la captura de todos esos maravillosos animales descritos y reproducidos en los libros de historia natural.Todos quedaban atrapados por el atractivo Brehm, pero, sobre todo, si tenemos en cuenta que en su habitación de estudiante tennía un pequeño parque zoológico con animales que cmpaban libremente por la estancia.
Ya en Jartum había tenido a su lado una leona domesticada, o un hamadríade, un impresionante pariente de babuínos papiones y mandriles, de mayor tamaño e imponente melena, mandíbulas y potencia física. En Jena, Alfred se contentaba con la compañía de una mangosta, un mono pequeño y varios papagayos, pero los tres años de popular presencia en la universidad de Jena bajo la sombra de prestigio de su padre, configuraron una personalidad de alguien que deseaba dar solidez a su figura de fornido aventurero intrépido con conocimientos zoológicos si estos no se formalizaban y completaban científicamente. Por eso, tanato en jena como en Viena, fue un concienzudo estudioso de la zoología, de la cual, hasta ahora, había sido poco más que un aficionado, ya que, antes de partir hacia su carrera naturalista, Brehm era estudiante de arquitectura, por lo cual, podemos deducir que tuvo una visión bastante clara de la importancia del dibujo como medio de expresión de ideas, y seguramente no se le daría del todo mal. Los conocimientos de geometría y perspectiva impartidos en la época serían más que suficientes para comprender la importancia de la irrupción de la fotografía en los medios de difusión, y en especial la fotografía paisajista del escocés David Octavius Hill y su colaborador retratista Robert Adamson. El sueco Gustave Rejlander y el británico Henry Peach Robinson descubrían el método para crear una copia a través de varios nagativos diferentes. Los grabadores de las imágenes zoológicas de los tiempos de Brehm, comenzaban a disponer de material fotográfico para realizar sus dibujos, que comenzaban a adquirir una deuda con el collage fotográfico, directa o indirectamente. El mismo Robinson, que como Hill había comenzado su carrera como artista del dibujo y la pintura, basó sus imágenes descriptivas sobre apuntes iniciales a lápiz, y su influencia como fotógrafo 'artístico' (sería mejor decir 'artisticista', o si lo prefieren 'pictoricista') fue muy grande. Recordemos que los trabajos de Julia Margaret Cameron, asumían a menudo la composición y represetación de obras pictóricas de la época.
No tardarían en llegar los tratados de fotografía naturalista para estudiantes de Peter Henry Emerson, fotógrafo de afición que cuestionaría el uso de la fotografía como sustituto de las artes visuale, incitando a la única fuente de inspiración de la naturaleza tal cual se presentaba ante la cámara. Indudablemente, Brehm debía estar al tanto de la evolución gráfica de las imágenes que ilustaban los libros, y sería sensible a aquellas que imitaban los preceptos emersonianos aplicados al dibujo básico de las planchas de grabado inspiradas en las fotografías. Se trata de una época en la que las imágenes de los libros generan un realismo a caballo entre el manierismo pictorialista (tanto por parte de la fotografía como del dibujo) y el impresionismo fotográfico.
Dudo mucho que un naturalista experimentado, con conocimientos de arquitectura y pasión por los libros de zoología, no fuese sensible a lo que el público más exigente buscaba en la calidad de las imágenes, y, cómo no, los textos de los libros de historia natural. Un hombre, recordémoslo, acostombrado al agasajo de sus oyentes, fascinados por sus conocimientos y por la presencia directa de sus animales, cosa que le venía de familia.
Tras graduarse en Viena, Brehm se traslada a Leipzig y empieza a dar clases en un Liceo femenino, donde se definió al máximo la sedución del dominador de la naturaleza (condición básica del atractivo sexual en cualquier especie animal, ya sea por la victoria sobre otros machos, o por mostrar rasgos físicos biológicamente rentables -como la ancha espalda de los antropoides supreriores más fuertes, o el trasero pequeño y redondeado de los buenos corredores, excelente aptitud cinegética), y este constituiría un período admirable para Brehm y sus alumnas. Al hablar de los animales, inevitablemente, Alfred revivía sus aventuras, y sus alumnas, hechas seguramente a la cercanía de la literatura aventurera y enciclopedista de Verne y similares, quedaban fascinadas por la confirmación de la existencia de los fascinantes parajes descritos en los libros de viajes y las crónicas de las colonias de ultramar. En cuanto a los animales, su poder de seducción era tan inevitable y natural como en tiempos de Aristóteles, de Plinio, de Linneo, con la diferencia de una actitud más segura en cuanto al dominio de las fuerzas de la naturaleza, algo patente, por otra parte, en la creciente popularidad de los parques zoológicos, índices del poder colonial y comercial de las ciudades y países que los acogían.
Es más que probable que fuese la atención y el interés suscitados por sus relatos lo que empujó a Brehm escribir, para dar form concreta, intercambiable, a aquello que mejor sabía producir: relatos sobre tierras y animales indómitos, un bien que ya entonces empezaba a delatar su inmediata escasez.
Creo que Brehm era muy consciente de todo ello y se sintió un tanto incómodo en su cómodo confinamiento, por lo que decidió partir de nuevo a la aventura, componente esencial de su quehacer diario. Recorrió Etiopía y España, Canariasy Sudán. Viajó a Hungría, Noruega, Laponia y Siberia hasta el mar de Kara, y muchos otros lugares, donde observó la fauna y tomaba notas que se convertían en libros, artículos y conferencias que redactaba durnte los intervalos entre sus viajes.
Lo más novedoso en los escritos de Brehm es la introducción a una amorosa admiración por el mundo natural y los animales. Fué muy crítico, teniendo en cuenta la cultura popular de la época, con la caza indiscriminada y el maltrato innecesario de los animales, actitud que había empezado a filtrarse en la cultura occidental a trvés de Rousseau y otros que reclamaban una menos drástica apreciación del mundo animal.
Estos criterios le empujan a hablar a la gente de la vida de los animales abogando por su protección, algo que ya era patenete en "La vida de las aves", su primer libro de cierta proyección.
La popularidad de Brehm fue en aumento, tanto entre el público científico como en el común. Tanto fue así, que los hombres de negocios que poseían el zoo de Hamburgo le ofrecieron el puesto de director. Buscaban contagiar al recinto del prestigio del nombre de Brehm, y su fama de enérgico, emprendedor, y gran conocedor de las más modernas teorías zoológicas, supondría una mejora comercial del parque. No sabían, no obstante, con quien estaban tratando.
Los criterios de exposición de la época se basaban, sencillmente, en la aliteración de la mayor cantidad posible de especies en un espacio lo más reducido posible, y no se concebía que la visión directa de los animales, la confirmación de su existencia fuera de las ilustraciones de los libros, no aportase un mínimo de acción, de emoción (la misma emoción atávica que hacía del circo romano un medio de control estatal -"pan y circo"- tan eficaz). Por ello, los animales eran hostigados habitualmete poara que el público los viese moverse, defenderse, agredir, rugir. Incluso el público tenía derecho a este tipo de maltratos, porque había pagado su entrada. Los animales, enloquecidos por su extracción del medio natural, habitaban jaulas lo más pequeñas posibles para rentabilizar espacio físico, y su alimentación tenía grandes deficiencias, ya que los propios empleados se beneficiaban a menudo de muchos productos destinados a la manutención de la fieras.
Brehm luchó contra este estado de las cosas, ampliando instalaciones y sancionando el maltrato, lucha insostenible al cabo de cuatro años, cuando los propietarios del zoo decidieron que Brehm no compartí su mismo lenguaje. Ellos sólo pensaban en la masiva afluencia de público y la rentabilidad económica, y Brehm ya sólo sabía pensar en los animales.
Los zoólogos que le precedieron habían descrito con detalle los huesos de los animales y sus músculos, la estrucura de sus cráneosl a constitución de sus estómagos, de sus sistemas de reprodución, de sus sitemas ciculatorios y respiratorios...en fin: de toda una serie de temas comprensibles para un público cad vez más especializado, mientras que los folletos y demás publicaciones sobre animales más populares contenían gran número de inexactitudes y mucho material ficticio. Brehm supo apreciar el atractivo de las emocionantes narraciones sobre animales tanto como del rigor de la información científica, y se propuso, además, cubrir el vacío de muchas especies todavía no descritas en los libros. Consideró que lo más indicado para una obra que pudiese satifacer no sólo a los especialistas, sino a un público más mayoritario, sería volcar las expectativas de la narración de acciones asombrosas en la explicación de los hábitos de los animales, de su comportamiento en libertad, de cómo son y cómo les condicionan los lugares en los que viven.
El primer tomo de "La vida de los animales" apareció en 1863, y no sólo contenía las observaciones personales de Brehm, ya que supo extraer rendimiento de su mucha correspondencia con cazadores, viajeros, amantes de la naturaleza, pescadores, zoólogos, guardabosques...en busca de los múltiples punos de vista de todos aquellos que pudiesen tener algo interesante que contar sobre los animales. Y aunque, sin duda, esto produjo una cierta merma del interés científico de la obra (plagada, inevitablemente, deanécdotas, historias inventadas y datos a menudo erróneos), supuso el éxito editorial de una obra de seis tomos, en su primera edición, que se fue ampliando considerablemente en sucesivas ediciones que, aunque no por entero, deshecharon gran parte del material dudoso o ficticio.
Los libros de Brehm supusieron un extraordinario impulso de la divulgación zoológica, se editaron en muchos idiomas, y, con las pertinentes modificaciones de texto y enriquecimiento de imágenes, han seguido editándose hasta nuestros días, por constituir un vasto catálogo de especies y ofrecer textos amenos e imágenes de gran poder evocador y descriptivo. Grandes dibujantes, como G. Mitzel, tuvieron a su disposición animales vivos y fotografías para recrear escenas de la vida de los animales en su entorno natural, a menudo mostrados en plena acción cinegética. Sus dibujos fueron reproducidos por grabadores de la calidad de Meurer, y la asombrosa calidad de detalle y realismo sentaría definitivamente las bases de toda obr de divulgación zoológica: dar una imagen detallada del animal y mostrarlo, a ser posible realizando una acción que evidencie las dotes de su peculiar constitución física.
Este tipo de ilustraciones, especialmente aquellas que se limitan al blanco y negro, demostraban ya una estraordinaria calidad de iluminación y detalle en formas y texturas, en los catálogos de malacología y descripciones óseas de animales, por razones obvias: la cómoda observación de restos animales inertes y manejables. Este grado de realismo no tardó en hacerse habitual (de las escuelas de arte salían artistas hábiles que buscaban cualquier tipo de aplicación profesional interesante a sus facultades), y así, en libros como el tratado de entomología de Otto Taschenberg mostrarían extraordinarias imágenes de la vida de los insectos, en las que estos y su entorno son reproducidos con gran exactitud (pensemos en lo manejable de un insecto, vivo o muerto, y el fácil acceso a la observación de sus detalles anatómicos sin salir del estudio de dibujo).
Brehm no propulso un estilo absolutamente nuevo. Podemos encontrar ejemplos del tipo de literatura científica ilustrada a la que él podía tener acceso. Los informes ilustrados de viajes y exploraciones, a menudo sufragados por organismos oficiales, ya habían alcanzado un alto grado de exigencia en la exactitud de las imágenes ofrecidas. Una muestra de este tipo de publicaciones la imprimió Reverley Tucker, en Washington, en 1857, bajo la dirección de la secretaría de la guerra y una orden del congrso del tres de Marzo de 1853. Se trataba de una relación de las exploraciones del territorio estadounidense, concretamente "Explorations and Surveys" encaminadas al estudio de la más practicable y económica ruta para un ferrocarril. En el volumen octavo ("Mississippi river to the Pacific Ocean"), por ejemplo, podemos ver dibujos de detalles anatómicos de castores, ratas de agua y musarañas, así como pezuñas de jabalíes de un detalle que niguna reproducción fotográfica de la época podía ofrecer, aunque indudablemente el camino hacia un realismo fotográfico ya estaba trazado.
Desde los tiempos de Brehm hasta nuestros días, la total irrupción de los medios foto y cinematográfico, los avances electrónicos que posibilitan la televisón y el soporte videográfico, y, más recientemente, los enormes pasos dados por los sistemas tecnológicos digitales e informáticos, hacen que la elaboración de imágenes zoológicas entren en una nueva era de la cultura visual, y, por tanto, nos encontramos ante un vastísimo tereno de estudio que abarca las producciones de cine documental, el cine de aventuras y ciencia-ficción, las exposiciones de divulgación zoológica, los parques temáticos, las modernas decoraciones naturalizadas de los zoos actuales, los programas informáticos de simulación de sistems biológicos pequeña y gran escala, los modernos acuarios y sistemas de proyección cinematográfica en tres dimensiones, la estereoscopia y la holografía, el cómic divulgativo, las enciclopedias en formato digital...
Falta tiempo y espacio para acometer semejante tarea, pero la descripción y análisis de todos estos puntos, constituirían la lógica continuación del presente escrito, sin más intención que la de ofrecer una perspectiva, del mundo de la divulgación del conocimiento científico, en la que arte y ciencia son cómplices sin diferenciaciones de rango.
La vigencia del tema, parece evidente para los más destacados semióticos. Umberto Eco lo hace patente en su reciente publicación, "Kant y el ornitorrinco", y el éxito de las producciones divulgativas del mundo zoológico a través de diversos medios así lo corrobora.
Vivimos en una época afectada por la sensación de conocer la mayoría de los secretos de la naturaleza. Paradójicamente, tememos por ella y su seguridad, porque la tecnología con la que la exploramos se alimenta de sus preciados recursos y la produce profundas heridas a las que comenzamos, peligrosamente, a acostumbrarnos.
La cultura occidental utiliza a los mass media como divulgadores de la verdad, y simultáneamente airea cada vez más su poder de engaño. Parece que la visión de la naturaleza ofrecida por los modernos medios de divulgación posee más medios y más modernos para darnos una lectura correcta del mundo natural y sus criaturas, que disponemos de un mayor acercamiento naturalista a nuestros conocimientos sobre los animales, pero lo cierto es que el exceso de información reiterativa, y a menudo manipulada. distorsiona más que nunca nuestra clara visión de lo que son los otros animales.
El gobierno de Mónaco patrocina su prestigioso intituto oceanográfico y su acuario, así como las películas documentales que produce. En uno de ellos se nos habla de la pacífica convivencia de las especies mediterráneas con una recién llegada especie de alga tropical, Cómo ha llegado dicho alga es un misterio (¿adosada al casco de alguna embarcación?), pero el documental elogia su feliz adaptación al nuevo medio, la enriquecedora y prometedora transformación de un biotopo en hermosa transformación, ofreciendo su nuevo verdor a las imágenes subacuáticas, llenas de seductores peces y seres marinos. Joan Domènech-Ros, en el Centre de Cultura Contemporànea de Barcelona, ofrecía un visionado de esta película para ilustrar una conferencia sobre la moderna divulgación zoológica, pocos meses de la redacción de las líneas que están leyendo. Lo que su discurso quería evidenciar era precisamente la capacidad del medio documental para emitir contenidos científicos que asumimos como aceptablemente rigurosos, como si el mundo natural fuera el último reducto de conocimiento humano ajeno a la tergiversación de las tendencias religiosas, culturales o políticas, porque la naturaleza es sencillamente como se nos muestra, no como la interpretamos.
Recuerdo haber visto un documental, reciente, sobre la aparición en ciertos fondos mediterráneos, de una especie de alga blanquecina y viscosa, que constituye una plaga para el medio que conquista a gran velocidad, un medio deteriorado por la contaminación humana, convertida en un desierto de alga repugnante que ocasiona un paisaje submarino de aspecto desolador.
La cinta que visionamos en la conferencia del Doctor Domènech Ros, hablaba en términos positivos de un alga que ofrecía un paisaje color verde esperanza, pero, biológicamente, ambas especies poseen el mismo derecho, si es qu existe, a la vida y al éxito evolutivo. De hecho, ambas especies constituyen un gran peligro para el equilibrio ecológico de los biotopos que están conquistando a gran velocidad, porque cambian el panorama de recursos de sus habitantes drásticamente. El acuario del principado monegasco posee hermosas instalaciones de acuarios tropicales, decorados con este alga verde de fácil mantenimiento y gran adaptabilidad. Lo cierto es que el brote de estas algas en el mediterráneo, parte de un pequeño foco original situado en las bellas costas que contemplan los visitantes del mencionado acuario, y es más que probable que desde allí llegaran al mar los primeros brotes de alga.
El bello paisaje que producen es sólo el aspecto transitorio de un posible desierto de especies piscícolas, y, tanto si es indiferente a la naturaleza que sigue con obstinación su curso como si no, el hecho es que nuestra propia supervivencia sí se ve afectada, y el organismo que cometió el error de hacer vertidos biológicos extraños al mar, se encarga de divulgarlo antes que nadie mostrándonos la belleza del mundo natural, pero no todos los posibles significados de la belleza del mundo natural.