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sábado, 10 de marzo de 2012

El tamaño importa.Y mucho.













El tamaño importa.Y mucho.

Un buen ejemplo de lo que afirmamos lo encontramos en la descripción de datos cuantitativos de las distintas especies de grandes reptiles (puesto que sus inconcretos regímenes alimentarios y longevidad hacen difícil concretar el tamaño estandarizado de un individuo según cuánto tiempo ha sobrevivido y cuán copiosamente ha comido en ese período), y resulta especialmente revelador en las distintas especies de grandes serpientes constrictoras, cuya vida en estado salvaje no está lo suficientemente investigada.
Entre las distintas especies de grandes ofidios constrictores, la anaconda pasa popularmente por ser la mayor de todas (mayor, por tanto que boas y pitones), tal vez, sencillamente, porque el mayor ejemplar de serpiente registrado y medido era una anaconda. Las versiones oscilan de los nueve a los doce metros, pero el caso es que existe una tendencia a imaginar las anacondas más grandes, cuando en realidad nadie puede asegurar que no existan o hayan existido ejemplares mayores de otras especies.
Es curioso al respecto observar que, en el mundillo de los aficionados a los reptiles que poseen animales en cautividad, existe una preferencia casi mítica por la anaconda, tanto por su rareza como por su involuntaria realeza.

Tener una anaconda es el súmum del erpetólogo amateur, porque significa, teóricamente, poseer un ejemplar de la mayor serpiente del planeta, y sortean todas las barreras para adquirirlas (su status de especie protegida obliga a un control CITES más riguroso que para boidos y pitones, de crianza más generalizada entre criadores que las puedan poner legalmente a la venta). En realidad, el tamaño de un ejemplar en cautividad depende de su bienestar y del ritmo y cuantía de su régimen alimenticio, sea de la especie que sea el animal concreto.
En todo caso, lo que sí es cierto es que una pitón o una boa son de mantenimiento más sencillo porque tienen un talante tranquilo y dócil desde que son manipulables culebrillas, mientras que los especialistas suelen coincidir (así se da, por ejemplo en el terrario del zoo de Barcelona, con una prolífica tasa de natalidad entre sus inquilinos) en que, ya desde su nacimiento, las pequeñas anacondas muestran tendencias mordedoras, mucho antes de alcanzar dimensiones preocupantes.
La mansedumbre de una boa (salvo excepciones, claro está) no se impone al criterio de atractiva monstruosidad del tamaño de la anaconda, que ni siquiera es necesariamente superior. De hecho, insistimos, nadie puede afirmarlo con rotundidad.
Es más: la más reciente producción de Hollywood con una serpiente como protagonista (dentro del no siempre tan casposo género B), no se titula Boa, ni Pitón, sino Anaconda (creo que la sonoridad del nombre también colabora a aumentar el atractivo -y yo incluso diría que el tamaño-), cuyas dimensiones, animadversión y dotes estratégicas son desorbitadamente exageradas en el filme.
Este ejemplo nos pone en el caso de la mitificación de una especie animal conocida, concreta, que se impregna del animal fantástico derivado de dicha especie animal. Existe también la posibilidad inversa, es decir: la asimilación de una criatura real a una fantástica. Es el caso del Kraken, leyenda nórdica de múltiples manifestaciones que tiene su origen en el avistamiento parcial, incompleto, de diversas especies marinas indeterminadas, pero de gran tamaño, y que tiene su origen en el mito clásico de Perseo.
Así, el fantástico Kraken se manifestaría en la realidad física de los calamares gigantes del género Architeutis, aunque el origen de la leyenda, mezclado con el de la gran serpiente de mar, se puede basar en el avistamiento de otras especies (grandes congrios, restos de grandes escualos nórdicos, ballenas -más emparentadas con la leyenda del Leviatán-, pulpos gigantes -más pequeños que los Architeutis, pero con la misma posibilidad de interpretación de un tentáculo como animal completo serpentiforme-, especies desconocidas insuficientemente documentadas...).
El mito del Kraken, en el caso de las descripciones científicas y datos vestigiales que confirman la existencia del animal (como los restos varados, o las huellas de sus ventosas en los cuerpos de los cachalotes, sugiriendo escenas de dramáticas batallas entre el depositrio del Leviatán -héroe mamífero de la inmersión a pulmón libre-) es el Kraken asimilado a una evidencia zoológica, tal y como Marco Polo, antes que sorprenderse ante un nuevo animal, el rinoceronte, se sorprende de lo poco parecido que es el Unicornio al imaginario popular.
Pero el mito al que rinde homenaje el Architeutis es el del pulpo gigante, pese a suponer una total incorrección, por varias razones. Para empezar, pulpo y calamar, cefalópodos, representan dos especies distintas, y el pulpo, cultiralmente, posee connotaciones bien diferentes desde la antigüedad, como paradigma del cambio cromático, título que después le sería arrebatado por el camaleón, antiguamente símbolo del aire.
El pulpo nunca había tenido connotaciones monstruosas y negativas hasta el romanticismo. Roger Caillois nos lo hace notar en su ensayo sobre el mito del pulpo (ver bibliografía), como ejemplo de uno de los pocos nacimientos de mitos de los que podemos ser testigos cercanos. En "Los hombres del mar", Victor Hugo construye una secuencia fantástica en la que un pulpo gigante, por primera vez en la narrativa occidental, es guardián de un tesoro oculto en una cueva. El rasgo más terrorífico del animal, además de su tamaño y sus múltiples patas (terror asimilado análogamente hacia las arañas) es su supuesta capacidad de succionar la sangre por sus ventosas (una suerte de sanguijuela gigantesca).
Parece injusto, después de tanto tiempo de simbolizar buen carácter e inteligencia (cosa merecida, pues, pese a ser un invertebrado, el pulpo demuestra una gran inteligencia en la solución de problemas), pero el caso es que el mito encendido por Hugo tuvo eco en las "20.000 leguas de viaje submarino", de Verne, y la popularidad de los feroces pulpos gigantes se hizo difícil de olvidar. Pero los pulpos gigantes reales no esceden los ocho o nueve metros de envergadura, con los tentáculos extendidos, y carecen de la agresiva ferocidad que se les atribuye .
Los calamares del género Architeutis no hacen sino recoger el relevo de un mito. Los calamares de cualquier tamaño son muy agresivos y voraces, muy rápidos y, en el caso de los Architeutis la talla es extraordinaria (alrededor de los 30 m., uno de los pocos ejemplares muertos que se han podido medir), idónea para protagonizar la escena del pulpo gigante en la versión cinematográfica de Disney. Las imágenes de los animales, son a menudo invisibles y preexistentes a su visualización directa.
El mítico basilisco da nombre a una especie de lagartos crestados. El diablo de Tasmania se asimila a una especie de pequeño marsupial carnicero, y el varano de las islas Komodo adquiere el título de dragón. La arpía es una especie de ave rapaz, la quimera una especie de pez abisal.




Más recientemente (Abril 2013) se ha dado a conocer en los medios de comunicación más populares un estudio que analiza el porqué del aumento evolutivo del tamaño del pene humano, el mayor entre los primates, como algo característicamente humano, cuya fisonomía está dotada de volúmenes basados en superestímulos visuales de carácter sexual que contradicen la tradicional apreciación de rasgos simioides como propios de razas supuestamente inferiores, tal y como comentamos a lo largo de nuestro propio texto más arriba: 



Cuando el tamaño sí que importa

Un estudio intenta resolver el por qué el hombre tiene el pene más largo que sus parientes cercanos La medida ideal

Un nuevo estudio publicado hoy en PNAS ha intentado resolver la pregunta de por qué el hombre tiene el pene sensiblemente más largo (13 centímetros de media en erección) que sus parientes vivos más cercanos, los chimpancés (8 cm), y mucho más largo que los gorilas (3 cm). Algunos expertos han apuntado que tal vez han sido las mujeres las que, tras un ingente número de generaciones eligiendo a las parejas con el aparato reproductor más largo, han modelado la forma y el tamaño del pene humano actual. En otras palabras: evolución. Es sólo una hipótesis, pero el nuevo trabajo, que ha explorado cuánto atractivo despierta el tamaño del pene junto a otros rasgos como la altura y la anchura de hombros, refuerza esa hipótesis.
[En Materia: Ganar las elecciones aumenta la excitación sexual de los hombres]
Al contrario que en otras especies, el pene humano no es retráctil y el hecho de que vivamos sobre dos patas lo hace aún más visible. Estas dos características han servido para apoyar la hipótesis de que sería fácil para las hembras seleccionar a sus parejas por el tamaño de sus genitales. El problema es la falta de estudios científicos sobre el tema. Las encuestas directas a mujeres, por ejemplo, no son concluyentes, ya que hay tanto trabajos que dicen que ellas prefieren los penes largos como las que aseguran que el tamaño no importa.“Hay trabajos en los que las mujeres dicen preferir los penes largos y otros sugieren que puede deberse a una percepción de que aportan más orgasmos vaginales, pero la mayoría son trabajos psicológicos”, explica Brian Mautz, investigador de la Universidad de Ottawa (Canadá) y coautor del nuevo estudio. Hasta ahora, dice el trabajo, nadie había explorado el atractivo de los penes largos en combinación con otros rasgos como la altura o la anchura de los hombros. Al contrario que en el caso del pene, muchos estudios han demostrado la relación directa entre esas otras dos dimensiones y el atractivo que despierta un hombre en una mujer.
“Hay trabajos en los que las mujeres dicen preferir los penes largos y otros sugieren que aportan más orgasmos vaginales”
Para medir la influencia de cada rasgo, el equipo de Mautz los combinó en modelos informáticos. Su equipo desarrolló reconstrucciones de hombres con diferentes estaturas, penes y anchura de hombros siempre dentro de los rangos de variación observados en hombres reales. Un grupo de 105 voluntarias vieron 53 figuras a tamaño real cada una y dijo cuál le parecía más atractiva sexualmente.
Los resultados muestran que de los tres rasgos, el más atractivo es la anchura de los hombros, seguida de la longitud del pene y la altura con una importancia “equiparable”, explica Mautz. Las mujeres preferían los hombres con penes largos, sobre todo si además eran altos. Tal vez lo más sorprendente sea cuáles resultaron ser las medidas “óptimas”, es decir, las más atractivas. “El valor óptimo para el pene serían más de 13 centímetros, la altura 1,87 metros y un ratio entre la anchura de hombros y la cadera de 1,45”, explica Mautz. En otras palabras: el hombre ideal que pedían las participantes del estudio se salía de los rangos de variación naturales y por eso Mautz no tiene una imagen para representar a ese hombre “óptimo”. Hay que tener en cuenta que en todo el estudio se habla de tamaños del pene en relajación. Aún así, los valores “óptimos” se salen considerablemente de la media del tamaño “natural”.
“Esto puede ser una explicación de por qué el pene humano es tan largo comparativamente”
Los investigadores creen que su trabajo apoya la hipótesis de que han sido las mujeres y sus preferencias sexuales las que han convertido al Homo sapiens en uno de los primates con un pene más largo a través de la selección sexual. “Esto puede ser una explicación de por qué el pene humano es tan largo comparativamente, aunque por supuesto no podemos estar seguros ya que es imposible retroceder en el tiempo para saber cómo funcionó exactamente esta selección”, explica Mautz.

Hasta en calzoncillos

“Es una explicación probable”, reconoce Manuel Domínguez-Rodrigo, arqueólogo de la Universidad Complutense de Madrid y autor del libro “El origen de la atracción sexual humana”. El experto añade que en este caso “el tamaño del pene en descanso sería como una pista visual de que a poco que crezca cuando esté en erección, aportará placer sexual”. Así, miles de años de evolución convertirían la búsqueda femenina del placer sexual en un resultado físico y palpable en el hombre de hoy.. No obstante Domínguez-Rodrigo relativiza la importancia que el trabajo da a la longitud del pene por varias razones, entre ellas el tipo de reconstrucciones usadas. “Si te fijas en las reproducciones de los humanos en este estudio, de pecho para abajo no se han corregido bien las dimensiones a medida que el individuo se hace más bajo, por lo que acaban teniendo una cintura que evidentemente no les gusta nada a las mujeres; de hecho habrían descartado a ciertos individuos aunque llevasen calzoncillos”, resalta este investigador. “Una forma de realizar este estudio con más fiabilidad sería usar fotografías reales de hombres”, añade Domínguez-Rodrigo. A pesar del trabajo, el misterio del pene humano sigue siéndolo. Ningún estudio científico, dice Domínguez-Rodrigo, “demuestra que un pene más largo tenga una ventaja real y si la hay, la desconocemos”, concluye.
En el principio era el sexo
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