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viernes, 11 de marzo de 2016

Un oso polar como intruso de la fotografía popular alemana.





Gracias a un artículo aparecido en Retronaut, hemos tenido acceso a una curiosa galería fotográfica que constata uno de los fenómenos de la antrozoología fotográfica más curiosos y extraños que hayamos comentado en El Animal Invisible.

Para empezar, no es frecuente que en Retronaut se prodiguen mucho en comentarios textuales de las selecciones de imágenes, porque estas hablan por si mismas o resultan más bizarras y enigmáticas cuanto menos se sepa de ellas, pues esa es la finalidad de este sitio web: compilar documentos fotográficos del pasado lo más chocantes, llamativos y desconcertantes posible.

No es raro, pues, que dejen constancia de la publicación de un libro del coleccionista fotográfico Jean-Marie Donat, quien se percató de la gran cantidad de documentos fotográficos privados alemanes que daban fe de una peculiar costumbre en la Alemania de mediados del siglo XX: que alguien disfrazado de oso polar aparezca posando en fotos populares y familiares, una especie de photo-bomb intencionado y genérico que al parecer era relativamente habitual pero que hoy en día, una vez rescatado del olvido nos resulta extraño, llamativo y un tanto surrealista.

Donat ha recopilado los ejemplares de su colección en un curioso libro recientemente publicado y promocionado desde este y otros artículos en los periódicos digitales e impresos. Lo que más me sorprende es lo poco que llegan a aclarar el porqué de esta costumbre y los motivos que popularizaron la presencia de disfraces de oso en fotografías de carácter familar o privado.

El libro se titula Teddybär, o lo que viene a ser la expresión alemana para teddy-bear,  acuñada a partir de un célebre episodio protagonizado por Theodor (Teddy) Roosevelt. Éste rehusó a disparar a un oso durante una cacería organizada, con fines promocionales, por sus colaboradores, episodio que acabó por convertirse en objeto de parodia y sátira política más allá de las intenciones de sus instigadores, asociando por siempre a Roosevelt a esta anécdota.
Lo cierto es que el entonces presidente estadounidense había salido de caza bastante ilusionado por la posibilidad de avistar y dar caza a un oso, pero por lo visto la empresa se volvió tediosamente ardua, y cuando al fin una avanzadilla guiada por perros dió con un ejemplar, el animal se defendió provocando bajas entre los sabuesos, por lo que el guía Holt Collier, temeroso de perder más perros antes de la llegada de Roosevelt para abatir al plantígrado, consiguió aturdirlo de un culatazo en el cráneo y atarlo a un árbol para que el presidente, a su llegada, hiciese los honores. Si esto fue posible, albergamos dudas sobre el tamaño del animal, que en caso de ser un oso pardo americano o grizzly sin duda sería muy joven o poco crecido, e incluso en el caso de tratarse de un oso negro, de talla inferior.
El caso es que en aquellas circunstancias Roosevelt se negó a dar el tiro de gracia por encontrarlo antideportivo e injusto, lo que se interpretó en clave humorística como un gesto compasivo desde la superioridad.
A esta circunstancia que asoció a Teddy Roosevelt con los osos (exentos de su consideración como fieras peligrosas) habría que sumar la apariencia antropomórfica y neoténica de los osos, de formas redondeadas y cabeza proporcionalmente grande, lo que los hace semejantes a cachorros incluso de adultos y, por tanto, desde los parámetros de la percepción humana, resultan animales amables pese a su potencial agresivo y predatorio, y proclives a ser utilizados como modelos para juguetes.
Todo ello inspiró a Morris Mitchmon al ver la caricatura de Clifford Berryman publicada en 1902 en The Washington Post.
Mitchmon decidió aprovechar la popularidad del incidente para comercializar, a través de su empresa Ideal Novelty and Toy Co un muñeco de trapo al que llamó "Teddy" en honor al presidente, alcanzando tal popularidad que Teddy se convirtió en sinónimo de oso de juguete. Casi simultáneamente, en Alemania la firma Steiff presentaba, ajena al éxito del Teddy Bear americano, su primer oso en la Leipzig Toy Fair en marzo de 1903. La creciente popularidad de los libros ilustrados desde la Inglaterra victoriana y colonial hizo que rápidamente las imágenes de animales australianos provocasen que los niños se enamorasen de los Koalas (que nada tienen que ver con los úrsidos, pues se trata de marsupiales) por su parecido no sólo con estos osos de juguete sino especialmente por su parecido casual con el rostro del propio Roosevelt, lo que facilitó no sólo que se les llamase Teddy Bears con frecuencia, sino que se les confundiese zoológicamente con los auténticos mamíferos plantígrados.
La fama alcanzada por la osa Winnifred en el zoo de Londres hizo rebautizar el oso de peluche favorito del hijo de A.A. Milne, el escritor que popularizó a Winnie the Pooh y que contribuyó todavía más a asentar la imagen del oso de trapo o de peluche como la de un juguete emblemático e incluso tópico.
La manufactura en piezas separadas para el cuerpo y las extremidades de estos poulares juguetes a menudo se evidenciaba por los cambios cromáticos del material, cosa que no hizo sino hacer más obvia una nueva asociación icónica, ya no con los Koalas, sino con un pariente lejano de los auténticos osos, pero, como el koala, también curiosamente dedicado a una dieta monotemática: el oso panda, cuyas pautas blanquinegras asociadas a su redondez antropomórfica y neoténica acabaron no sólo por hacerlo perfecto como Teddy Bear, sino como estampa del animal bondadoso, pacífico y dependiente de un frágil ecosistema como para representar a la protección de la naturaleza. Sus pautas blenquinegras, además, facilitan su uso gráfico en una sola tinta y de ahí la emblemática estampa de la marca del WWF (fondo mundial para la naturaleza) creado, por cierto, por fundadores dedicados a la caza deportiva e interesados en preservar la naturaleza por motivos cercanos a los orígenes del amor por los ositos de peluche, lo que dice bastante de nuestra problemática y egoísta relación con los animales. Pura antrozoología.

Volviendo al origen de nuestro comentario, en Alemania se popularizó la imagen del oso de peluche como algo amable pese a su creciente asociación al poder americano y su legendaria asociación con la simbología rusa, puesto que desde la 1ª Guerra Mundial estaba aceptado el uso de la imagen del oso como personificación del imperio ruso, papel que siguió desempeñando a menudo posteriormente en nombre de la Unión Soviética.
Lo que nos cuesta un poco más es determinar exactamente en qué momento entra en toda esta iconografía zoológica la imagen del oso polar, del oso blanco, y el porqué de su transformación, no ya en muñeco de peluche, sino en disfraz de talla adulta, emulando las posibilidades de los disfraces de simios antropomorfos que ya hemos comentado en su día, y que, al fin y al cabo, también asociamos históricamente a Alemania gracias a la persistente estampa de Marlene Dietrich en "The blond Venus" de Von Stenberg, en los mismo tiempos en que estas fotografías de personajes disfrazados de oso polar se convirtieron en habitauales.
Suponemos que todas estas circunstancias unidas colaboraron al hecho de que, entre las décadas de los 1920 hasta los 1960 aproximadamente en Alemania fuese frecuente la presencia de alguien disfrazado de oso polar en una fotografía, pero agradeceremos cualquier aclaración al respecto.

Mafa Alborés

De momento, os dejamos con la traducción del artículo original, que se limita a dejar constancia de la publicación del libro recopilatorio y de la extrañeza provocada por la recopilación de imágenes a cargo de Donat:


En las décadas centrales del siglo 20 Alemania, había - al parecer - un buen número de personas corriendo en trajes de osos polares. Se ofrecían a tomarse fotos con las personas interesadas. El foto-colector Jean-Marie Donat se dio cuenta de los mismas osos o similares que aparecían persistentemente en viejas instantáneas desde la década de 1920 hasta la década de 1960, y comenzó a guardarlas, hasta amasar una colección posiblemente de miles de personas. Esa colección se convirtió en Teddybär, un libro de 200 páginas de fotografías encontradas. En el libro, el artista y filósofo Klaus Peter Speidel ofrece cierta especulación acerca de las personas metidas en los trajes, la escritura imaginativa desde la perspectiva de dos amigos que deciden conseguir algo de dinero extra ofreciendo a la gente fotos con la mascota peluda. 

 La gente necesita una razón para tomarse una foto, y un oso es una buena razón. 
 Klaus Peter Speidel

Las fotos, absurdas y tontas, de hecho, adquieren una intensidad extraña. El oso sigue siendo en gran medida constante, y su sonrisa peluda apenas varía ligeramente.  
Alrededor del oso, la historia avanza, ya que los que van a la playa sonrientes se alternan con la sonrisa de los soldados nazis que son sustituidos por las sonrisas de los G.I. americanos. Amedida que la historia dolorosa y tumultuosa de Alemania se desarrolla a su alrededor, el oso se mantiene sin cambios, su presencia eternamente torpe y dentuda se propaga entre los que le rodean.



Image: TEDDYBÄR, a series from the Jean-Marie Donat Collection, Innocences Publishing
Image: TEDDYBÄR, a series from the Jean-Marie Donat Collection, Innocences Publishing
The photos, absurd and silly as they are, take on a strange poignancy. The bear remains largely constant, its shaggy grin and poses varying only slightly. Around the bear, history advances, as smiling beachgoers are replaced with smiling Nazi soldiers who are replaced with smiling American G.I.s.
As the painful and tumultuous history of Germany unfolds around it, the bear remains unchanged, its eternally goofy and toothy presence spreading to those around it.
TEDDYBÄR is published by Innocences Publishing.
Image: TEDDYBÄR, a series from the Jean-Marie Donat Collection, Innocences Publishing
Image: TEDDYBÄR, a series from the Jean-Marie Donat Collection, Innocences Publishing
Image: TEDDYBÄR, a series from the Jean-Marie Donat Collection, Innocences Publishing

Image: TEDDYBÄR, a series from the Jean-Marie Donat Collection, Innocences Publishing

Image: TEDDYBÄR, a series from the Jean-Marie Donat Collection, Innocences Publishing

Image: TEDDYBÄR, a series from the Jean-Marie Donat Collection, Innocences Publishing

Image: TEDDYBÄR, a series from the Jean-Marie Donat Collection, Innocences Publishing



Image: TEDDYBÄR, a series from the Jean-Marie Donat Collection, Innocences Publishing

Image: TEDDYBÄR, a series from the Jean-Marie Donat Collection, Innocences Publishing




Image: TEDDYBÄR, a series from the Jean-Marie Donat Collection, Innocences Publishing
Image: TEDDYBÄR, a series from the Jean-Marie Donat Collection, Innocences Publishing




http://mashable.com/2016/02/17/teddybar/?utm_cid=mash-com-fb-retronaut-link#aansTDJy8kqJ

In the middle decades of 20th century Germany, there were — apparently — quite a few people running around in polar bear costumes. They offered to have their photos taken with interested people.
Photo collector Jean-Marie Donat noticed the same or similar bears popping up in his perusals of old snapshots from the 1920s to the 1960s, and began to save them, eventually amassing a collection of thousands.
That collection became TEDDYBÄR, a 200-page book of found photos. In the book, artist and philosopher Klaus Peter Speidel offers speculation about the people inside the costumes, imaginatively writing from the perspective of two friends who decide to hustle for some extra cash by charging people for photos with the furry mascot. 
People need a reason to have their picture taken, and a bear is a damn good reason.
Klaus Peter Speidel


The photos, absurd and silly as they are, take on a strange poignancy. The bear remains largely constant, its shaggy grin and poses varying only slightly. Around the bear, history advances, as smiling beachgoers are replaced with smiling Nazi soldiers who are replaced with smiling American G.I.s.
As the painful and tumultuous history of Germany unfolds around it, the bear remains unchanged, its eternally goofy and toothy presence spreading to those around it.
TEDDYBÄR is published by Innocences Publishing.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Pinturas malditas y animales. El hombre propone y Dios dispone. Relatos malditos

Recientemente he descubierto un curioso artículo publicado en Hyperallergic sobre pinturas malditas, una de las cuales con animales como protagonistas, y me ha parecido interesantes comentarlo y traducirlo para el Animal Invisible. Su autora, Allison Meier, relaciona la supuesta maldición que pesa sobre "El hombre propone y Dios dispone", de Edwin Landseer, con la que se atribuye a "Iván el terrible y su hijo Iván", de Ilya Repin, lo cual no deja de parecerme tan oportuno como paradójicamente chocante o incongruente en más de un aspecto.
Para empezar, la asociación entre ambas pinturas, no excesivamente lejanas en el tiempo, viene dada por la publicitación de hechos escabrosos supuestamente provocados por la conmoción que su visionado provocó en ciertos espectadores, lo que confiere a ambas un cierto carácter terrorífico en el que se basa su maldición.
Sin embargo, los horrores a los que aluden son, aunque universales, bien diferentes y motivados por causas distintas.
La pintura de Landseer pretende recrear el horror vivido por los tripulantes de la expedición Franklin al Polo Norte, en una época ávida de relatos sobre descubrimientos y aventuras expedicionarias muy propias de la situación geopolítica de entonces, en una sociedad todavía carente de registro audiovisual (la fotografía es todavía muy joven y su reproducción impresa en libros y prensa escrita, también), por lo que el dibujo, la pintura y la ilustración siguen siendo los grandes aliados de la narración escrita. El mundo se hace más pequeño al ser conquistado por la navegación a vapor y por las exigencias de los mercados de ultramar. El advenimiento de la era industrial supone que las grandes fábricas y la maquinaria, con el ferrocarril a la vanguardia de la aceleración física e histórica experimentada por la sociedad occidental, faciliten a la vez que exijan la búsqueda de nuevos recursos materiales con los que comerciar y fuentes de energía y lubricación del nuevo engranaje industrial. Las expediciones a rincones remotos e inhóspitos del planeta alimentan la curiosidad y el ansia de saber sustentados por la cultura ilustrada precedente, pero son sufragadas por intereses económicos ambiciosos y materialistas.
El afán de superación de la aventura humana para conquistar el planeta es recompensada por divinas bendiciones cuando triunfa, pero despierta el temor al castigo divino cuando fracasa. Los relatos de expediciones marítimas de riesgo están plagados de ambos componentes, y uno de los más conocidos en su día, anteriormente incluso al caso relatado en la pintura de Landseer (pintor conocido, por cierto, por sus retratos de perros y mascotas de noble linaje) es el vivido por los tripulantes del ballenero Essex, en las tres diferentes versiones que en su día llegaron a publicarse según el testimonio de distintos supervivientes, y que inspiró a Herman Melville su universal Moby Dick. No obstante, aunque el detonante del relato original del Essex es la agresión de un cahalote (asociable a los míticos leviatanes y monstruos marinos de la antigüedad), lo cierto es que el auténtico horror viene después del ataque que provoca un relativamente tranquilo naufragio, ya que el auténtico monstruo es el mar y el grupo humano al límite de sus opciones de supervivencia. Nathaniel Philbrick publico recientemente su estudio crítico y su reconstrucción de los hechos a partir de los textos originales y testimonios acerca de los hechos y nos recuerda porqué Melville y sus contemporáneos alimentaban sus pesadillas con este tipo de relatos. La película de Ron Howard de inminente estreno se basa en el libro de Philbrick, pero los teasers y trailers, así como carteles e imágenes promocionales, hacen pensar en un mayor protagonismo de los cetáceos, menos accidental, y por tanto una mayor influencia de la visión dramatizada del mito de Moby Dick.

Imagen promocional de la adaptación cinematográfica de Ron Howard a partir de la obra de Nathaniel Philbrick
 Para empezar, a la vista de la imagen principal más empleada en carteles, aunque indudablemente hermosa y expresiva, nos encontramos con una hiperbólica desproporción del cachalote, inmensamente mayor que la mayor de las ballenas azules (un ejemplar del tamaño de la cola del que vemos en la ilustración, seguiría siendo grande en proporción al barco que vemos en la superficie), y parece deducirse de los trailers una especie de obsesiva persecución implacable por parte de un ejmplar concreto de cachalote, ejecutor de la divina vengaza por las matanzas en nombre de la ambición humana. No podremos profundizar más en nuestra crítica mientras no visionemos la película y tengamos una opinión más clara al respecto. De momento, baste decir que las expediciones balleneras de la época estaban ocasionadas por el auge de la maquinaria industrial y su necesidad de ser engrasada con grasa de ballena. La más lucrativa era la del cachalote, por calidad y abundancia, pero también pertenecía a una de las mayores y más agresivas (bajo presión, evidentemente) especies de ballenas, y de las pocas armadas con dientes. Ya hemos dedicado artículos específicos al cachalote y a las connotaciones de los monstruos marinos, así que nos limitaremos a recordar lo más relevante que al respecto comentamos en su momento:
 
El siglo XIX fué testigo de la creciente demanda de grasa de ballena como combustible y lubricante industrial, y los balleneros de todo el mundo, incluídos los famosos cuáqueros de Nantuket y otras poblaciones de la costa Este norteamericana, convirtieron al cachalote en su principal presa, aunque también la más temida, puesto que todas la grandes especies de ballenas, comedoras de krill o de pequeños peces, poseen bocas pobladas de barbas filtrantes en vez de temibles dientes carniceros, pero el cachalote tiene una mandíbula inferior prominente y armada de poderosos dientes. Un animal acostumbrado a lidiar con grandes presas y poderosos enemigos (orcas, tiburones, machos rivales) puede mostrar conductas mucho más violentas para defenderse que sus parientes recolectores de krill, de una actitud semejante a la de los pacíficos tiburones ballena o los tiburones peregrinos que eran perseguidos en el mar de Arán para la extracción del preciado aceite de sus hígados, tal y como podemos apreciar en el épico y pionero relato cinematográfico de Robert J. Flaherty.
De hecho, el relato de Herman Melville se inspira en hechos reales, dramatizados convenientemente, pero en realidad mucho más espeluznantes en sus consecuencias que la tragedia griega protagonizada por el capitán Achab. El propio Melville se embarcó en su juventud en un ballenero en busca de fortuna y experiencias aventureras llevando consigo ejemplares de los relatos del capitán y el segundo oficial del ballenero Essex que inspiraron su obra capital, tal y como nos explica magistralmente Nathaniel Philbrick.
Melville mitifica el carácter de Moby Dick con un demoníaco (o divino, según se mire) carácter astuto y vengativo al que han recurrido muchos otros monstruos de ficción desde entonces. No obstante, el monstruo que encarna al mal y a la naturaleza vengativa simultáneamente, debe ser reconocible, digno de ser mostrado (significado literal de "monstruo") y como cachalote ha de ser peculiar y diferente, así que, como tantos otros animales que han suscitado interpretaciones místicas, es BLANCO.

El color blanco, como ya hemos mencionado en nuestra particular categorización de animales iconográficamente blancos o negros,  hace que un animal tan caro de ver como el oso polar (y más en la época de la que estamos hablando) sea icónicamente memorable. Añadido a los horrores vividos por las inclemencias climáticas y el aislamiento de los expedicionarios que acompañaron a Franklin se convierte en una especie de espíritu de la Naturaleza que castiga la torpe ambición humana (el título del cuadro no deja lugar a dudas sobre el argumento esgrimido por el pintor) y, como Moby Dick, sus ejemplares (correctamente reproducidos desde un punto de vista zoológico y anatómico por el célebre pintor animalista) se interpretan como encarnaciones de la voluntad de Dios.
La crudeza del relato expuesto, el oportunismo predatorio de la bestias sobre los restos humanos, pretendería tal vez ser suavizado por el pintor al dejarlo en manos de agentes de la naturaleza (lo más recordado de este y otros relatos como el del Essex, o el famoso accidente aéreo de los Andes que inspiró la película "¡Viven!", es la antropofagia forzosa de los supervivientes y la locura provocada por las carencias de alimentos, agua y abrigo) pero sin duda es lo que sirve de enlace al espectador de la época, e incluso todavía a nuestros coetáneos, para intuir las dentelladas de la naturaleza más inhóspita. En contraste, hoy en día, el público humano y animalista se conmueve ante las muestras de inanición de los osos polares como trágico emblema del calentamiento global.
En cuanto al horror empático de la mirada de Iván el Terrible en el cuadro de Repin, alude al horror más atávico si cabe que al provocado por las grandes especies depredadoras, y es el destado por los de nuestra propia especie, el terror a la agresión humana y a la guerra. Que un personaje histórico que (más injustamente de lo que muchos creerían) pasa a los anales como encarnación de la crueldad, muestre en sus ojos el mismo atavismo ante la muerte de su hijo a resultas directas o indirectas de sus propios actos y decisiones, es un buen motivo para despertar en los más sensibles una respuesta agresiva o de negación ante la evidencia del lado más sanguinario del ser humano.

Mafa Alborés.





ARTÍCULOS
 Recortado y oculto a la vista: el extraño poder de las Pinturas Malditas
    
por Allison Meier en 11 de noviembre 2014 


Edwin Landseer, "Man Proposes, God Disposes" (1864), oil painting (via Wikimedia)
Edwin Landseer, "El hombre propone y Dios dispone" (1864), pintura al óleo (vía Wikimedia) 

¿Puede una pintura conducir a una persona a la locura? Si bien no hay duda de que mirar algo semejante a las inquietantes pinturas negras de Goya durante horas podría ser desestabilizador, los poderes perturbadores del arte son en su mayoría superstición. Sin embargo, en la Universidad de Londres, la Royal Holloway, una pintura se cubre con regularidad con una bandera Union Jack debido a un viejo temor de que sus imágenes horripilantes podrían romper la cordura del cerebro de un estudiante. 

 "El hombre propone y Dios dispone", de Edwin Landseer, 1.864,  ha sacado a gente de sus casillas desde su debut con sus dos osos polares que limpian en los restos de la nefasta expedición Franklin del Paso del Noroeste. Una criatura sostiene un hueso de costilla humana con entusiasmo apretada entre sus colmillos; el otro se afana en un trozo de tela empapado en un color rojo sangre. William Michael Rossetti se lamentó ante él calificándolo como el "más triste disjecta membra". La viuda Señora Franklin se desmayó como era de esperar, y algunos incluso se preguntaban si Landseer, conocido por sus pinturas de perros nobles, se había desquiciado. 

La conservadora Laura MacCulloch explica:  

"Nadie sabe a ciencia cierta cuando la tradición de cubrir la imagen comenzó pero de acuerdo a un artículo publicado en 1984, parece haber comenzado en la década de 1970 cuando se extendió el rumor de que un estudiante que miró fijamente a la pintura durante un examen, enloqueció y se suicidó. " 
Ese estudiante, según los informes, había garabateado "los osos polares me obligaron a hacerlo" en un examen incompleto, aunque no existe evidencia alguna de que esto sea más que una leyenda urbana. Una réplica viajó recientemente para ser expuesta en Calgary en una exposición titulada Hielo en desaparición: Paisajes alpinos y polares en el Arte del Museo Glenbow, rememorando la siniestra historia.  

Slashes from Abram Balashov's 1913 attack on "Ivan the Terrible and His Son Ivan" (1885) by Ilya Repin (via Wikimedia)
Cuchilladas verticales a partir del ataque de Abram Balashov sobre "Iván el Terrible y su hijo Iván" (1885) de Ilya Repin  1913 

Arte y artefactos supuestamente malditos pueden encontrarse en casi todos los museos, desde una amatista maldita en poder del Museo de Historia Natural de Londres, a un meteorito maldito en el Museo Field de Chicago. Mitos de la locura a menudo se arremolinan en torno al arte más radical. En una muestra de impresionismo en 1874, se dice que provocó tal estado de furia en uno de los visitantes que llegó a morder a gente en la calle. 
También está el caso curioso de una pintura apuñalada en 1913. Abram Balashov acuchilló  el macabro "Iván el Terrible y su hijo Iván" (1885) de Ilya Repin tres veces, gritando "Detened el derramamiento de sangre!" antes de que fuese trasladado  a una institución mental. Probablemente Balashov era ya inestable antes de perder la mirada en los horribles ojos inyectados en sangre de Iván, pero según se informa se trataba sólo de la más extrema de una serie de respuestas violentas. 
Tanto la pintura de Repin como la de Landseer no eran sólo imágenes brutales, sino que también atacaban el status quo de sus respectivos países. Repin representa vívidamente el derramamiento real de sangre, Landseer expone el fracaso de la infalible Inglaterra victoriana. Los informes sobre el canibalismo al que se vio conducida la expedición de Franklin irritó el país con la negación, y la desaparición total de los dos barcos maldijo las siguientes décadas de exploración (uno de los barcos fue finalmente encontrado hace apenas un año). Tal vez sea esta evocación sangrienta de la derrota total lo que propició la superstición, un mensaje inquietante como cosa alguna para los estudiantes universitarios en los exámenes.



ARTICLES

Slashed and Hidden from Sight: The Strange Power of Cursed Paintings


Edwin Landseer, “Man Proposes, God Disposes” (1864), oil painting (via Wikimedia)
Can a painting drive a person to madness? While there is no doubt staring at something like Goya’s unnerving Black Paintings for hours might be destabilizing, the powers of derangement in art are mostly superstition. Yet at the University of London’s Royal Holloway, one painting is regularly draped in a Union Jack flag due to an old fear that its gruesome visuals could snap the sanity from a student’s brain.
Edwin Landseer’s 1864 “Man Proposes, God Disposes” has creeped people out since its debut with its dual polar bears scavenging at the wreckage of the ill-fated Franklin expedition to the Northwest Passage. One creature has a human rib bone rapturously clenched in its fangs; the other lunges at a scrap of fabric drenched in a blood-red color. William Michael Rossetti mourned it as the “saddest of membra disjecta.” The widowed Lady Franklin was unsurprisingly dismayed, and some even asked if Landseer, known for his noble dogs, was getting a bit unhinged.
College Curator Laura MacCulloch explains: “No one quite knows when the tradition of covering the picture first began but according to an article published in 1984 it seems to have started in the 1970s when a rumour was spread that a student who looked directly at the painting during an exam, went mad and committed suicide.” That student reportedly scrawled “the polar bears made me do it” on an incomplete exam, although there’s no evidence that this is more than urban legend. A replica recently went on view in Calgary in the Glenbow Museum’s Vanishing Ice: Alpine and Polar Landscapes in Art, reviving the sinister tale.

Slashes from Abram Balashov’s 1913 attack on “Ivan the Terrible and His Son Ivan” (1885) by Ilya Repin (via Wikimedia)
Supposedly cursed artifacts and art are in almost every museum, from a cursed amethyst held by the Natural History Museum in London, to a cursed meteorite at the Field Museum in Chicago. Myths of madness often swirl around radical art. At an 1874 Impressionism show, one visitor is said to have raged out and bit people on the street.
There’s also the curious case of a painting stabbed in 1913. Abram Balashov slashed the grisly “Ivan the Terrible and His Son Ivan” (1885) by Ilya Repin three times, screaming “Stop the bloodshed!” before he was hauled away to a mental institution. Likely Balashov was already unstable before gazing into the horrible blood-shot eyes of Ivan, but it was reportedly just the most extreme of a series of violent responses.
Both the Repin and Landseer paintings weren’t just brutal images, they also attacked the status quo of their respective countries. Repin depicted vividly royal bloodshed, Landseer exposed the failure of infallible Victorian England. Reports of the cannibalism resorted to by the Franklin expedition riled the country with denial, and the total disappearance of the two ships haunted the following decades of exploration (one of the boats was finally found just this year). Perhaps it’s this gory evocation of total defeat that got the superstition started, an unsettling a message as anything for college students at exams.

http://hyperallergic.com/159739/slashed-and-hidden-from-sight-the-strange-power-of-cursed-paintings/