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sábado, 10 de marzo de 2012

-La criatura humana y su visión de la naturaleza, vista por la criatura humana.



-La criatura humana y su visión de la naturaleza, vista por la criatura humana.
Los científicos han acumulado una considerable pero fragmentaria información acerca de nuestros antepasados, hombres que habitaban el planeta en épocas remotas.
Sus hallazgos nos han informado de la estatura aproximada de 170 centímetros de los pitecántropos de hace 500-600 milenios, pero sus facultades cerebrales parecían reducidas ante la constatación de los 900 cc de capacidad máxima de sus cráneos (o, lo que es lo mismo, de volumen de sus cerebros -ya veremos lo criticable del criterio que relaciona masa y volumen cerebral con inteligencia).
Los sinántropos de hace unos 400.000 años, más bajos de estatura (150-160 cm) poseían sin embargo una cavidad craneal bastante mayor: hasta 1.200 centímetros cúbicos. El hombre de Neanderthal, de cien a cuarentamil años anteriores a nosotros, parecía mostrar indicios de un incipiente desarrollo de la parte frontal del cerebro que le ayudaba a discurrir mejor, aunque su inteligencia seguía basándose primordialmente en el desarrollo de la zona posterior del cerebro, espacio de aliteración de datos de la memoria, no de reelaboración de datos, mucho más económica y efectiva, propia de la zona frontal, tan desarrollada en el Hombre de Cro-Magnon de hace cuarenta milenios, como en el Homo Sapiens actual.
Sin embargo carecemos de datos suficientes para acercarnos al pensamiento de los hombres primitivos, a sus costumbres y rituales. Podemos conjeturar a partir de la observación de los instrumentos de uso corriente, pero sobre todo a través de las imágenes que producían, únicos nexos posibles con sus pensamientos más profundos. De hecho, ya hemos destacado el rechazo de la ciencia, desde los primeros hallazgos fósiles anteriores al descubrimiento de Altamira, a reconocer una capacidad de autoconsciencia o conocimiento crítico en los hombres primitivos.
Pero los descubrimientos también necesitan participar del componente sorpresa. Los cambios de criterio suelen necesitar el empuje de lo inesperado, para alimentar la atención que suscita lo extraordinario. El descubrimiento de Sautuola entraba, en el momento en que se produjo, en el terreno de lo sorprendente.
Pero este abogado aficionado a la arqueología, que supo reconocer la evidencia de lo que aquellas pinturas decían, parecía burlarse de la noción del hombre primitivo de los sabios de la época, quienes lo consideraban de capacidad intelectual forzosamente inferior a la de cualquier infante humano moderno.
Tal vez no se habían estudiado en profundidad las funciones cerebrales implicadas en el acto de dibujar, pero en todo caso las dotes para el dibujo no parecían posibles en aquellas criaturas concebidas como un paso atrás de la condición humana hacia la vida salvaje, propia de animales que ni necesitan ni pueden dibujar.
No resultaba creíble que un ser inferior supiese dibujar. Esto quiere decir que se consideraba la capacidad de dibujo como un signo de mayor inteligencia, desde un punto de vista cuantitativo, no cualitativo. Se hablaba del dibujo como signo de MAYOR inteligencia, y no de OTRA inteligencia de índole peculiar. ¿Esto comportaba que cualquier humano actual que no "supiese" dibujar seguiría siendo superior intelectualmente a un homínido antecesor que, por tanto no "sabría"/"podría" dibujar?; me temo que, contradictoriamente, sí.
Una niña, la hija de Sautuola, se limitó a exclamar : "¡Mira, papá, toros!". La noticia tuvo una rápida propagación por el país significativamente rápida. Sautuola publicó un libro sobre su hallazgo en 1880. Si el hallazgo de la cueva por el perro de Modesto Cubillas sólo había llamado la atención de aficionados a la arqueología, el de las pinturas atrajo a miles de personas de los contornos de la colina y de lugares distantes. El rey visitó la decorada caverna.
Sólo los científicos se mostraron reacios a contemplar el arte de sus antepasados, porque creían hallarse en la certeza de que aquellos dibujos eran una falsificación, argumentando la incapacidad para dibujar (ya no digamos para hacer imágenes polícromas) de los hombres primitivos.
Durante quince años, los representantes de la ciencia no demostraron interés alguno en dar crédito a alguien ajeno a sus filas, a un aficionado que osó publicar un libro sobre un tema arqueológico de desmedido alcance. Era excesivo. No merecía la pena siquiera acudir a comprobar las perogrulladas de un lego que ni siquiera sabía lo suficiente del tema como para ver lo increíble de su historia. No se consideró que un inteligente, culto y curioso abogado había hecho un afortunado e interesante hallazgo, sino que un picapleitos publicaba una mal perpetrada falsedad sobre una materia que sólo a ellos competía.
Sautuola pagó caro su atrevimiento en forma de desprestigio y burla. En los últimos años de su vida estaba tan olvidado como la propia cueva. Nadie le había creído, y desoído de todos murió en 1888, nueve años después del descubrimiento. Fué uno de sus oponentes quien descubrió, a los seis años de la muerte de Sautuola, otra cueva en cuyas paredes y techo había imágenes de animales que fueron identificados como prehistóricos por la paleontología.
Ya no se trataba sólo de toros y uros, sino también de osos y ciervos que, por su estilo y características pictóricas, ofrecían gran parecido con los reproducidos en el libro de Sautuola. Con el recuerdo del abogado volvió la ocupación de los científicos por la cueva de Altamira. No sería el último hallazgo de pinturas rupestres que suscitasen un gran interés. Constituían ni más ni menos que el primer acercamiento al sentir subjetivo del hombre primitivo, asociado a nuestras facultades más implicadas con dos cuestiones críticas: animalidad (instinto) y espiritualidad (magia).
Fabricar imágenes supone criticar implícitamente nuestra percepción, desasiéndonos en cierto modo de ella, contemplando su información con la distancia de un espíritu crítico. Abstraer el contenido de una información. Entrenar los sentidos con simulacros: juego, un juego muy serio. El hombre, como el chimpancé, el león o el lobo, es un cazador que basa su eficacia en la colaboración en equipo, lo cual exige un gran desarrollo cerebral para mantener una compleja red de vínculos grupales, así como la capacidad de prever acciones cinegéticas ajenas en beneficio de las propias y viceversa.
La magia, en la cultura humana, ha servido para confirmar hechos inexplicables. Conjurar la anticipación de las cosas, de los acontecimientos o acciones fundamentales para la supervivencia entra en las funciones ancestrales del juego, y diríamos que también del arte pictórico, que seguramente le debe mucho al aprendizaje a través de la pintura corporal, la danza (ejercicio de la compenetración y coordinación de los cazadores). De hecho, en culturas actualmente consideradas primitivas, se ha constatado reiteradamente la práctica de dichas danzas de anticipación a la buena caza. Simulacros de caza de antílopes u otros animales para conjurar el éxito al conseguir un bien preciado y difícil, infrecuente, de conseguir: la carne. La posibilidad de contemplar una potencial pieza de caza, observarla, a través de su representación pictórica. Un juego de estrategia cinegética.
Ya hemos dicho que el proceso de afianzamiento de las ciencias naturales tal y como las entendemos hoy en día fue lento y progresivo hasta asumir cierta especialización, sirviéndose de los dibujos naturalistas para ordenar de algún modo el conjunto de animales y plantas conocidos, en definitiva para diseñar un método de sistematización de su estudio. La Edad Media se había imbuído de la tradición popular a través de su influencia en las ilustraciones de los bestiarios, que tomaban su nombre de los recintos donde los poderosos medían el alcance de su poder en colecciones de animales vivos, más valiosos en cuanto que más raros (bien por su escasez o por su lejanía o difícil acceso). El Bestiarium es el libro medieval ilustrado más antiguo. Es más que probable que su autor, anónimo, consultase las páginas de Aristóteles para la descripción de los 43 animales representados (algunos reales, otros fantásticos), que constituyen una combinación de imparcialidad científica y alegoría cristiana.