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sábado, 10 de marzo de 2012

Arte y ciencia. Mimetismo y tergiversación.




2.2.1.4 Arte y ciencia. Mimetismo y tergiversación.
Los animales son tan reales como nosotros, porque también somos animales, así que nuestros criterios de realismo a la hora de representarlos son indicadores de nuestro grado de conocimiento del entorno.
De hecho, resulta significativo que una de las pioneras incursiones de un artista en la ciencia del s. XX fuera precisamente a través del problema de la imagen de los animales. El problema a investigar era el del camuflaje en los animales, y el artista científico se llamaba Abbott H. Thayer.
Concretamente, el caso de imagen emblemática para ilustrar la teoría de Thayer era la de los flamencos, cuyo color no tendría otra razón de ser si no un camuflaje sobre el fondo igualmente rojo del cielo del ocaso.
Pese a lo disparatado de la construcción teórica de Thayer, gran parte de sus ideas han sido utilizadas exitosamente con fines bélicos en el campo del camuflaje.
El mismísimo Teddy Roosevelt (cuyo parecido con el rostro de un Koala dió lugar a la expresión "Teddy Bear" para designar "oso de peluche") fue un vigoroso y duro detractor de los argumentos de Thayer, para quien todos los colores de los animales funcionaban para enmascarar las formas del animal con las de su entorno: el biotopo entendido como fondo. El ser vivo asimilado al concepto de figura gráfica consciente de su categoría gráfica, a la que quiere renunciar para integrarse al fondo, fundirse ópticamente con la naturaleza. Esta "consciencia", esta voluntariosa eficacia, es explicada a través de las modificaciones orgánicas descritas por la teoría de la evolución, que Thayer intenta ilustrar de un plumazo y muchas pinceladas.
Abbott H. Thayer publicó, en 1909, "Concealing-coloration in the animal Kingdom" en una edición de Mamillan escrita en gran parte por su hijo Gerald. En dicho libro podemos leer la siguiente argumentación sobre la coloración de los flamencos:

"Estas aves tradicionalmente vistosas se encuentran, en sus momentos más críticos, obliteradas por su coloración. Notables en la mayoría de los casos, cuando se las mira desde arriba, como el hombre puede verlas, están primorosamente adaptadas a "desvanecerse" contra los cielos enrojecidos y de ricos colores de primeras horas de la mañana y de la tarde".

Stephen Jay Gould nos cuenta así la reacción de Roosevelt, "lo suficientemente notable como para merecer por sí solo una imagen en piedra de veintiún metros", (Gould alude al monte Rushmore):

En 1911, un expresidente de los Estados Unidos, después de siete agotadores años en el cargo, y a punto de preparar su retorno político, encontró tiempo para escribir y publicar un artículo científico técnico, de más de un centenar de páginas de extensión: "Revealing and concealing coloration in Birds and Mammals".

Gould, Stephen Jay: "Brontosaurus y la nalga del ministro",
Crítica, Barcelona 1993 (capítulo 14: "Alas rojas en el ocaso")

Roosevelt, tal y como nos explica Gould, es criticado por Francis H. Allen, en defensa de Thayer, por el abuso de la crudeza del lenguaje político en un debate de carácter científico. La teoría de la ocultación cromática de los flamencos irrita a Roosevelt, cuya mordacidad destruye las pretensiones polidisciplinares del artista-naturalista, por cierto uno de los pintores más famosos de la Norteamérica de finales del siglo XIX, Abbott H. Thayer.
La vigencia transitoria de Thayer, como la de tantos artistas, es un síntoma más de que, como dice Gould, "...tanto el arte como la ciencia están plagados de gustos efímeros que duran poco [...] Había empezado a desvelar un drama humano bajo la vieja caricatura pedagógica".