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lunes, 17 de noviembre de 2014

Gorila rapta moza (escultura de Emmanuel Frémiet) y Charles Gemora como pionero de los profesionales del traje de gorila.




Un extracto de El Blog Ausente, un curioso espacio cultural y literario on line, me sirve de excusa para completar un poco más la página dedicada a la iconografía de simios, monos, primates y bestias antropomorfas con un par de artículos realmente jugosos.
Uno de ellos es el aparecido en el mencionado blog, acerca de los pioneros en disfrazarse convincentemente de simio para el cine (tema que ya hemos tratado en nuestra propia página, de la que disponéis también en el texto original de mis propios trabajos sobre el tema) y el otro, tal vez más serio y sesudo metodológicamente desde un punto de vista académico, está firmado por Juan Requena en Marzo de 2010 y es, a mi juicio, notable. Lo cierto es que sólo reproduzco aquí una parte del artículo completo, que constituye una observación profusa del contexto histórico, social, cultural y científico de la obra literaria de Arthur Conan Doyle a través de su emblemático personaje Sherlock Holmes. Recomiendo desde aquí su lectura completa, y comprenderéis que me reserve para "La Voz del Animal Invisible" tan sólo el extracto bajo el epígrafe "La involución de las especies", una interesante reflexión sobre la coincidencia del advenimiento de las teorías de Russell Wallace y Darwin con el de las obras literarias de Stevenson ("El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hide") y otros autores influídos por los avances en anatomía comparada y otras áreas de las ciencias naturales, tan influyentes en la obras del propio Conan Doyle y sus coetáneos, que se se hicieron sitio en el imaginario popular gracias a la fascinación recíproca patente en las obras de artistas plásticos de toda índole, como es el caso del escultor Emmanuel Frémiet (1824-1910) a quien Requena hace referencia.


No he podido evitar completar la información que facilita Requena con unas cuantas imágenes más de obras de Frémiet, que estuvo vinculado a trabajos de divulgación científica (reproducción de litografías de osteología zoológica) y al estudio de la anatomía comparada de la que el mismísimo Cuvier fue pionero gracias, precisamente, a sus dotes para el dibujo. Los artistas han sido los responsables de la observación detallada de las características físicas de los animales, y sus aciertos, como sus errores, se han propagado entre las imágenes que han sustentado el saber popular.
Ya hemos comentado que, incluso antes de la polémica irrupción de las teorías de Darwin en la cultura victoriana, la cultura occidental, desde la antigüedad, ya había observado las analogías entre humanos y demás primates, cuyo parentesco era conocido, cuando menos, de forma intuitiva. El considerar a los simios (el propio Requena cae en el frecuente error de atribuir a los monos -de forma confusa con otros primates, incluídos nuestros parientes simios- la categoría de antepasados de los humanos, cosa que no es cierta y que Darwin jamás afirmó) como una especie de forma primitiva de los seres humanos serviría para categorizarlos desde los más "animalizados" o inferiores hasta los "superiores", civilizados y dignos de dominar a los salvajes, dominados por sus más básicos instintos, entre los cuales la lujuria constituía la prueba más feaciente de su derrota de la razón por dichos instintos.
Ya hemos comentado que incluso se buscó en los rasgos físicos tradicionalmente asociados al apetito sexual, vía superestímulo cultural, han servido como pretexto para atribuir mayor "bestialidad" a las razas humanas a las que se quería considerar inferiores para despejar de dudas morales el derecho a su despiadada explotación. El prominente tamaño de senos y nalgas de ciertas razas negroides dieron lugar a casos tan conocidos como el de la Venus Hotentote, y todavía hoy en día se ironiza sobre el mayor tamaño del pene de estas razas como un signo de involución (cosa no solamente falsa, sino contradictoria con el mayor tamaño del pene humano con respecto al de los demás primates, especialmente los grandes simios). Los mitos generados por las imágenes de grandes simios como monstruos humanoides asimilables a los faunos y sátiros de la antigüedad, medio humanos, medio animales (como si hubiese incompatibilidad en ser ambas cosas) daba pie a la fantasía para imaginar morbosas escenas de agresión sexual como la que reproduce de modo poco disimulado la famosa escultura de Frémiet. La cosa se pone peor si, siendo buenos observadores de la precisa anatomía del animal reproducido por el escultor, constatamos que se trata de una hembra, y no de un macho, de modo que la zoofilia (en realidad antropofilia, desde el punto de vista del simio, si nos ponemos exigentes) adquiere matices claramente lésbicos. De hecho, como podemos leer en el artículo, bien documentado, de Requena, tal aclaración se llegó a explicitar para suavizar la pretendida carga erótica de un precedente en yeso de la obra en su momento. Como se aclara en el texto, en esta primera obra, que reproducimos desde diferentes ángulos junto a nuestras líneas, disimulaba un tanto la violación implícita por la actitud pasiva de la figura femenina, castamente cubierta con una túnica.



Lo que resulta curioso es que, pese a la exactitud anatómica de las obras de Frémiet, diligente observador de los grandes simios en cautividad, su preferencia por el efectismo truculento hacía que sus criaturas apareciesen en sus obras sólo como encarnación de la violencia y la desmesura sexual, dando soporte a una imaginería ambientada en tierras exóticas que justificaban la bella desnudez de sus figuras humanas, excusadas por su salvajismo, que, como en la imaginería religiosa, proyectaban en su retorcido dolor, en su manierista sufrimimiento, el mismo rostro y expresión corporal que en el éxtasis sexual, a la vez que solapaban cierta lección moral en la imagen bestializada del agresor.

Sea como fuere, de lo que no cabe duda es que las excelentes dotes técnicas del escultor, y sus profundos conocimientos de la anatomía y la biomecánica de gorilas y orangutanes sólo se ponían al servicio de una negativa y agresiva imagen de estas generalmente pacíficas criaturas. El propio Juan Requena nos recuerda que tanto Linné como Buffon, a la hora de clasificar al orangután, lo asociaron etimológicamente con los sátiros de la antigüedad, y la escultura de Frémiet de un "Orangután estrangulando a un indígena de Borneo" no es más que una prolongación de tan turbias y violentas expectativas.


https://belakarloff221b.wordpress.com/2011/08/24/estudio-en-negro/
©  2010

La involución de las especies: Gorila raptando a una mujer y «El hombre que se arrastraba».
Símbolo de la materia y la sensualidad o imagen del mismo Diablo —torpe imita­dor de Dios—, el mico ha venido asociado desde el Medievo a la caída del hombre y a la entrada del pecado y la muerte en su existencia.

     Representado con un fruto en la mano o triste­mente encadenado, el mono, paro­dia del ser humano y espejo de sus defectos, figura al hombre esclavizado por sus apetitos más elementales, cuando no encarna a las fuerzas instintivas y no controladas del inconsciente que acechan en la os­curidad, como el visitante noc­turno de figura si­miesca sentado sobre el pecho de una mujer dor­mida en La pe­sadilla de Fuseli.
      El primate expresa el viejo fondo de animali­dad del hombre, aque­llo que tira de su alma hacia abajo y la aleja de Dios. Una buena (y sosa) ilustra­ción victoriana de esta idea la tenemos, por ejem­plo, en La tenta­ción de San An­tonio (1897) de John Char­les Dollman; obra muy apre­ciada en su tiempo y hoy ignorada, donde el ermita reza y trata de abstra­erse de la presencia perturbadora de una mu­jer des­nuda a la que ro­dean chacales y chimpan­cés en cuanto expre­siones zoomórficas de las malas pasiones.

      Con la llegada de Darwin la efigie del mono, antepa­sado del hombre, devino aún más angustiosa, ya que re­cordaba que éste había sido bestia y podía volver a serlo en cualquier momento si se dejaba arrastrar (he ahí la razón última del título del relato holmesiano) por sus impulsos atávi­cos, como bien apuntaban tanto el óleo de Dollman antes aludido como Sherlock Holmes al concluir el caso de «El hom­bre que se arrastraba».
   “Cuando uno pretende elevarse por encima de su naturaleza, corre el peligro de caer muy por debajo. Hasta los hombres más excelsos pueden re­troceder a la animali­dad si se desvían del recto camino de su destino.
     El interés creciente de los sabios decimonónicos por los grandes simios ayudó a transformar la impudicia tradicional del mono en potencia y do­minio sexual des­controlados, proporcionando una supuesta base cien­tífica a antiguos delirios de cópulas salvajes entre monos y doncellas humanas. Gorille enlevant une femme (1887), de Emmanuel Frémiet (1824-1910), es, probablemente, una de las mues­tras más acabadas en el terreno de la escultura de este tipo de fanta­sías finisecu­lares[29]

La obra de Frémiet representa a un gorila en el acto de raptar a una moza des­nuda, de carnes redondas y opulentas, con la suge­rida intención de violarla, como ya subrayaba Baudelaire en su crítica a una primera ver­sión en yeso de 1858[30] mu­cho más modosita, ya que la “négresse” por­taba túnica, al tiempo que una placa al pie de la estatua aclaraba que el gorila era hembra[31].
En la versión de­finitiva de 1887 la carga sexual es aún más nítida, pues la don­cella secuestrada (una suerte de Perséfone o sabina africana) es ostensiblemente el botín con­seguido por el gorila en un poblado humano, como indican la flecha clavada en el pe­cho del antropoide y el trozo de sílex con que amenaza a un ene­migo in­visible, el compañero tal vez de la mujer que empuja y se retuerce deses­perada en un intento vano por za­farse del abrazo peludo del simio de fuerza colo­sal[32]. La presencia de una cu­lebrilla en la base de la piedra sobre la que se yergue el mono pa­rece subrayar también el ca­rácter transgresor de la escena.

Galardonada con la medalla de honor en el Salón de 1887, la escultura de Frémiet puede parecernos hoy ridícula o de dudoso gusto, pero nadie refutará su poderoso impacto en la imaginación popular, como prueba la pervivencia de la imagen en el cine o el cómic contemporáneos.
Por supuesto, el mono gigantesco de Frémiet no era más que la va­riante natu­ralista del viejo sátiro raptor de ninfas. Otra criatura de sen­sua­lidad exacerbada —medio humana, medio bestial— que Buffon y Linneo creyeron ver en el orangután de Borneo (Simia Satyrus, según su denomi­nación taxonómica primitiva). Primate del que se contaban desde el siglo XVIII hechos espeluznantes[33] como los que Poe describirá más tarde en Los crímenes de la calle Morgue (1841), posible­mente, el primer relato de detectives de la literatura, que el propio Frémiet pudiera haber tenido en mente para ejecutar su Gorila o su no menos destacable Oran­gután es­trangulando a un salvaje de Borneo (1893)[34].
«El hom­bre que se arrastraba» se ali­menta también de tales cre­encias.

      En este caso tardío, la historia sucede en 1903 aunque fue publicada veinte años después, Holmes investiga el extraño comportamiento del Profesor Presbury, fisiólogo de renombre europeo, al que su ayudante el señor Bennet ha visto des­pla­zarse por la noche encorvado como un ani­mal, y su hija Edith, prometida del primero, observándola con aviesas in­ten­ciones y cara de loco por la ventana de su dormitorio, ubicado a consi­derable altura en el segundo piso de la casa familiar:
Allí estaba, con la cara apretada contra el cristal, y me pareció que al­zaba una mano, como para levantar la ventana. Si la ventana hubiera lle­gado a abrirse, creo que me habría vuelto loca.
Las razones de la insólita conducta de Presbury las descubrirá Holmes con su sagacidad acostumbrada.
Prometido en matrimonio (el viejo catedrático es rico) con una mu­chacha “per­fecta de cuerpo”, hija de un colega de la cátedra de Anatomía Comparada, el res­petable académico había tratado de re­cuperar el vi­gor sexual inoculándose un suero revitalizador extraído de las glándulas de un pri­mate, el langur cari­negro, cuya con­ducta agresiva el anciano estaba de hecho remedando al renovar las do­sis que un tal Lo­wenstein le hacía lle­gar regularmente desde Praga (como ya sa­bemos, la abominación suele venir a menudo del Este en las historias del Canon).
Sin embargo, no es tanto el “elixir de la vida” de Lowenstein lo que había des­pertado a la bestia durmiente en Presbury, sino “la pasión fre­nética” que el viudo profesor de se­senta y un años había experimen­tado de un modo “violento y anti­natural” (Hol­mes, dixit) por una mujer que podría ser, literalmente, su propia hija. Lo que da, por otra parte, todo su siniestro sentido al intento de Presbury de irrum­pir de noche en la al­coba de su primogénita.
Al revelarse incapaz de dominar sus pulsiones básicas, Presbury se transmuta en un mono lúbrico al que su propio perro, bruscamente li­be­rado de sus ataduras (mera proyección, como en el caso del Dr. Roy­lott, de su animalidad destructiva) estará a punto de matar a dentelladas. Final moralizante que Holmes remachará con una sorprendente reinter­preta­ción de la teoría darwiniana que más debe al es­piritualismo de Co­nan Doyle que a los antecedentes positivistas del detec­tive de Baker Street:
            “Piense, Watson, que los materialistas, los sensuales, los mundanos, to­dos querrían prolongar sus inútiles vidas. En cambio los más espirituales no desoirían la llamada del plano superior. Sería la supervivencia de los menos aptos. ¿En qué clase de ciénaga se convertiría nuestro pobre mundo?
     Considerado por algunos estudiosos como un relato apócrifo, tributa­rio en ex­ceso de El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde de Ro­bert Louis Steven­son, «El hom­bre que se arrastraba» evocaba para sus con­tem­poráneos no sólo el fantasma del mono violador sino temas de indu­dable actualidad médica.

     Apenas tres años antes de la publicación de la aventura del Profesor Pres­bury, el cirujano francés de origen ruso Sergei Voronov (1866-1951) había comenzado a hacerse rico con sus in­yecciones de hormonas y sus trasplantes de góna­das de chimpancés y ba­buinos en ancianos mi­llonarios impotentes. Aunque ya en 1889 el reputado neurólogo y fi­siólogo Charles Edouard Brown-Séquard (1817-1894) había alcanzado reconocimiento popular tras inyectarse en seis ocasiones una solución acuosa con extrac­tos de glándulas testiculares de perro y conejo de Indias de efectos mila­grosos.
     Según la memoria que relataba el experimento[35], Brown-Séquard, de setenta y nueve años, sintió como todos sus músculos se fortalecían de golpe, permitiéndole subir los escalones de su casa de cuatro en cuatro sin fatigarse y honrar debida­mente (esto es lo importante) a su tercera y jo­ven es­posa. En estas circunstancias no es de extrañar que las inyecciones sub­cutáneas de “liqueur organique” del pro­fesor Brown-Séquard causa­ran estragos entre los hombres maduros de la época: Émile Zola contaba ma­ravi­llas de ellas y Joris Karl Huys­mans también las men­ciona elogiosa­mente en el capítulo XV de Lá-Bas (1891). Alphonse Daudet probó suerte igualmente en 1892 con la fórmula magistral de Brown-Séquard[36], aun­que en su caso para tratar su ataxia locomotriz de origen sifilítico[37].
     Enfermedad tabú para los victorianos, la sífilis, que pudiera subyacer en las alusio­nes a la conducta alterada del Profesor Presbury y a su dela­tora espalda en­corvada (osteopatía característica de la tabes dorsalis). Lo que añadiría nuevos motivos de inquietud para un lector de la época, des­conocedor aún de las causas del enigma por no haber llegado al final del relato, al pensar en la amenaza que supondría para una joven núbil un tipo infectado, lascivo como un simio y tan ve­nenoso como una ser­piente.
Juan Requena
Madrid, a 27 de marzo de 2010

      [27] Para los antiguos griegos no existían distingos entre la onza, el guepardo y el leopardo, agrupados todos bajo el nombre genérico de pantera. Estos felinos moteados escoltaban a las Ménades y a los Silenos, Sátiros y Faunos embriagados en las procesiones dionisíacas. El lector recordará quizás a otros miembros del cortejo báquico, como las vírgenes canéforas, con sus cestos repletos de frutos y ser­pien­tes amaestradas o los falóforos con sus largas vergas. Elementos que no resultan ajenos al mundo de Dr. Roylott.
      [28] «The Adventure of the Creeping Man», The Strand Magazine, Londres, Marzo de 1892.
      [29] La manifestación literaria más conocida se encuentra en uno de los episodios de Gamiani, relato pornográfico de Alfred de Musset publicado en 1876.
      [30] “L’Orang-outang, entraînant une femme au fond des bois (ouvrage refusé, que naturellement je n’ai pas vu) est bien l’idée d’un esprit pointu. Pourquoi pas un crocodile, un tigre, ou toute autre bête susceptible de manger une femme? Non pas! Songez bien qu’il ne s’agit pas de manger, mais de violer. Or le singe seul, le singe gigantesque, à la fois plus et moins qu’un homme, a manifesté quelquefois un appétit humain pour la femme. Voilà donc le moyen d’étonnement trouvé! « Il l’entraîne; saura-t-elle résister? » telle est la question que se fera tout le public féminin. Un sentiment bizarre, compliqué, fait en partie de terreur et en partie de curiosité priapique, enlèvera le succès. Cepen­dant, comme M. Fré­miet est un excellent ouvrier, l’animal et la femme seront également bien imités et modelés. En vérité, de tels sujets ne sont pas dignes d’un talent aussi mûr, et le jury s’est bien conduit en repoussant ce vi­lain drame.” [Charles Baudelaire, «Le Salon de 1859», La Revue Française (1859)]
      [31] La primera versión, Gorille enlevant une Négresse, fue expuesta en 1859 a la entrada del Palais de l’Industrie de París detrás de unos espesos cortinones verdes para no ofender a las visitantes. El yeso original fue poco des­pués destruido dolosamente por alguien a quien el arte de Frémiet desagradaba.
      [32] Como cantaba Georges Brassens: “Que le gorille est un luron / supérieur à l’homme dans l’étreinte, / bien des femmes vous le diront!
      [33] Rousseau se hace también eco de estas historias de viajeros en 1755: “Dapper confirme que le royaume de Congo est plein de ces animaux qui portent aux Indes le nom d’orang-outang, c’est-à-dire habitants des bois, et que les Africains nomment Quojas-Morros. […] Les Nègres font d’étranges récits de cet animal. Ils assurent non seule­ment qu’il force les femmes et les filles, mais qu’il ose attaquer des hommes armés. En un mot il y a beaucoup d’apparence que c’est le satyre des Anciens.” [Jean-Jacques Rousseau, Discours sur l’Origine et les Fondements de l’Inégalité parmi les Hommes, nota nº 10]
      [34] Curioso que Baudelaire rechazara el Gorille enlevant une Négresse de Frémiet en 1858, habiendo traducido en 1856 el violento relato de Edgar Allan Poe. El realismo de la escultura, que convertía en más verosímil la fantasía de Poe, no debió ser ajeno a aquel sentimiento de dis­gusto. Se­ñalemos, a título de coincidencia, que el dominio de la anatomía humana y animal que revela Frémiet fue el fruto de sus muchos años de taxidermista, profesor de dibujo en el Jardin de Plantes y el Museo de Historia Natural y pintor de cadáveres… en la morgue de París.
      [35] Charles Edouard Brown-Séquard, «Expérience démontrant la puissance dynamogénique chez l’homme d’un liquide extrait de testicule d’animaux» en, Archives de Physiologie Normale et Patholo­gique, París, 1889, nº 5, serie 1, págs. 651 a 658.
     [36] Un eco lejano de los experimentos de Brown-Séquard y Voronov subsiste en la delirante comedia de 1952 Monkey Business (Me siento rejuvenecer); película de Howard Hawks con algunas escenas impagables, como la de Charles Coburn, nueva encarnación enloquecida del Profesor Presbury, empa­pando el rotundo trasero de Marilyn Monroe con un explícito sifón, bajo los efectos del brebaje rejuve­necedor creado por el chimpancé del laboratorio.
      [37] A esta degeneración progre­siva de las raíces y columnas posteriores de la médula espinal y el tronco del en­céfalo dedicó Conan Doyle su memoria para la obtención del título de doctor en Medicina en 1885. Vid. Arthur Co­nan Doyle, «An Essay upon the Vasomotor Changes in Tabes Dorsalis and on the Influ­ence which Is Exerted by the Sympathetic Nervous System in that Disease, Being a Thesis Pre­sented in the Hope of Obtaining the Degree of Doctorship of Medicine of the University of Edin­burgh». Un largo extracto del capítulo III de esta tesis puede encon­trarse en la antología The Edinburgh Stories of Arthur Conan Doyle. Edinburgh University Student Publications Board, 1981. Págs. 81 a 86.







 http://absencito.blogspot.com.es/2008/01/profesionales-del-traje-de-gorila.html

31.1.08


PROFESIONALES DEL TRAJE DE GORILA


Dado que vincular el Día Mundial del Traje de Gorila con el dibujante Don Martin ya no es del todo correcto, o educado… aunque, precisamente, la educación es antítesis del traje de gorila…

A lo que iba, puestos en el difícil (por no decir imposible) trance de desvincular la celebración de hoy del genial dibujante de MAD creo que lo suyo es desviar la mirada hacia los honrados profesionales que han hecho del disfraz de gorila un arte, un icono de la serie bé. Gente digna, esforzada (elevada temperatura interior y falta de oxigeno) y a menudo anónima pues, en aras de una imposible verosimilitud, nunca se les acreditaba con la esperanza de que el espectador inocente dedujera, entonces, que no eran hombres con traje de gorila sino simios auténticos. Artistas como Charles Gemora, Ray “Crash” Corrigan, Steve Calvert o George Barrows ennoblecen con su oficio el arte de hacernos soñar a bajo coste, al mismo tiempo que representan ante nosotros el deseo inconsciente de revivir nuestros instintos, hacer el mono y cargar con una jamona sobre los hombros rumbo a la cueva de nuestras fantasías.


El primer nombre de la historia del cine relacionado con trajes de gorila fue Charles Gemora, un italo-felipino bajito que iba para escultor (estudió arte en Florencia) y que con veinte años emigró a los Estados Unidos para descubrir que los artistas, normalmente, pasan hambre. Las penurias no le impidieron casarse con una muchacha que se ganaba las alubias haciendo de extra en el cine mudo, primer vínculo con las estrellas que le proporcionó algunos encargos esculpiendo moldes para el gran Lon Chaney. Al parecer, Gemora tuvo una visión y pasó una semana fabricando el traje que le haría famoso. Tras darle un susto a su esposa, que casi se muere del soponcio con la sorpresiva prueba del algodón de su marido, movió su creación por Hollywood y triunfó en el intento al ser contratado para aparecer en The Leopard Lady (1928). A partir de entonces participó en más de treinta películas, siendo las más conocidas The Unholy Three (1930, junto a Lon Chaney), The Gorilla (1930), el clásico de la Universal Murders in the Rue Morgue (1932) o The Chimp (1932, junto a Laurel y Hardy). En 1954, durante el rodaje de Phantom of the Rue Morgue (1954) sufrió un ataque al corazón (hacer el gorila es duro) que obligó a su retiro. No sólo hizo de gorila, sino también de alienigena en La Guerra de los Mundos (1953) o I Married a Monster from Outer Space (1958), y siempre siempre sin acreditar, por mucho que su casa se convirtiera en una auténtica factoría de trajes de gorila para el mundo del cine. En Cinefania le dedicaron un artículo en castellano.


Ray “Crash” Corrigan (1902-1976) fue un tipo curioso que vale la pena reivindicar. Cachas profesional, llegó a Hollywood como preparador de actores para escenas de acción, y no tardó en dar el salto al otro lado de la cámara como protagonista de numerosos seriales, primero como héroe de acción al estilo Flash Gordon en los míticos doce episodios de Undersea Kihgdom de la Republic. A partir de ahí protagonizó una ingente cantidad de b-westerns. Lo curioso de “Crash” Corrigan es cómo diversificó sus negocios cinematográficos. El más conocido fue el rancho Corriganville, unos terrenos que nuestro hombre adquirió y convirtió en exitoso set de rodaje de películas del oeste a las afueras de California. Fort Apache, El Llanero Solitario o Las Aventuras de Rin-Tin-Tín fueron algunas de las películas, seriales o series de televisión allí filmadas. Incluso se abría al público, con entrada, los fines de semana. Su otro gran éxito fue su traje de gorila. Resulta fascinante comprobar como un actor que se convirtió en héroe de acción popular y de bajo presupuesto, con rostro conocido en la época, mantuvo una carrera paralela como especialista del traje de gorila, a menudo sin acreditar.


“Crash” Corrigan vistió de gorila en casi una veintena de títulos con un traje que iba perfeccionando de una película a otra. Murder in the Private Car (1934) fue la primera, luego apareció en algunos de los primeros tarzanes de Weismuller, hizo de gorila extraterrestre en el primer serial de Flash Gordon (1936), introdujo la figura del gorila en nada menos que tres westerns (Come On, Cowboys!, Round Up Time in Texas, Three Texas Steer), fusionando así de manera harto bizarra sus dos especialidades; Corrigan fue el gorila oficial de la serie bé durante la década de los 40 en filmes como Darkest Africa (1936), The Ape (1940), Captive Wild Woman (1943), Nabonga (1944), The Monster and the Ape (1945) , The White Gorilla (1945) o Killer Apes (1953), sin olvidar algunas variaciones en el traje que lo convertían en monstruo. La clásica It! The Terror from Beyond Space (una de las madres de Alien) fue su última aparición haciendo de bicho homínido, pero no de gorila pues se había desprendido,por dinero, de su segunda y peluda piel.


Corrigan vendió su traje de gorila a Steve Calvert, un camarero del afamado nightclub Ciro’s de Sunset Boulevard, lugar frecuentado por el famoseo hollywoodiense y, por tanto, puerta trasera para acceder a la meca del cine disfrazado de gorila. La idea de la cesión o herencia del traje de gorila es muy romántica y no dejo de relacionarla con los luchadores mexicanos (que se daban la alternativa o legaban la máscara a sus hijos), por mucho que el elemento crematístico de la venta (1.800 $) esté presente. El nuevo propietario no tardó ni dos semanas en comenzar a sacar rendimientos de su inversión, estrenándose en la primera de las adaptaciones fílmicas de Jungle Jim, personaje de Alex Raymond que encarnó Weismuller (que acabó su vida vistiendo un invisible traje de gorila, por cierto).


Calvert ejerció su nuevo oficio con singular profesionalidad (solía visitar el zoo para estudiar a los primates) y alegría en títulos clásicos o ignotos como Bride of the Gorilla (1951), Bela Lugosi Meets a Brooklyn Gorilla (1952), Road To Bali (1952, con Crosby y Bob Hope), Here Come the Girls (1953), The Bowery Boys Meet the Monsters (1954), Panther Girl of the Kongo (1955), The Bride and the Beast (1958) o apariciones estelares en las series televisivas de los 50s de Superman o Lassie. Aquí tienen un estupendo artículo en inglés sobre su vida. Tampoco sería justo olvidar que de vez en cuando también se ponía bajo la piel de variopintos monstruos alienígenas, el pluriempleo habitual de los profesionales del traje de gorila (podemos verle en Target Earth). Calvert, que se retiró en 1962 cuando un ataque al corazón hizó imposible continuar su carrera, representaba la segunda generación de especialistas del traje de gorila, el problema es que a esas alturas le había salido un duro competidor: George Barrows.


La competencia entre profesionales del traje de gorila siempre fue algo relativa. Gemora y Corrigan solaparon sus carreras, pero sus creaciones eran diferentes: el primero, bajito, y el segundo, cachas, representaban dos tipos diferentes de criatura, por lo que nunca llegaron a competir realmente. No pasó lo mismo con Calvert y Barrows, ambos pertenecientes al tipo de primate fiero y grandote impuesto por Carrigan. Afortunadamente, la serie bé de los 50 fue lo suficientemente productiva para que ninguno de los dos pasara hambre. Barrows, de quien se sabe poco, alternaba el oficio de gorila (que interpretaba de manera más paródica que sus compañeros de profesión) con breves papelitos de malo, especialmente para la televisión, y pasará a la historia por esa joya sicotrónica que es Robot Monster. También podemos verle en Gorilla at Large, Ghost in the Invisible Bikini o en la entrañable Konga, aunque respecto al filme británico de Herman Cohen hay versiones dispares. Al parecer, el productor quería a Calvert, con quien ya había trabajado con anterioridad, pero éste denegó el ofrecimiento porque era un tipo muy familiar y no quería viajar hasta Londres. Fue entonces cuando se acudió a Barrows. Según algunas versiones, en realidad Barrows se limitó a alquilar su traje y empaquetarlo como correo urgente rumbo a la capital británica, siendo un tal Paul Stockman quien se vistió e hizo de Konga. Según esta versión, el traje sufrió algunos desperfectos y Barrows montó en cólera. Desgraciadamente, en el mundo de los profesionales del traje de gorila nunca se aparece en los créditos, así que no hay forma humana de saber qué pasó exactamente.


Casi todos los datos e imágenes de este texto proceden de la excelente web Gorillamen, plagada de galerías, textos, documentos y anécdotas. Está algo desordenada, eso sí. Los cuatro profesionales de hoy son, quizá, los más famosos, pero pueden conocer más vidas fascinantes aquí.