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martes, 1 de enero de 2013

Hombres y simios: primates





Yuri Dmítriev, en "El hombre y los animales", hace una interesante reflexión antropológica sobre la relación hombre-animal y dedica no pocos comentarios a las expectativas generadas por descripciones orales tanto como descripciones gráficas de animales, sin embargo, a la hora de demostrar las ansias humanizantes de los artistas muestra este dibujo de un chimpancé (asociado al uso de un bastón, como hemos comentado, erguido, humanizado más en su compostura que en sus formas físicas) y lo contrasta con la imagen siguiente, supuestamente más realista, más actual, menos humanizante. Lo curioso del caso es que el libro de Dmítriev incurre en el error de confundir la imagen de un orangután (pues de un macho adulto se trata) con la anterior de un chimpancé, más precisa como chimpancé por muy humanizada que esté, y escoge por error la imagen de este viejo orangután en actitud amenazante, violenta (algo asociado a lo animal en contraste con lo humano, por paradójico que nos parezca a muchos) más propia por cierto de un chimpancé que de un pacífico orangután, (aunque sin duda el modelo original que posó para la cámara no estaba de buen humor, y el dibujante que copió la imagen no tuvo que tergiversar gran cosa). En todo caso, y más tratándose de un dibujo reproducido en grabado, se trata de una imagen atípica en la iconografía del orangután, aunque no en la del simio como personificación de una bestia humanoide, algo rentable para las ferias ambulantes y circos con fieras que fascinaron e inspiraron a escritores como Edgar Alan Poe relatos en la línea del triple asesinato de la calle Morgue.




Recientemente, se ha difundido en internet la siguiente noticia:






Apuntes de Naturaleza

Los simios también sufren "la crisis de los 40"

Por Thomas Lersch, via Wikimedia CommonsUna cuestión que desata bastante interés en los científicos que se dedican al comportamiento humano es la crisis de la mediana edad, la conocida popularmente como “crisis de los 40”. Lo que sorprende es que ejemplos de este tipo de situaciones se dan a lo largo de todas las épocas de la humanidad y de todas las culturas conocidas. Esto hace pensar que puede tener algún tipo de componente biológico. Segúnun estudio publicado en la prestigiosa revistaPNAS, así es. Al menos en el grupo de los grandes simios.
En realidad no se trata únicamente de la crisis de los cuarenta. La satisfacción que sentimos los seres humanos, así como otros grandes simios como chimpancés u orangutanes, tiene forma de U.Es decir, que presenta un máximo en la juventud y otro en la vejez, y llega a su mínimo durante la parte media de la edad adulta.
Para llegar a estas conclusiones, el equipo de investigación responsable del estudio trabajó bajo un esquema multidisciplinar. Se emplearon estudios de biología del comportamiento, ecología, psicología e incluso economía. Todo ello adaptado a las condiciones de vida de los grandes simios.
A la hora de realizar el estudio, había dos problemas fundamentales que solucionar. En primer lugar, no se puede utilizar el método clásico de realizar una encuesta pormenorizada al individuo y convertir después sus respuestas en valoraciones matemáticas. Y el segundo problema era que, con casi total seguridad, no darían las mismas “respuestas” los animales que viviesen en cautividad y aquellos que permaneciesen en su hábitat natural.
La solución a la que llegaron fue realizar la encuesta a los cuidadores de estos animales en los zoológicos en los que viven, o a los voluntarios y responsables de su conservación en aquellos que viven en santuarios. Se seleccionó con mucho cuidado a aquellos simios que hubiesen establecido una relación estrecha con algún ser humano, y de entre esos a aquellos cuidadores y voluntarios que resultasen fiables.
Una vez analizados los datos, las conclusiones fueron claras. El patrón de satisfacción con nuestra propia vida era constante en todos los grandes simios. Todas las especies y las poblaciones estudiadas mostraban un porcentaje importante de casos en los que la curva de la felicidad tenía forma de U. La edad en la que se llegaba al mínimo era constante, aunque no en número de años. En todos los casos se situaba ligeramente por encima de la mitad de la esperanza de vida, lo que cuadra bastante bien con los cuarenta años en humanos modernos.
Los científicos no han querido descartar que existan componentes económicos y culturales para esta situación en los seres humanos. Pero sí han podido demostrar que existe un componente biológico que facilita el que este hecho se dé.
La explicación biológica que han ofrecido de momento es la siguiente. Durante la juventud estos individuos van ganando prestigio y experiencia, y pasan progresivamente a disfrutar de mayor número de recursos. Pero según van avanzando en su madurez, cumplen con sus roles en las poblaciones y al hacerlo pierden importancia. En el momento en que ya han tenido sus crías – y ayudado a criarlas en las poblaciones en que lo hacen – y comienzan a tener problemas para acceder a los recursos, llegan al mínimo. Tras una etapa de transición y adaptación, son capaces de emplear otro tipo de estrategias y recuperan de nuevo un papel relevante en sus comunidades, lo que les lleva a sentirse más satifechos, completando así la curva en forma de U.
(publicado por José Toledo en Yahoo)

Si volviésemos a usar el rinoceronte de Durero como paradigma de exactitud tanto como de distorsión iconográfica, podríamos volver a deleitarnos con la persistencia del dibujo del maestro alemán en las posteriores representaciones gráficas del animal hasta bien entrado el siglo XIX.
Las expectativas que había generado la existencia del mítico unicornio, unidas a la fascinación por lo insólito, lo monstruoso (por no hablar de lo conspicuamente grande o potencialmente agresivo) fueron responsables del éxito del grabado y sus sucesivas copias que, con más o menos variantes, influyeron incluso en las proporciones, encuadres y postura aplicadas a las ilustraciones de rinocerontes durante cuatrocientos años. Como ya hemos dedicado entradas anteriores a este caso concreto, clásico entre clásicos y por tanto bastante manido, creo que es oportuno mencionar otros ejemplos que me parecen muy llamativos y se me antojan poco comentados, como si nadie se diese cuenta de ello.
Ya he hablado de la anchura de la boca del cachalote, aumentada por los artistas gráficos de toda índole durante años y años (esa persistencia se da hoy en día), y también me he referido al gesto intimidatorio del lenguaje facial de lobos y perros de mostrar los dientes: se ha trasladado gráficamente a especies que no practican ese gesto (como por ejemplo los osos) y se ha añadido colmillos de gran tamaño a serpientes venenosas que carecen de ellos sólo por recordarnos que lo son.
Todos entendemos que los peces se representasen vistos desde arriba (como en un estanque desde un puente) antes de la aparición de los primeros acuarios con paredes de cristal, y es posible que por un motivo parecido los reptiles se hayan representado mayoritariamente de perfil y los anfibios vistos desde arriba, en planta. También es curioso constatar que en innumerables representaciones (incluso en reproducciones detalladas y fidedignas) los anfibios son mostrados boca arriba, mostrando el vientre, tal vez por la preferencia de una atávica atracción por los vientres blandos, sin pelo (como los nuestros) pero carentes de ombligo. Téngase en cuenta que ni siquiera los tritones o las salamandras (al fin y al cabo de morfología básica semejante a la de reptiles como los geckos o las lagartijas) se escapan a ser vistos preferentemente desde arriba.

Hemos mencionado, también en entradas específicas, cierta persistencia en asociar la imagen de los monos y simios antropomorfos a actitudes humanizantes que hiciesen hincapié en el parecido entre la presencia física de dichos primates con la del primate humano, pero, por si a alguien se le había escapado, se da un caso particular que va más allá de asociar a un chimpancé al uso de un palo o un bastón para humanizarlo.
Se trata del curioso caso del orangután.



Pierre Belon provocó el primer revuelo a partir de la analogía anatómica entre el esqueleto humano y el de las aves

En entradas específicas de este blog hemos hablado de la iconografía de los simios antropomorfos, así que no insistiré mucho más en el hecho de que han generado numerosas confusiones a la hora de identificarlos o darles nombre. A menudo se han intercambiado (incluso en libros serios de zoología) las imágenes y los nombres de orangutanes, chimpancés, bonobos y gorilas.



La anatomía comparada de Cuvier tenía en el dibujo a algo más que un aliado para transmitir evidencias sobre los parecidos anatómicos entre las especies antes de que el evolucionismo emparentase a simios y homínidos.


En todos los casos, los más confusos y los más acertados, y sobre todo antes del advenimiento del evolucionismo (antes incluso que la aceptación adaptativa de las teorías de Lamarck) el artista quiere transmitir al espectador algo más que la transcripción de las formas y proporciones del animal al papel, sino que apreciamos un considerable esfuerzo por recalcar el hecho de que ante la presencia real de estas criaturas percibimos por mera empatía una cercanía, un parecido con el ser humano difícil de describir en un dibujo sin una cierta ayuda, hecho constatable especialmente a la hora de representar chimpancés (casi siempre dibujados erguidos o asiendo bastones u otros utensilios). Curiosamente, las noticias de hombres salvajes o selvátivos, bestializados de algún modo por sus hábitos, pero hombres al fin y al cabo, están presentes en prácticamente todas las culturas, seguramente, como ya hemos apuntado, a causa de la persistencia atávica de arquetipos ancestrales provinientes de épocas en las que distintas especies de homínidos compartían biotopo, como ya se ha confirmado con cromagnon y neanderthal y se supone con otras especies diferenciadas.



 
 


















Del orangután, desde Borneo principalmente, llegaban noticias que no lo presentaban como un raro animal, sino como un hombre peculiar, de costumbres selváticas, asociadas a una vida arborícola, y es posible que tras esta espectativa los estudiosos occidentales sólo pudieran tener dos reacciones extremas ante la presencia de los animales:

Por un lado estarían aquellos que esperaban un hombre y descubrían un ser que sólo podían asociar a un animal, parecido a un mono (tópico del animal parecido al hombre), pero animal al fin y al cabo.

Por otro estarían los escépticos e incluso incrédulos que, esperando ver otra cosa, se encontraban ante una criatura a la que veían rasgos de indudable humanidad, o cuando menos hominidad, al igual que de la forma más natural del mundo hacían los aborígenes de Borneo, Java e India. Al fin y al cabo, orangután significa literalmente "hombre del bosque".




 Pues bien: dicha perplejidad, mezcla de empatía y decepción, produce la asociación gráfica del orangután a la rama de los árboles de forma mucho más persistente que en el caso de los otros póngidos. Aunque conocemos reproducciones de dibujos y grabados que muestran chimpancés o gorilas subidos a un árbol o descendiendo de él, todavía sujetos a una rama con una de sus manos, en el caso del orangután, la asociación gráfica parece prácticamente inevitable a lo largo de cientos de años.

 












Imagen estereoscópica de un orangután (puede verse en 3D con gafas de anaglifo rojo-azul)


Ilustración de un gorila que hereda la asociación a las ramas de los árboles propia de la iconografía del orangután
Recreación de los referentes gráficos anteriormenete expuestos en una preparación taxidérmica de una hembra de gorila