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lunes, 18 de julio de 2016

El último cazador y el tilacino como metáfora de la revalorización de lo escaso. La fotografía como trofeo.


En nuestra anterior entrada, en referencia a nuestra propia fascinación por la particular estética de las trampas fotográficas, dejábamos claro que parte del poder evocador de dicha categoría de imágenes fotográficas reside en su inicial falta de pretensiones estéticas, en su mero carácter de registro vestigial de la presencia de ejemplares de especies zoológicas concretas en un pequeño fragmento de un biotopo.
Si además son ojos expertos y observadores los que las contemplan, puede ser que la identificación específica del ejemplar constate la presencia de una especie desconocida y por tanto nueva para el registro científico o que haga lo propio con una especie que se creía desaparecida. Nuestro pequeño chiste visual con la imagen de un dodo hacía referencia a esto y al valor subsiguiente que adquiría dicha imagen, contagiándose de las propiedades de imágenes fotográficas o cinematográficas de dudoso origen que constatarían la existencia de mitos zoológicos o, mejor dicho, criptozoológicos, como el bigfoot, el yeti, el chotacabras o el monstruo del lago Ness.



Son muchos los animales que han desaparecido a lo largo de la historia del hombre, y muchas de estas especies han desaparecido a causa de su presencia o por su intervención directa. Existen ejemplos clásicos que han pervivido en la iconografía, como los leones europeos, los uros y los rinocerontes lanudos o los mamuts, pero han acabado por convertirse en emblemáticos aquellos tan recientes como para haber sido objeto de estudio sistemático y concienzudo registro gráfico por hábiles ilustradores científicos, como es el caso del mencionado dodo, del que podemos contemplar ejemplares taxidermizados en plena efervescencia colonial victoriana. No obstante, son aquellas especies desaparecidas después de haber ofrecido registro fotográfico las que más alimentan la revalorización inquietante de sus imágenes ya tan reales como fantasmales, y creo no equivocarme al afirmar (como he hecho en otras ocasiones) que el cabeza de esta lista sería el Tilacino, también conocido como Lobo o Tigre de Tasmania.



Este depredador marsupial fue objeto de caza indiscriminada y persecución despiadada hasta que casi se tuvo la certeza de que los últimos ejemplares vivían en cautividad. Las filmaciones del último ejemplar vivo en un zoológico son especialmente conmovedoras, tanto por la peculiar e inconfundible estampa del animal como por la práctica certeza de hallarse ante el último vestigio del aspecto en vida del mismo.
Recientemente, decíamos también en nuestro anterior comentario, algunos medios se hacían eco del registro fotográfico de algún ejemplar de lobo de Tasmania llevado a cabo por cámaras trampa, lo cual nos lleva a reflexionar sobre el poder de las fotografías para verificar o no un hecho de la historia natural.
De entrada tendríamos que referirnos al poder evocador de las piezas de un rompecabezas incompleto, de la realidad fragmentada y refragmentada a la que ya aludimos en un comentario específico sobre teoría fotográfica, tal y como los artistas del Renacimiento evocaban un pasado de perfección técnica ante el hallazgo de sugerentes fragmentos escultóricos de la antigüedad clásica. La fotografía fragmenta la realidad. Lo hace a través de encuadres no condicionados por premisas heredadas del dibujo o de la pintura. El encuadre de una foto precipitada o bien obra de un fotógrafo inexperto puede romper ciertas normas estilísticas pero también dota de cierto realismo añadido al resultado añadido, y, por tanto, deviene en recurso estilístico, como la particular estética de las cámaras de 16mm propias de los reporteros a la que recurrió Spielberg para dotar de crudeza su versión del desembarco de Normandía en "Salvar al soldado Ryan", por citar un ejemplo reciente y bien conocido. El disparo casual, casi accidental de las cámaras trampa da resultados muy expresivos desde un punto de vista narrativo, ya que funcionan con metonimias visuales que nos dan una parte por el todo, y nuestra percepción reconstruye y ubica lo que falta, dejando el resto a nuestra imaginación. No creo necesario reincidir sobre la eficacia de dicho recurso en el medio cinematográfico con ejemplos tan memorables como "Tiburón", del mismo Spielberg, en donde encontramos encuadres entre dos aguas sin poder ver la amenaza, o mediante índices como la aleta rasgando la superficie del agua o los famosos barriles amarillos de flotación. Menos es más. La economía visual busca narrar con rapidez, y encontramos claros ejemplos en el mundo del cómic y su persistencia en caracterizar a sus personajes principales de forma icónicamente característica para reconocerlos aunque no los veamos al completo. El éxito de los superhéroes de vistosos disfraces se basaba un poco en esto. Basta ver una mano enguantada de Spider-man para saber de su presencia, y, al mismo tiempo, una presencia fraccionada también puede servir para lo contrario: abrir expectativas y sembrar dudas.


No estoy seguro acerca del origen de la imagen que ilustra el inicio de este artículo, pero diría que se ha fitrado del archivo de producción de "El último Cazador", de Daniel Nettheim.

Fotograma de "El último cazador", de Daniel Nettheim

En próximas entradas dedicaremos más espacio a comentar esta película en profundidad, junto con otras que han reclamado nuestra atención desde nuestra perspectiva crítica del arte antrozoológico, pero ahora basta con que os ofrezcamos, además de referencias visuales del film, entre las cuales un fotograma de la más que aceptable recreación digital del animal, un recopilatorio de las fotos y filmaciones auténticas que he podido extraer de la red. Como la especie se dio por extinta a principios del siglo XX el material es muy limitado y por ello especialmente atractivo, y, al fin y al cabo, de eso nos habla la película protagonizada por Wilhem Dafoe, de la revalorización de lo escaso y del peligro que ello supone para los bienes naturales y biológicos, que se contagia a todos sus vestigios directos, incluidas las fotografías y las películas.
Recordemos que, pese a la triste masacre, muchos ejemplares disecados han llegado a nuestros días, y ya sabemos que taxidermia y fotografía comparten ciertos rasgos y a menudo son cómplices en recreaciones aparentemente realistas como registro documental. La imagen de la polémica está cortada, no muestra entero al animal, pero acaba de concordar con los registros incompletos de este tipo de cámaras, que suelen ofrecer más de una imagen.
Steve Winter
Ya hemos constatado como, en ocasiones, y gracias al trabajo de excelentes profesionales técnica y artísticamente aventajados, un registro parcial o fragmentado de una especie reconocible es más conmovedor o emocionante que una foto clara y perfectamente encuadrada del animal al completo. No se me ocurre mejor ejemplo que cierta foto de un jaguar del archivo de Steve Winter a no ser aquel glotón (wolverine) desenfocado por su propio movimiento en uno de los célebres trabajos de George Shiras.
George Shiras
Evidentemente, otra de las pistas que nos da la imagen que motiva nuestra reflexión de hoy es que es en color, lo que la sitúa en el tiempo con posterioridad a los procesos en blanco y negro propios de la época en la que aún no se había dado por desaparecido al tilacino, cosa que resulta llamativa para los iniciados, con lo que comprobamos que existe toda una codificación alrededor de la interpretación de cualquier imagen, especialmente de origen mecánico.
En fin. Como este blog no es más que una especie de bloc de notas de quien lo suscribe, una especie de recurso mnemotécnico para mis elucubraciones, no voy a hacer más comentarios que al menos a mí me parcen obvios y que los escasos seguidores fieles a buen seguro también lo harán. A los demás confío en haber despertado vuestra curiosidad y la oportunidad de acceder a todo un recopilatorio icnográfico sobre el tilacino en un mismo sitio.

Mafa Alborés







































https://youtu.be/1KQty63ZyB0

http://www.imdb.com/title/tt1703148/










La fascinación por lo extinto y el ejemplo del mamut en plena guerra germano-rusa