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miércoles, 21 de marzo de 2018

los monstruos y los hombres anfibios...y Doug Jones




Ofrecemos hoy una pequeña reflexión sobre los principales temas de interés implícitos en las manifestaciones artísticas que especulan con criaturas fantásticas y criptozoológicas, para hacer hincapié en los híbridos humano-animal y muy especialmente en los anfibios, el híbrido biológico por excelencia.

Además, queremos rendir nuestro particular homenaje a aquellos intérpretes, actores especializados o especialistas de ocasión, que han encarnado a algunas de estas criaturas más relevantes, y, al hilo de la actualidad y del éxito de "La Forma del Agua" de Guillermo del Toro, resaltar la figura de Doug Jones, uno de los artífices en el renacer de los buenos disfraces de monstruo con señor dentro.

Si hemos de buscar referentes entre nuestros propios contenidos acerca de este tipo de trabajos artísticos tan especializados, os recomendamos que visitéis nuestras siguientes entradas:


El hombre tras la máscara de mono. Rick Baker y el tránsito de los efectos manuales a los digitales

Gorila rapta moza (escultura de Emmanuel Frémiet) y Charles Gemora como pionero de los profesionales del traje de gorila.

De todos modos, siempre es posible que abordemos cuestiones comunes en artículos al respecto de la importancia de la anatomía comparada como fuente de inspiración de trabajos artísticos. En cuanto a los límites entre animales antropomorfos y personajes zoomorfos, ya dimos cuenta de ello en nuestra página La imagen del mono, todavía hoy una de las más consultadas en nuestro blog, y en la página específicamente dedicada a animalidad y parecido.

Ya en otras ocasiones hemos mencionado nuestra personal simpatía por la persistencia icónica y el más que aceptable naturalismo de la criatura de la laguna negra, en el clásico de cine de serie B dirigido por Jack Arnold, y conocido en nuestro país como "La mujer y el monstruo", significativo título opcional que nos remite al viejo tema de la bella y la bestia, recurrente donde los haya y uno de los más estudiables aspectos de la antrozoología del arte.

Así lo hemos hecho constar en nuestro propio repaso a ejemplos de manifestaciones etiquetables como nuevos casos de Bellas y Bestias en el arte. Incluso hemos observado de forma más específica este trasunto temático en cuanto a bestias marinas se refiere, por la particular simbología que asocia mujer con agua.

Cuando el recurso más inmediato para mostrar un monstruo es aprovecharse de su antropomorfismo para justificar un disfraz llevado por un humano, suele ocurrir que hay ciertos aspectos excesivamente forzados o poco verosímiles que delatan la torpe presencia de una persona en el interior del traje. No obstante, hay casos loables de criaturas creíbles y fascinantes por su coherencia anatómica, por saber camuflar la estructura humana subyacente o por hacer creíbles sus proporciones y motricidad gracias a la interpretación física, motriz, del actor bajo el disfraz. Tanto los aspectos técnicos acerca de los materiales empleados (sus acabados y texturas, sus detalles o su observación concienzuda de la anatomía comparada) como los que atañen a las habilidades gestuales e interpretativas del actor se han ido sofisticando a lo largo de la historia del cine, y existen casos notables e influyentes, como sin duda lo es la criatura de la Laguna Negra, el Alien de Giger o el inolvidable rostro de Predator.

Entender simultáneamente las posibilidades expresivas y sugestivas de la fotografía y la puesta en escena dramática es primordial en la producción cinematográfica, y el tráfico de influencias entre ilustradores literarios, dibujantes de cómic y artistas conceptuales de cine ha sido constante. A menudo, también es cierto que la ocultación y la visión fraccionada han demostrado ser más efectivas que la exhibición plena de las criaturas que focalizan la atención del público, y aunque son medios diferentes con sus propios recursos, es interesante observar hasta qué extremo un buen estudio creativo previo suele producir resultados interesantes en diversos ámbitos de la dirección artística de una película, desde la estrictamente cinematográfica hasta la conceptual, que suele incluir el diseño gráfico e ilustrativo de los carteles promocionales e imágenes publicitarias.

En este sentido, el arte gráfico y posters por Reynold Brown para la película "Creature from the Black Lagoon" se preocupan por anticipar no sólo la más o menos sorprendente o creíble criatura, sino los fondos submarinos y los puntos de vista subjetivos y contrapicados bajo el agua, que sin duda nos recuerdan su influencia en los célebre planos iniciales de "Tiburón" de Spielberg.

Otro aliciente de los carteles de películas de bajo presupuesto en blanco y negro de los años 50 y 60, cuando rodar en blanco y negro era una opción barata a la par que sobria o artística (en los 80 era una elección cara, además de una declaración de principios) radica, como en las portadas de los libros pulp y los cómics a una tinta, en la posibilidad de ofrecer al lector o al espectador de imaginar una atmósfera, una puesta en escena cromática y emotiva para proyectar sobre su propio recuerdo de la historia.

La estética fotorrealista es inevitable, pero las convenciones compositivas de la ilustración y del cómic siguen estando presentes. A menudo, no obstante, los recursos gráficos y expresivos de los ilustradores especalizados conseguían optimizar la coherente integración de las criaturas fantásticas con su entorno, supuestamente una recreación más o menos exacta del mundo real, cosa más difícil de mantener en una dramatización filmada en movimiento, y lo cierto es que incluso en dichas circunstancias el público se vió seducido por el aceptable realismo del monstruo.

Dudo que sea casual la elección de criaturas cercanas a los peces, los anfibios o los reptiles, sencillamente porque el látex y los materiales más recurrentes en otros tipos de prótesis para caracterizaciones y maquillajes especiales ofrecen una textura aceptablemente creíble de sus pieles.


La criatura fue diseñada por Milicent Patrick, aunque no figurase en los créditos, y supone no sólo una interesante propuesta en su diseño básico, sino que consigue materializarse en un traje que posibilita una integración más que aceptable con quien lo viste, tal vez por observar con cierto detenimiento la disposición de estructuras externas de diversas especies animales. Recordad que Cuvier fué el padre de la anatomía comparada, pero sin duda lo fué gracias a sus dotes como dibujante y su minuciosa observación de los elementos que conforman un organismo vivo en analogía con otros. La observación del artista y la del naturalista no son dispares, sino cómplices.

James Curtis Havens dirigió las escenas subacuáticas, asesorado por el buceador jefe James R. Wolfe. 
El relativamente reciente desarrollo de los equipos de buceo autónomos habían facilitado las filmaciones subacuáticas y el público agradecía la pericia técnica demostrada aún sin ser excesivamente conscientes de ello. Ver al anfibio antropomorfo moverse con naturalidad en el agua en auténticas tomas subacuáticas le otorgaba un plus de realismo que daba empaque a la modesta producción.

Los buceadores especializados en este tipo de filmaciones fueron importantes no sólo para fotografiar las escenas, sino como asistentes de rodaje y, cómo no, para interpretar al espécimen en su medio natural.


era quien se vestía de la criatura bajo el agua, como experto buceador, y asumiendo el disfraz como un peculiar traje de buceo, consiguió aportar una cierta naturalidad a los movimientos del ser anfibio.

Sin embargo desde nuestra actual perspectiva acostumbrada a efectos digitales cada vez más convincentes, no podemos evitar apreciar que, para ser un animal acuático, se mueve con menos agilidad que Johnny Weismuller interpretando a Tarzán, quien resulta patéticamente lento ante los movimientos de una foca o un delfín. Estos son sin duda los referentes cinéticos para las sirenas de algunas producciones recientes, como la cuarta entrega de Piratas del Caribe o el ya clásico falso documental sobre sirenas de Discovery Channel.

Dudo que el film hubiese alcanzado tal persistencia evocadora en la memoria de los cinéfilos más o menos exigentes si no fuese por las tomas subacuáticas y determinados encuadres encaminados a ejercer de representaciones icónicas de percepciones sensoriales no visuales, aludiendo a lo que está oculto bajo el agua. Otro antecedente de las célebres tomas de Spielberg para "Tiburón" (nos referimos especialmente a su acertado uso de las tomas con la cámara semisumergida entre los elementos aéreo y acuático para acentuar la sensación de indefensión) es aquel que muestra las piernas de la mujer sumergidas en el agua mientras el resto de su cuerpo queda fuera de plano, conectando al espectador, en un curioso bucle invertido, con la sensación de no ver nuestros propios pies y aumentar nuestras expectación respecto a cualquier sensación táctil, siempre inquietante y ambigua. Por si fuera poco, el plano ofrece simultáneamente dos extremos escópicos de los que consideramos bello o feo: las piernas como camino al objeto sexual (sumergido además en su símbolo primigenio, el agua) y convertidas en objeto de deseo y goce estético, yuxtapuestas a una figura claramente humanoide (una alerta atávica para nuestra percepción) pero con rasgos diferenciales que la confirman como peligro inminente, lo que al fin y al cabo no hace sino ilustrar un determinado estado de las cosas en la cultura que contextualiza el consumo de este tipo de producciones cinematográficas en una época determinada.



Ben Chapman llevaba el traje del Gillman (algo así como hombre-branquia en inglés) cuando éste se movía fuera del agua. Recomendamos la entrevista que le hace Bob Gourley en Chaos Control Digicine.
Lo curioso es que Chapman era un experto buceador al igual que Ricou Browning, y estaba habituado a trabajos de este tipo, pero se limitó a las escenas no sumergidas. En las secuelas de las películas, Chapman no repitió, pero sí Browning, que buceó con el traje en todas ellas. Teniendo en cuenta que la gomaespuma y el neopreno son los materiales habituales de los trajes de bueceo, Chapman afirma que era relativamente cómodo y no excesivamente pesado, sobre todo en seco. No sólo el monstruo tenía un doble para las escenas subacuáticas. Todos los actores principales con escenas bajo el agua eran sustituídos por buceadores expertos, incluída la protagonista femenina.

En busca de una inmersión sensorial mayor, la película fue rodada originalmente con dos cámaras en sistema esteroscópico para su visionado en 3D, algo por otra parte típicamnete representativo de los años 50, cuando el cine buscaba alternativas comerciales para imponerse a la televisión, y aunque se trataba del sistema en anaglifo (filtros rojo-azul) un tanto crítico para producciones en color, no deja de ser el antecedente de las modernas proyecciones dobles polarizadas para imponerse a la menor espectacularidad de internet y los sitemas de visionado domésticos.

Chapman y Browning nos recuerdan que existen intérpretes olvidados en la historia del cine, basándose en que eran meros instrumentos y que bajo el disfraz podría haber estado cualquiera. No obstante, la celebridad y el prestigio de otros actores indiscutiblemente genuinos, como Boris Karloff o Lon Chaney no se vió obstaculizada por el hecho de poseer físicos peculiares o habituarse al uso de prótesis y caracterizaciones extremas.

Con el paso del tiempo, nos hemos acostumbrado a que algunos actores especializados en escenas de acción o en caracterizaciones extremas hayan accedido a trabajos de interpretación más convencionales, pero también existen casos peculiares de actores habituados a vestir trajes pautados para la lectura digital de los movimientos de un personaje prediseñado (el ejemplo más célebre tal vez sea Andy Serkis en colaboración con Peter Jackson) y de actores que tienen percha y aptitudes mímicas i dramáticas para incorporar personajes tan escultóricos y premodelados como el anfibio de la Laguna Negra. Y, gracias a la colaboración con un talento creativo como Guillermo del Toro, el ejemplo más notable de la actualidad es sin duda Doug Jones. Llegados a este punto hemos de decir que las dotes como escritor y cineasta se deben especialmente a su avidez como espectador y lector de cómics y fantasía, fascinado por lo monstruoso de una forma que él mismo califica de antropológica. Su gusto por estéticas clásicas y decimonónicas lo acerca o lo que se denominaría steampunk, y desde su primer largometraje, "Cronos", dejó claro que quería abordar los terrores y especulaciones fantacientíficas de siempre con recursos estéticos de siempre, pero sólo con la inteción de renovarlos y exprimirlos hasta el extremo.

En el universo fantástico de Guillermo del Toro abundan los monstruos fantásticos y las fantasías criptozoológicas y feéricas, los acercamientos a temáticas esotéricas y el gusto por la estética de las manifestaciones artísticas que han ilustrado la historia natural hasta nuestros días, como las referencias a la entomología de "Mimic", que se aprovecha de la ancestral aversión a los insectos y artrópodos en general. Vreemos sinceramente que ha enriquecido el universo creado por Mike Mignola para "Hell Boy", y en ambas películas de la saga ha contado con la inestimable colaboración del equipo artístico de Rick Baker para la recreación plástica del personaje principal, magníficamente interpretado por Ron Perlman, un caso de actor de físico peculiar que ha sabido mantener la presencia de su rostro y su carisma incluso bajo la piel de la Bestia de la serie televisiva, incorporando al neanderthal de "En busca del fuego" de Annaud o convirtiéndose en el entrañable aunque inquietante jorobado de "El nombre de la rosa" del mismo director.

En "Hell Boy", Mignola y del Toro dan rienda suelta a su imaginación y el director sabe sacar partido al talento de los artistas especializados que recrean escenografías, maquinaria steampunk y criaturas criptozoológicas de arrebatadora presencia.

Una de ellas es el personaje de Abe Sapiens interpretado por Doug Jones, con una caracterización sin duda inspirada por la criatura anfibia de la Laguna Negra. El resultado es excelente, y la colaboración de Noé Serrano como escultor y modelista hiperrealista incluso mejora los resultados de Baker en la segunda entrega.

De todos modos, Serrano y el propio Jones consiguen materializar criaturas tan fascinantes como todas las aparecidas en "El Laberinto del Fauno", amén de todas las que aparecen en las dos películas de "Hell Boy" con un estilo peculiar e influyente, y las aptitudes de Doug Jones para ejercer de titiritero virtuoso desde el interior de estas sofisticadas marionetas son realmente loables. , y aun alarde de virtuosismo actoral y mímico, Doug Jones ha sabido habituarse a las dificultades técnicas impuestas por tan sofisticados disfraces y ha aportado una expresividad fascinante a todas estas incorporaciones.
Qué duda cabe que el cómic fantástico ha influido poderosamente en la obra de muchos cineastas del género, pero la influencia ha sido mutua, y creciente relismo de los ilustradores contemporáneos, auspiciado por los avances y abaratamientos de los procesos de impresión en color. Todo ello ha facilitado que muchas viñetas contempráneas posean un peculiar realismo fotográfico que las asemeja poderosamente a fotogramas de películas del mismo género, y viceversa. Resulta emblemática la magnífica colaboración entre el guionista Kurt Busiek y el artista gráfico Alex Ross (la mejor expresión del estilo más clásico en combinación con unos recursos pictóricos frescos pero rabisamente fotorrealista) para evocar la verosimilitud histórica y documental de las principales sagas de superhéroes de Marvel en "Marvels", una especie de tesis doctoral sobre el género comparable a los "Watchmen" de Moore y Gibbons, y simultáneamente una obra maestra del arte gráfico.

Curiosamente, en el caso de Hell Boy, las referencias gráficas originales de Mignola son indudablemente personales, sugerentes y de gran calidad técnica y compositiva, pero su estilo es muy de papel, muy entregado a los rasgos propios de la historia del medio.

 Está más cercano Roy Crane o a Hugo Pratt que a cualquier manierista manifistación de alardes técnicos, y sin embargo los resultados obtenidos en la versión cinematográfica transpiran el original pese a una decidida adaptación estilística dispuesta a convertirlos en algo aparentemente posible en el mundo real. La fábrica de sueños asume su papel.

Los diseños de las criaturas del universo de del Toro son minuciosos y buscan la aceptación del público más exigente, conscientes de que los avances de los efectos especiales y los sistemas de registro óptico han llegado también a los audiovisuales documentales y de divulgación científica. También lo son de que dichas producciones han proliferado tanto como los canales temáticos y la televisión por cable, que han generado un público amplio con muchas más referencias de carácter científico.

La zoología y las ciencias naturales ya no son sólo leídas u observadas en evocadoras láminas ilustradas, o en filmaciones más o menos prosaicas de animales en acción. Hemos podido ser testigos de los movimientos de las plantas, del interior de los seres vivos, de su cercanía escópica, de sus espectacular interacción con el medio natural. Hemos observado rasgos anatómicos sorprendentes desde la perspectiva de la lógica evolutiva, de la adaptación al medio, y nos hemos seguido dejando seducir por nuestra subjetiva apreciación de lo que la expresividad resultante de las criaturas vivas nos sugiere. La perspectiva sugerida por la ciencia, aunque apasionada y vocacionalmente inspirada por la atracción o la repulsión emocional a lo diferencial, a lo monstruoso, ha acabado por imponer una cierta imparcialida opcional.

La criatura de la Laguna Negra inspira temor, no curiosidad o fascinación naturalista, en la época en que se produjo. Podemos constatar que algo ha cambiado culturalmente con el creciente advenimiento de ecologistas, animalistas y neodarwinistas que contemplan la belleza de cualquier criatura viva, digna por tanto de ser protegida y respetada. La gran diferencia entre Abe Sapiens y el monstruo de la Laguna Negra es que ejercen papeles totalmente diferentes, aunque la simpatía y complicidad inspiradas por Sapiens se amparan en una integración del espectador en el particular y exclusivo mundo de sus protagonistas.
 
El tono adoptado para "La Forma del Agua" es ambivalente, puesto que aún partiendo de la inquietud y el desasosiego, opta por la vía de la empatía con los demás seres vivientes en términos de semejanza. No obstante, para conmocionar a todo aquél que siga obsesionado por el temor a lo extraño que se antoja monstruoso, o lo despreciablemente animal con actitud antropocentrista, del Toro ofrece situaciones de ambigua interpretación, donde el miedo y el peligro se siguen respirando en el ambiente, de hecho de forma mucho más rotunda y sangrienta que en su precedente.



En su reciente éxito "La Forma del Agua", Guillermo del Toro replantea metafóricamente nuestra relación con el mundo natural, ya no tan lejano del espiritual, y nos cuenta un cuento de corte clásico con nuevos matices. Los acabados y dispositivos del disfraz utilizado por Doug Jones son estudiadamente sofisticados y tremendamente observadores de cómo sería un bípedo acuático si hubiese evolucionado realmente (recordemos por ejemplo la hipótesis planteada por la teoría evolutiva del primate acuático para justificar nuestro bipedismo y nuestra alopecia corporal). Las membranas interdigitales, los dobles párpados subacuáticos inspirados por reptiles de vida anfibia, las branquias y en general todos los rasgos físicos de la criatura son excelentes remedos de todo lo que el monstruo de los 50s había mostrado. Los movimientos fuera y dentro del agua ofrecen una naturalidad notable, pero además persiguen una empatía que han de compartir espectador y actriz protagonista (impagable Sally Hawkins) hasta llegar al paroxismo histriónicamente delicioso del onírico número musical en el que Jones acomete la danza o los números circenses con una eficacia hipnótica bajo su apariencia de animalidad alternativa.

Supongo que del mismo modo que las modelos y los modelos de pasarela son seleccionados por sus proporciones físicas como percha viviente de los ropajes que han de exhibir, asimismo los actores como Doug Jones, se ven beneficiados por ciertos rasgos físicos que los hacen soportes ideales de las prótesis y caracterizaciones físicas que incorporan. Su complexión extremadamente delgada y angulosa lo convierten casi en un esqueleto viviente que no distorsiona la estilizacion de las capas añadidas a su cuerpo, incluso en lo que a su rostro se refiere, facilitando que las proporciones no se vean forzadas por la invitable adpatación a una anatomía más prominente o robusta.

Con ese rostro que nos recuerda a una extraña mezcla entre Paul Bettany (con quien, por cierto, coincidió en el rodaje de "Legion") y Jim Parsons (recomiendo repasar nuestras reflexiones sobre los naturalistas de ficción y la interpretación del Dr Maturin por parte de Bettany -no podemos evitar imaginar que Jones sería un buen Maturin incorporando comportamientos propios de Sheldon Cooper al personaje-).



La especialización de Jones en incorporar personajes con caracterizaciones y maquillajes complejos incluye la capacitación a moverse por el espacio escénico memorizándolo por hacerlo prácticamente a ciegas o con una visión y una audición limitadas por por las capas de maquillaje y de prótesis, aunque también ha llevado trajes con marcas referenciales para mover personajes virtualea prediseñados, a la manera en Andy Jerkis interpretó a Gollum en la saga del Hobbit y El Señor de los Anillos, o al King Kong que interacciona con Naomi Watts en la versión de Peter Jackson.

Tras estudiar en una escuela católica de Indianápolis, Doug Jones se graduó en Telecomunicaciones y Teatro en la Universidad Ball State de Muncie (Indiana), en 1982. Allí se unió también por primera vez a una compañía de mimos, llamada Mime over Matter. En 1983 trabajó como contorsionista para diversos anuncios televisivos, entre ellos aquél en el que hizo su debut el personaje Mac Tonight de McDonald's.


En 1985 trasladó su residencia a California, donde permanece desde entonces y ha participado en unos 25 largometrajes, series televisivas como Buffy Cazavampiros, cerca de 90 anuncios y varios vídeos musicales de artistas como Madonna, Red Hot Chili Peppers y Marilyn Manson. No obstante, no alcanzó gran notoriedad hasta el estreno de Hellboy (2004), en el que daba vida al hombre-pez Abraham "Abe" Sapien.






Durante el rodaje de Hellboy, entabló amistad con el director mexicano Guillermo del Toro, con el que trabajó en su siguiente proyecto, El laberinto del fauno, primera película en lengua no inglesa de Doug Jones. Aunque Jones aprendió un cierto nivel de español durante el rodaje, finalmente se decidió que en la versión final de la película fuese doblado.

Entre sus proyectos recientes se encuentran las dos entregas de Hellboy y la secuela de Los 4 fantásticos, donde encarna a Silver Surfer en movimientos, ya que la voz la recrea otro actor (Laurence Fishburne). Jones fue elegido para protagonizar un spin-off de Silver Surfer. Cuando se reinició la franquicia de Los Cuatro Fantásticos, decidieron cancelar la película.
Participó en la serie Falling Skies, para TNT, en el personaje del líder alienígena de la raza Volm llamado "Cochise".1​ En 2014, Jones apareció como Barrow en la serie de MTV Teen Wolf.2​



Doug Jones es también un productor de cine independiente y un cantautor aficionado. Está casado y tiene su residencia en Los Ángeles.
En 2015 dio vida a Jake Simmons/Deathbolt, el primer metahumano en debutar en la serie Arrow en su tercera temporada.
En 2017 formó parte del reparto de Star Trek: Discovery, interpretando al oficial científico y teniente Saru.
En 2018 interpretó al hombre anfibio en La forma del agua, de Guillermo Del Toro.

Películas

Año Título Rol Notas
1992 Batman Returns Thin Clown
1993 El retorno de las brujas Billy Butcherson
1995 Tank Girl Ripper adicional
1997 Mimic Long John #2
2000 Las aventuras de Rocky y Bullwinkle FBI Agent - Carrot
2001 Monkeybone Yeti
2002 La máquina del tiempo Spy Morlock
2002 Hombres de negro II Joey
2002 Adaptation Augustus Margary
2004 Hellboy Abe Sapien
2005 Doom Carmack Imp / Sewer Imp
2005 The Cabinet of Dr. Caligari Cesare
2006 Lady in the Water Tartutic #4
2006 El Laberinto del Fauno Fauno y el hombre pálido
2006 Hellboy: Sword of Storms Abe Sapien (Voz)
2007 Hellboy: Blood and Iron Abe Sapien (Voz)
2007 Los 4 Fantásticos y Silver Surfer Silver Surfer
2008 Quarantine Hombre delgado
2008 Hellboy 2: el ejército dorado Abe Sapien
2009 My Name Is Jerry Jerry
2010 The Butterfly Circus Otto (Cortometraje)
2010 Legion Ice Cream Man
2010 Quantum Quest: A Cassini Space Odyssey Zero / Razer (Voces)
2010 Gainsbourg: A Heroic Life Dr. Albert
2012 John Dies at the End Robert North
2012 Vecinos cercanos del tercer tipo Extraterrestre principal
2013 Raze Joseph
2014 Love in the Time of Monsters Dr. Lincoln
2014 Antiviral

2015 Always Watching: Marble Hornets Story Slender Man
2015 La cumbre escarlata Fantasma de la madre de Edith y de la viuda señora Sharpe
2016 Ouija 2

2017 Nunca digas su nombre The Bye Bye Man
2017 La forma del agua Hombre anfibio

Televisión
























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 Escenografía cinematográfica y trampantojos fotográficos. Del concept art pictórico a la ilusión visual.

Y se hizo la luz. Fetichismo tecnológico de la fotografía al cine.

 La imagen del mono: un problema de apariencias y semejanzas

 

http://mafa-elanimalinvisible.blogspot.com.es/search/label/bellas%20y%20bestias

http://mafa-elanimalinvisible.blogspot.com.es/search?q=bellas+y+bestias

lunes, 17 de noviembre de 2014

Gorila rapta moza (escultura de Emmanuel Frémiet) y Charles Gemora como pionero de los profesionales del traje de gorila.




Un extracto de El Blog Ausente, un curioso espacio cultural y literario on line, me sirve de excusa para completar un poco más la página dedicada a la iconografía de simios, monos, primates y bestias antropomorfas con un par de artículos realmente jugosos.
Uno de ellos es el aparecido en el mencionado blog, acerca de los pioneros en disfrazarse convincentemente de simio para el cine (tema que ya hemos tratado en nuestra propia página, de la que disponéis también en el texto original de mis propios trabajos sobre el tema) y el otro, tal vez más serio y sesudo metodológicamente desde un punto de vista académico, está firmado por Juan Requena en Marzo de 2010 y es, a mi juicio, notable. Lo cierto es que sólo reproduzco aquí una parte del artículo completo, que constituye una observación profusa del contexto histórico, social, cultural y científico de la obra literaria de Arthur Conan Doyle a través de su emblemático personaje Sherlock Holmes. Recomiendo desde aquí su lectura completa, y comprenderéis que me reserve para "La Voz del Animal Invisible" tan sólo el extracto bajo el epígrafe "La involución de las especies", una interesante reflexión sobre la coincidencia del advenimiento de las teorías de Russell Wallace y Darwin con el de las obras literarias de Stevenson ("El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hide") y otros autores influídos por los avances en anatomía comparada y otras áreas de las ciencias naturales, tan influyentes en la obras del propio Conan Doyle y sus coetáneos, que se se hicieron sitio en el imaginario popular gracias a la fascinación recíproca patente en las obras de artistas plásticos de toda índole, como es el caso del escultor Emmanuel Frémiet (1824-1910) a quien Requena hace referencia.


No he podido evitar completar la información que facilita Requena con unas cuantas imágenes más de obras de Frémiet, que estuvo vinculado a trabajos de divulgación científica (reproducción de litografías de osteología zoológica) y al estudio de la anatomía comparada de la que el mismísimo Cuvier fue pionero gracias, precisamente, a sus dotes para el dibujo. Los artistas han sido los responsables de la observación detallada de las características físicas de los animales, y sus aciertos, como sus errores, se han propagado entre las imágenes que han sustentado el saber popular.
Ya hemos comentado que, incluso antes de la polémica irrupción de las teorías de Darwin en la cultura victoriana, la cultura occidental, desde la antigüedad, ya había observado las analogías entre humanos y demás primates, cuyo parentesco era conocido, cuando menos, de forma intuitiva. El considerar a los simios (el propio Requena cae en el frecuente error de atribuir a los monos -de forma confusa con otros primates, incluídos nuestros parientes simios- la categoría de antepasados de los humanos, cosa que no es cierta y que Darwin jamás afirmó) como una especie de forma primitiva de los seres humanos serviría para categorizarlos desde los más "animalizados" o inferiores hasta los "superiores", civilizados y dignos de dominar a los salvajes, dominados por sus más básicos instintos, entre los cuales la lujuria constituía la prueba más feaciente de su derrota de la razón por dichos instintos.
Ya hemos comentado que incluso se buscó en los rasgos físicos tradicionalmente asociados al apetito sexual, vía superestímulo cultural, han servido como pretexto para atribuir mayor "bestialidad" a las razas humanas a las que se quería considerar inferiores para despejar de dudas morales el derecho a su despiadada explotación. El prominente tamaño de senos y nalgas de ciertas razas negroides dieron lugar a casos tan conocidos como el de la Venus Hotentote, y todavía hoy en día se ironiza sobre el mayor tamaño del pene de estas razas como un signo de involución (cosa no solamente falsa, sino contradictoria con el mayor tamaño del pene humano con respecto al de los demás primates, especialmente los grandes simios). Los mitos generados por las imágenes de grandes simios como monstruos humanoides asimilables a los faunos y sátiros de la antigüedad, medio humanos, medio animales (como si hubiese incompatibilidad en ser ambas cosas) daba pie a la fantasía para imaginar morbosas escenas de agresión sexual como la que reproduce de modo poco disimulado la famosa escultura de Frémiet. La cosa se pone peor si, siendo buenos observadores de la precisa anatomía del animal reproducido por el escultor, constatamos que se trata de una hembra, y no de un macho, de modo que la zoofilia (en realidad antropofilia, desde el punto de vista del simio, si nos ponemos exigentes) adquiere matices claramente lésbicos. De hecho, como podemos leer en el artículo, bien documentado, de Requena, tal aclaración se llegó a explicitar para suavizar la pretendida carga erótica de un precedente en yeso de la obra en su momento. Como se aclara en el texto, en esta primera obra, que reproducimos desde diferentes ángulos junto a nuestras líneas, disimulaba un tanto la violación implícita por la actitud pasiva de la figura femenina, castamente cubierta con una túnica.



Lo que resulta curioso es que, pese a la exactitud anatómica de las obras de Frémiet, diligente observador de los grandes simios en cautividad, su preferencia por el efectismo truculento hacía que sus criaturas apareciesen en sus obras sólo como encarnación de la violencia y la desmesura sexual, dando soporte a una imaginería ambientada en tierras exóticas que justificaban la bella desnudez de sus figuras humanas, excusadas por su salvajismo, que, como en la imaginería religiosa, proyectaban en su retorcido dolor, en su manierista sufrimimiento, el mismo rostro y expresión corporal que en el éxtasis sexual, a la vez que solapaban cierta lección moral en la imagen bestializada del agresor.

Sea como fuere, de lo que no cabe duda es que las excelentes dotes técnicas del escultor, y sus profundos conocimientos de la anatomía y la biomecánica de gorilas y orangutanes sólo se ponían al servicio de una negativa y agresiva imagen de estas generalmente pacíficas criaturas. El propio Juan Requena nos recuerda que tanto Linné como Buffon, a la hora de clasificar al orangután, lo asociaron etimológicamente con los sátiros de la antigüedad, y la escultura de Frémiet de un "Orangután estrangulando a un indígena de Borneo" no es más que una prolongación de tan turbias y violentas expectativas.


https://belakarloff221b.wordpress.com/2011/08/24/estudio-en-negro/
©  2010

La involución de las especies: Gorila raptando a una mujer y «El hombre que se arrastraba».
Símbolo de la materia y la sensualidad o imagen del mismo Diablo —torpe imita­dor de Dios—, el mico ha venido asociado desde el Medievo a la caída del hombre y a la entrada del pecado y la muerte en su existencia.

     Representado con un fruto en la mano o triste­mente encadenado, el mono, paro­dia del ser humano y espejo de sus defectos, figura al hombre esclavizado por sus apetitos más elementales, cuando no encarna a las fuerzas instintivas y no controladas del inconsciente que acechan en la os­curidad, como el visitante noc­turno de figura si­miesca sentado sobre el pecho de una mujer dor­mida en La pe­sadilla de Fuseli.
      El primate expresa el viejo fondo de animali­dad del hombre, aque­llo que tira de su alma hacia abajo y la aleja de Dios. Una buena (y sosa) ilustra­ción victoriana de esta idea la tenemos, por ejem­plo, en La tenta­ción de San An­tonio (1897) de John Char­les Dollman; obra muy apre­ciada en su tiempo y hoy ignorada, donde el ermita reza y trata de abstra­erse de la presencia perturbadora de una mu­jer des­nuda a la que ro­dean chacales y chimpan­cés en cuanto expre­siones zoomórficas de las malas pasiones.

      Con la llegada de Darwin la efigie del mono, antepa­sado del hombre, devino aún más angustiosa, ya que re­cordaba que éste había sido bestia y podía volver a serlo en cualquier momento si se dejaba arrastrar (he ahí la razón última del título del relato holmesiano) por sus impulsos atávi­cos, como bien apuntaban tanto el óleo de Dollman antes aludido como Sherlock Holmes al concluir el caso de «El hom­bre que se arrastraba».
   “Cuando uno pretende elevarse por encima de su naturaleza, corre el peligro de caer muy por debajo. Hasta los hombres más excelsos pueden re­troceder a la animali­dad si se desvían del recto camino de su destino.”
     El interés creciente de los sabios decimonónicos por los grandes simios ayudó a transformar la impudicia tradicional del mono en potencia y do­minio sexual des­controlados, proporcionando una supuesta base cien­tífica a antiguos delirios de cópulas salvajes entre monos y doncellas humanas. Gorille enlevant une femme (1887), de Emmanuel Frémiet (1824-1910), es, probablemente, una de las mues­tras más acabadas en el terreno de la escultura de este tipo de fanta­sías finisecu­lares[29]. 

La obra de Frémiet representa a un gorila en el acto de raptar a una moza des­nuda, de carnes redondas y opulentas, con la suge­rida intención de violarla, como ya subrayaba Baudelaire en su crítica a una primera ver­sión en yeso de 1858[30] mu­cho más modosita, ya que la “négresse” por­taba túnica, al tiempo que una placa al pie de la estatua aclaraba que el gorila era hembra[31].
En la versión de­finitiva de 1887 la carga sexual es aún más nítida, pues la don­cella secuestrada (una suerte de Perséfone o sabina africana) es ostensiblemente el botín con­seguido por el gorila en un poblado humano, como indican la flecha clavada en el pe­cho del antropoide y el trozo de sílex con que amenaza a un ene­migo in­visible, el compañero tal vez de la mujer que empuja y se retuerce deses­perada en un intento vano por za­farse del abrazo peludo del simio de fuerza colo­sal[32]. La presencia de una cu­lebrilla en la base de la piedra sobre la que se yergue el mono pa­rece subrayar también el ca­rácter transgresor de la escena.

Galardonada con la medalla de honor en el Salón de 1887, la escultura de Frémiet puede parecernos hoy ridícula o de dudoso gusto, pero nadie refutará su poderoso impacto en la imaginación popular, como prueba la pervivencia de la imagen en el cine o el cómic contemporáneos.
Por supuesto, el mono gigantesco de Frémiet no era más que la va­riante natu­ralista del viejo sátiro raptor de ninfas. Otra criatura de sen­sua­lidad exacerbada —medio humana, medio bestial— que Buffon y Linneo creyeron ver en el orangután de Borneo (Simia Satyrus, según su denomi­nación taxonómica primitiva). Primate del que se contaban desde el siglo XVIII hechos espeluznantes[33] como los que Poe describirá más tarde en Los crímenes de la calle Morgue (1841), posible­mente, el primer relato de detectives de la literatura, que el propio Frémiet pudiera haber tenido en mente para ejecutar su Gorila o su no menos destacable Oran­gután es­trangulando a un salvaje de Borneo (1893)[34].
«El hom­bre que se arrastraba» se ali­menta también de tales cre­encias.

      En este caso tardío, la historia sucede en 1903 aunque fue publicada veinte años después, Holmes investiga el extraño comportamiento del Profesor Presbury, fisiólogo de renombre europeo, al que su ayudante el señor Bennet ha visto des­pla­zarse por la noche encorvado como un ani­mal, y su hija Edith, prometida del primero, observándola con aviesas in­ten­ciones y cara de loco por la ventana de su dormitorio, ubicado a consi­derable altura en el segundo piso de la casa familiar:
“Allí estaba, con la cara apretada contra el cristal, y me pareció que al­zaba una mano, como para levantar la ventana. Si la ventana hubiera lle­gado a abrirse, creo que me habría vuelto loca.”
Las razones de la insólita conducta de Presbury las descubrirá Holmes con su sagacidad acostumbrada.
Prometido en matrimonio (el viejo catedrático es rico) con una mu­chacha “per­fecta de cuerpo”, hija de un colega de la cátedra de Anatomía Comparada, el res­petable académico había tratado de re­cuperar el vi­gor sexual inoculándose un suero revitalizador extraído de las glándulas de un pri­mate, el langur cari­negro, cuya con­ducta agresiva el anciano estaba de hecho remedando al renovar las do­sis que un tal Lo­wenstein le hacía lle­gar regularmente desde Praga (como ya sa­bemos, la abominación suele venir a menudo del Este en las historias del Canon).
Sin embargo, no es tanto el “elixir de la vida” de Lowenstein lo que había des­pertado a la bestia durmiente en Presbury, sino “la pasión fre­nética” que el viudo profesor de se­senta y un años había experimen­tado de un modo “violento y anti­natural” (Hol­mes, dixit) por una mujer que podría ser, literalmente, su propia hija. Lo que da, por otra parte, todo su siniestro sentido al intento de Presbury de irrum­pir de noche en la al­coba de su primogénita.
Al revelarse incapaz de dominar sus pulsiones básicas, Presbury se transmuta en un mono lúbrico al que su propio perro, bruscamente li­be­rado de sus ataduras (mera proyección, como en el caso del Dr. Roy­lott, de su animalidad destructiva) estará a punto de matar a dentelladas. Final moralizante que Holmes remachará con una sorprendente reinter­preta­ción de la teoría darwiniana que más debe al es­piritualismo de Co­nan Doyle que a los antecedentes positivistas del detec­tive de Baker Street:
            “Piense, Watson, que los materialistas, los sensuales, los mundanos, to­dos querrían prolongar sus inútiles vidas. En cambio los más espirituales no desoirían la llamada del plano superior. Sería la supervivencia de los menos aptos. ¿En qué clase de ciénaga se convertiría nuestro pobre mundo?”
     Considerado por algunos estudiosos como un relato apócrifo, tributa­rio en ex­ceso de El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde de Ro­bert Louis Steven­son, «El hom­bre que se arrastraba» evocaba para sus con­tem­poráneos no sólo el fantasma del mono violador sino temas de indu­dable actualidad médica.

     Apenas tres años antes de la publicación de la aventura del Profesor Pres­bury, el cirujano francés de origen ruso Sergei Voronov (1866-1951) había comenzado a hacerse rico con sus in­yecciones de hormonas y sus trasplantes de góna­das de chimpancés y ba­buinos en ancianos mi­llonarios impotentes. Aunque ya en 1889 el reputado neurólogo y fi­siólogo Charles Edouard Brown-Séquard (1817-1894) había alcanzado reconocimiento popular tras inyectarse en seis ocasiones una solución acuosa con extrac­tos de glándulas testiculares de perro y conejo de Indias de efectos mila­grosos.
     Según la memoria que relataba el experimento[35], Brown-Séquard, de setenta y nueve años, sintió como todos sus músculos se fortalecían de golpe, permitiéndole subir los escalones de su casa de cuatro en cuatro sin fatigarse y honrar debida­mente (esto es lo importante) a su tercera y jo­ven es­posa. En estas circunstancias no es de extrañar que las inyecciones sub­cutáneas de “liqueur organique” del pro­fesor Brown-Séquard causa­ran estragos entre los hombres maduros de la época: Émile Zola contaba ma­ravi­llas de ellas y Joris Karl Huys­mans también las men­ciona elogiosa­mente en el capítulo XV de Lá-Bas (1891). Alphonse Daudet probó suerte igualmente en 1892 con la fórmula magistral de Brown-Séquard[36], aun­que en su caso para tratar su ataxia locomotriz de origen sifilítico[37].
     Enfermedad tabú para los victorianos, la sífilis, que pudiera subyacer en las alusio­nes a la conducta alterada del Profesor Presbury y a su dela­tora espalda en­corvada (osteopatía característica de la tabes dorsalis). Lo que añadiría nuevos motivos de inquietud para un lector de la época, des­conocedor aún de las causas del enigma por no haber llegado al final del relato, al pensar en la amenaza que supondría para una joven núbil un tipo infectado, lascivo como un simio y tan ve­nenoso como una ser­piente.
Juan Requena
Madrid, a 27 de marzo de 2010

      [27] Para los antiguos griegos no existían distingos entre la onza, el guepardo y el leopardo, agrupados todos bajo el nombre genérico de pantera. Estos felinos moteados escoltaban a las Ménades y a los Silenos, Sátiros y Faunos embriagados en las procesiones dionisíacas. El lector recordará quizás a otros miembros del cortejo báquico, como las vírgenes canéforas, con sus cestos repletos de frutos y ser­pien­tes amaestradas o los falóforos con sus largas vergas. Elementos que no resultan ajenos al mundo de Dr. Roylott.
      [28] «The Adventure of the Creeping Man», The Strand Magazine, Londres, Marzo de 1892.
      [29] La manifestación literaria más conocida se encuentra en uno de los episodios de Gamiani, relato pornográfico de Alfred de Musset publicado en 1876.
      [30] “L’Orang-outang, entraînant une femme au fond des bois (ouvrage refusé, que naturellement je n’ai pas vu) est bien l’idée d’un esprit pointu. Pourquoi pas un crocodile, un tigre, ou toute autre bête susceptible de manger une femme? Non pas! Songez bien qu’il ne s’agit pas de manger, mais de violer. Or le singe seul, le singe gigantesque, à la fois plus et moins qu’un homme, a manifesté quelquefois un appétit humain pour la femme. Voilà donc le moyen d’étonnement trouvé! « Il l’entraîne; saura-t-elle résister? » telle est la question que se fera tout le public féminin. Un sentiment bizarre, compliqué, fait en partie de terreur et en partie de curiosité priapique, enlèvera le succès. Cepen­dant, comme M. Fré­miet est un excellent ouvrier, l’animal et la femme seront également bien imités et modelés. En vérité, de tels sujets ne sont pas dignes d’un talent aussi mûr, et le jury s’est bien conduit en repoussant ce vi­lain drame.” [Charles Baudelaire, «Le Salon de 1859», La Revue Française (1859)]
      [31] La primera versión, Gorille enlevant une Négresse, fue expuesta en 1859 a la entrada del Palais de l’Industrie de París detrás de unos espesos cortinones verdes para no ofender a las visitantes. El yeso original fue poco des­pués destruido dolosamente por alguien a quien el arte de Frémiet desagradaba.
      [32] Como cantaba Georges Brassens: “Que le gorille est un luron / supérieur à l’homme dans l’étreinte, / bien des femmes vous le diront!”
      [33] Rousseau se hace también eco de estas historias de viajeros en 1755: “Dapper confirme que le royaume de Congo est plein de ces animaux qui portent aux Indes le nom d’orang-outang, c’est-à-dire habitants des bois, et que les Africains nomment Quojas-Morros. […] Les Nègres font d’étranges récits de cet animal. Ils assurent non seule­ment qu’il force les femmes et les filles, mais qu’il ose attaquer des hommes armés. En un mot il y a beaucoup d’apparence que c’est le satyre des Anciens.” [Jean-Jacques Rousseau, Discours sur l’Origine et les Fondements de l’Inégalité parmi les Hommes, nota nº 10]
      [34] Curioso que Baudelaire rechazara el Gorille enlevant une Négresse de Frémiet en 1858, habiendo traducido en 1856 el violento relato de Edgar Allan Poe. El realismo de la escultura, que convertía en más verosímil la fantasía de Poe, no debió ser ajeno a aquel sentimiento de dis­gusto. Se­ñalemos, a título de coincidencia, que el dominio de la anatomía humana y animal que revela Frémiet fue el fruto de sus muchos años de taxidermista, profesor de dibujo en el Jardin de Plantes y el Museo de Historia Natural y pintor de cadáveres… en la morgue de París.
      [35] Charles Edouard Brown-Séquard, «Expérience démontrant la puissance dynamogénique chez l’homme d’un liquide extrait de testicule d’animaux» en, Archives de Physiologie Normale et Patholo­gique, París, 1889, nº 5, serie 1, págs. 651 a 658.
     [36] Un eco lejano de los experimentos de Brown-Séquard y Voronov subsiste en la delirante comedia de 1952 Monkey Business (Me siento rejuvenecer); película de Howard Hawks con algunas escenas impagables, como la de Charles Coburn, nueva encarnación enloquecida del Profesor Presbury, empa­pando el rotundo trasero de Marilyn Monroe con un explícito sifón, bajo los efectos del brebaje rejuve­necedor creado por el chimpancé del laboratorio.
      [37] A esta degeneración progre­siva de las raíces y columnas posteriores de la médula espinal y el tronco del en­céfalo dedicó Conan Doyle su memoria para la obtención del título de doctor en Medicina en 1885. Vid. Arthur Co­nan Doyle, «An Essay upon the Vasomotor Changes in Tabes Dorsalis and on the Influ­ence which Is Exerted by the Sympathetic Nervous System in that Disease, Being a Thesis Pre­sented in the Hope of Obtaining the Degree of Doctorship of Medicine of the University of Edin­burgh». Un largo extracto del capítulo III de esta tesis puede encon­trarse en la antología The Edinburgh Stories of Arthur Conan Doyle. Edinburgh University Student Publications Board, 1981. Págs. 81 a 86.







 http://absencito.blogspot.com.es/2008/01/profesionales-del-traje-de-gorila.html

31.1.08


PROFESIONALES DEL TRAJE DE GORILA


Dado que vincular el Día Mundial del Traje de Gorila con el dibujante Don Martin ya no es del todo correcto, o educado… aunque, precisamente, la educación es antítesis del traje de gorila…

A lo que iba, puestos en el difícil (por no decir imposible) trance de desvincular la celebración de hoy del genial dibujante de MAD creo que lo suyo es desviar la mirada hacia los honrados profesionales que han hecho del disfraz de gorila un arte, un icono de la serie bé. Gente digna, esforzada (elevada temperatura interior y falta de oxigeno) y a menudo anónima pues, en aras de una imposible verosimilitud, nunca se les acreditaba con la esperanza de que el espectador inocente dedujera, entonces, que no eran hombres con traje de gorila sino simios auténticos. Artistas como Charles Gemora, Ray “Crash” Corrigan, Steve Calvert o George Barrows ennoblecen con su oficio el arte de hacernos soñar a bajo coste, al mismo tiempo que representan ante nosotros el deseo inconsciente de revivir nuestros instintos, hacer el mono y cargar con una jamona sobre los hombros rumbo a la cueva de nuestras fantasías.


El primer nombre de la historia del cine relacionado con trajes de gorila fue Charles Gemora, un italo-felipino bajito que iba para escultor (estudió arte en Florencia) y que con veinte años emigró a los Estados Unidos para descubrir que los artistas, normalmente, pasan hambre. Las penurias no le impidieron casarse con una muchacha que se ganaba las alubias haciendo de extra en el cine mudo, primer vínculo con las estrellas que le proporcionó algunos encargos esculpiendo moldes para el gran Lon Chaney. Al parecer, Gemora tuvo una visión y pasó una semana fabricando el traje que le haría famoso. Tras darle un susto a su esposa, que casi se muere del soponcio con la sorpresiva prueba del algodón de su marido, movió su creación por Hollywood y triunfó en el intento al ser contratado para aparecer en The Leopard Lady (1928). A partir de entonces participó en más de treinta películas, siendo las más conocidas The Unholy Three (1930, junto a Lon Chaney), The Gorilla (1930), el clásico de la Universal Murders in the Rue Morgue (1932) o The Chimp (1932, junto a Laurel y Hardy). En 1954, durante el rodaje de Phantom of the Rue Morgue (1954) sufrió un ataque al corazón (hacer el gorila es duro) que obligó a su retiro. No sólo hizo de gorila, sino también de alienigena en La Guerra de los Mundos (1953) o I Married a Monster from Outer Space (1958), y siempre siempre sin acreditar, por mucho que su casa se convirtiera en una auténtica factoría de trajes de gorila para el mundo del cine. En Cinefania le dedicaron un artículo en castellano.


Ray “Crash” Corrigan (1902-1976) fue un tipo curioso que vale la pena reivindicar. Cachas profesional, llegó a Hollywood como preparador de actores para escenas de acción, y no tardó en dar el salto al otro lado de la cámara como protagonista de numerosos seriales, primero como héroe de acción al estilo Flash Gordon en los míticos doce episodios de Undersea Kihgdom de la Republic. A partir de ahí protagonizó una ingente cantidad de b-westerns. Lo curioso de “Crash” Corrigan es cómo diversificó sus negocios cinematográficos. El más conocido fue el rancho Corriganville, unos terrenos que nuestro hombre adquirió y convirtió en exitoso set de rodaje de películas del oeste a las afueras de California. Fort Apache, El Llanero Solitario o Las Aventuras de Rin-Tin-Tín fueron algunas de las películas, seriales o series de televisión allí filmadas. Incluso se abría al público, con entrada, los fines de semana. Su otro gran éxito fue su traje de gorila. Resulta fascinante comprobar como un actor que se convirtió en héroe de acción popular y de bajo presupuesto, con rostro conocido en la época, mantuvo una carrera paralela como especialista del traje de gorila, a menudo sin acreditar.


“Crash” Corrigan vistió de gorila en casi una veintena de títulos con un traje que iba perfeccionando de una película a otra. Murder in the Private Car (1934) fue la primera, luego apareció en algunos de los primeros tarzanes de Weismuller, hizo de gorila extraterrestre en el primer serial de Flash Gordon (1936), introdujo la figura del gorila en nada menos que tres westerns (Come On, Cowboys!, Round Up Time in Texas, Three Texas Steer), fusionando así de manera harto bizarra sus dos especialidades; Corrigan fue el gorila oficial de la serie bé durante la década de los 40 en filmes como Darkest Africa (1936), The Ape (1940), Captive Wild Woman (1943), Nabonga (1944), The Monster and the Ape (1945) , The White Gorilla (1945) o Killer Apes (1953), sin olvidar algunas variaciones en el traje que lo convertían en monstruo. La clásica It! The Terror from Beyond Space (una de las madres de Alien) fue su última aparición haciendo de bicho homínido, pero no de gorila pues se había desprendido,por dinero, de su segunda y peluda piel.


Corrigan vendió su traje de gorila a Steve Calvert, un camarero del afamado nightclub Ciro’s de Sunset Boulevard, lugar frecuentado por el famoseo hollywoodiense y, por tanto, puerta trasera para acceder a la meca del cine disfrazado de gorila. La idea de la cesión o herencia del traje de gorila es muy romántica y no dejo de relacionarla con los luchadores mexicanos (que se daban la alternativa o legaban la máscara a sus hijos), por mucho que el elemento crematístico de la venta (1.800 $) esté presente. El nuevo propietario no tardó ni dos semanas en comenzar a sacar rendimientos de su inversión, estrenándose en la primera de las adaptaciones fílmicas de Jungle Jim, personaje de Alex Raymond que encarnó Weismuller (que acabó su vida vistiendo un invisible traje de gorila, por cierto).


Calvert ejerció su nuevo oficio con singular profesionalidad (solía visitar el zoo para estudiar a los primates) y alegría en títulos clásicos o ignotos como Bride of the Gorilla (1951), Bela Lugosi Meets a Brooklyn Gorilla (1952), Road To Bali (1952, con Crosby y Bob Hope), Here Come the Girls (1953), The Bowery Boys Meet the Monsters (1954), Panther Girl of the Kongo (1955), The Bride and the Beast (1958) o apariciones estelares en las series televisivas de los 50s de Superman o Lassie. Aquí tienen un estupendo artículo en inglés sobre su vida. Tampoco sería justo olvidar que de vez en cuando también se ponía bajo la piel de variopintos monstruos alienígenas, el pluriempleo habitual de los profesionales del traje de gorila (podemos verle en Target Earth). Calvert, que se retiró en 1962 cuando un ataque al corazón hizó imposible continuar su carrera, representaba la segunda generación de especialistas del traje de gorila, el problema es que a esas alturas le había salido un duro competidor: George Barrows.


La competencia entre profesionales del traje de gorila siempre fue algo relativa. Gemora y Corrigan solaparon sus carreras, pero sus creaciones eran diferentes: el primero, bajito, y el segundo, cachas, representaban dos tipos diferentes de criatura, por lo que nunca llegaron a competir realmente. No pasó lo mismo con Calvert y Barrows, ambos pertenecientes al tipo de primate fiero y grandote impuesto por Carrigan. Afortunadamente, la serie bé de los 50 fue lo suficientemente productiva para que ninguno de los dos pasara hambre. Barrows, de quien se sabe poco, alternaba el oficio de gorila (que interpretaba de manera más paródica que sus compañeros de profesión) con breves papelitos de malo, especialmente para la televisión, y pasará a la historia por esa joya sicotrónica que es Robot Monster. También podemos verle en Gorilla at Large, Ghost in the Invisible Bikini o en la entrañable Konga, aunque respecto al filme británico de Herman Cohen hay versiones dispares. Al parecer, el productor quería a Calvert, con quien ya había trabajado con anterioridad, pero éste denegó el ofrecimiento porque era un tipo muy familiar y no quería viajar hasta Londres. Fue entonces cuando se acudió a Barrows. Según algunas versiones, en realidad Barrows se limitó a alquilar su traje y empaquetarlo como correo urgente rumbo a la capital británica, siendo un tal Paul Stockman quien se vistió e hizo de Konga. Según esta versión, el traje sufrió algunos desperfectos y Barrows montó en cólera. Desgraciadamente, en el mundo de los profesionales del traje de gorila nunca se aparece en los créditos, así que no hay forma humana de saber qué pasó exactamente.


Casi todos los datos e imágenes de este texto proceden de la excelente web Gorillamen, plagada de galerías, textos, documentos y anécdotas. Está algo desordenada, eso sí. Los cuatro profesionales de hoy son, quizá, los más famosos, pero pueden conocer más vidas fascinantes aquí.