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lunes, 23 de abril de 2012

Homo sylvaticus (Extracto del blog www.viajesconmitia.com)

Homo sylvaticus



El Hombre de los Bosques, también llamado hombre salvaje, no es exactamente un clásico del Bestiario, pero es sin duda una de las formas más extraordinarias y elocuentes de lo monstruoso, por cuanto, simbólicamente, representa de modo casi cristalino la naturaleza animal del ser humano en su estado más puro y excelente. Aunque históricamente no sea posible establecer analogías semejantes, nada nos impide imaginar que  el mito del hombre de los bosques compartiera ciertos aspectos con el hombre lobo --una vertiente mucho más siniestra de la dimensión bestial en el individuo-- , el simio, con algunos imposibles de la criptozoología como el sasquatch o el yeti, en los que cabría ver una actualización del antiguo  homo sylvaticus, aunque alguien piense que lo contrario, porque ¿no podría ser nuestro hombre de los bosques una figuración mítica de una realidad zoológica desconocida?… Incluso, en un tour de force simbólico propio de esta casa, podríamos emparentar al hombre salvaje con los sátiros o los faunos, con el gran Dios Pan a la cabeza, como veremos. Estos últimos, como la figura que nos ocupa,  son todos ellos arquetipos que aprecen en la mitología, el folckore y la literatura de diversos pueblos occidentales, pero también de otras partes del mundo (así el mencionado Yeti, en la India y Nepal, el Yowie, en Australia y otros especímenes similares, objeto de los desvelos de criptozoólogos aplicados).


El asunto legendario del salvaje y su representación comienzan a aflorar sobre todo en la Europa medieval, en los ámbitos de la literatura y el arte. El rasgo distintivo del hombre de los bosques, a menudo figurado como un hombre velludo — con variaciones que fijan similitudes con el oso, el lobo , el sátiro o el mico, según las fuentes--  es su animalidad, su semejanza con la bestia, su carácter indómito, su fiereza. En este sentido, en su vertiente más oscura es comparable al hombre lobo, donde prima el instinto cazador y asesino, así como el matiz infrahumano --en su dimensión más peyorativa-- , cuando lo animal se asocia, por contraposición a lo humano, con lo demoníaco o lo material, lo denso y  lo sensual.



Como contrapartida a este aspecto oscuro, la dimensión luminosa del simbolismo del hombre selvático se refiere a lo “natural”, espontáneo o instintivo, esto es, del hombre en estado puro --anterior a la “Caída”, por usar un simbolismo cristiano-- , libre de la contaminación que supone la civilización.


Esta vertiente oscura del hombre salvaje es la que ilustra la figura bíblica de Nabucodonosor, (libro de Daniel, II siglo AC); el profeta relata la humillación que Dios hace sufrir al rey babilonio, enloquecido y cubierto de vello por todo su cuerpo, viviendo como una bestia.  ( Abajo,   Nabucodonosor de William Blake)


Las figuraciones clásicas del hombre salvaje lo asimilan, en algunos momentos, con otra criatura simbólica de gran complejidad, el Hombre Verde (Jack in the Green), cuyos rasgos iconográficos a veces, en motivos ornamentales y arquitectónicos, parecen confundirse. Una explicación somera de estos paralelismos habría que buscarlos, simplemente, en la asociación directa del bosque o la selva con el elemento vegetal y su  simbolismo, común y equivalente, hasta cierto punto, en ambas figuraciones.


(hombre verde de Rosslynn)

La imagen del hombre selvático fue típica, especialmente en la Edad Media y el primer Renacimiento, en la heráldica sobre todo en Alemania; son especialmente destacables las representaciones de Albrecht Dürer o Martin Schongauer (maestro del primero en las artes del grabado). En sus obras podemos encontrar con frecuencia hombres salvajes de ambos sexos, e inlcuso familias enteras, entregados a diversos quehaceres.


(Durero, vio así al hombre de los bosques)

Este ”monstruo delicado” (1) “extraño, peludo y agreste, que los europeos de la Edad Media (…) representaron a menudo en las palabras de sus cuentos, relatos y poemas, en los signos de sus diversas obras de artesanía y de arte, e incluso en los curiosos personajes de sus fiestas y escenografías, posee una enorme carga simbólica: en el seno de la civilización y de la polis muestra lo que es el salvajismo occidental,  o sea, lo que los occidentales entienden propiamente como salvaje en ellos mismos, desde ellos mismos y para ellos mismos. De ahí la relevancia antropológica de su estudio (…): los hombres salvajes de Europa guardan celosamente los secretos de la identidad occidental. Su presencia ha custodiado fielmente los avances de la civilización.” (2)

Tras la Edad Media, en plena era de los descubrimientos, entre los pioneros de la colonización, misioneros y conquistadores “el mito del buen  salvaje estaba muy presente. La formulación del buen salvaje se produce en el  siglo XVI, y es una mezcla entre la tradición medieval del homo sylvaticus, el hombre salvaje que  se creía que habitaba en los bosques europeos, y el hombre de la Edad de Oro  Clásica (…) A partir de esta época el mito del hombre salvaje o silvestre pierde algunos de sus aspectos simbólicos más arcaicos (que lo emparentan directamene con los faunos y silenos romanos) y adquieren una nueva significación de carácter más emblemático o “alegórico”, perfilando las  visiones del “salvaje” o “bárbaro” —opuesto al gentil hombre civilizador, culto y “romanizado”--  que perdurarán hasta bien entrado el siglo veinte; y por otro lado el mito del “buen salvaje”, versión más positiva del mismo.



(El hombre de los bosques y los dioses cornudos, como Pan y Cernunnos, son primos hermanos)
Así  , “el mito de la Edad de Oro confluye conflictivamente con el mito del homo sylvestris quizá en aquellas creencias populares menos marcadas por la teología católica, por ejemplo, en cuentos populares y campesinos de tradición oral, como el que luego recogieron los hermanos Grimm con el nombre de Juan de Hierro (…) Dentro del cristianismo hay una tendencia que también auspició la versión positiva del hombre salvaje, la ya antigua de la fuga mundi del monaquismo, la de los eremitas y santos de los cenobios del desierto, cultivada sobre todo en el Egipto del s. IV: recuérdense ejemplos como San Onofre, San Macario, San Pablo el ermitaño, San Antonio, Santa María Egipcíaca, o la versión penitente de Santa María Magdalena ” (todos ellos representados cubiertos de un espeso vello, que los hace en todo similares a nuestro hombre salvaje).

El hombre salvaje y el Gran dios Pan
Hemos mencionado también que en su origen, el concepto medieval del hombre selvático bebía de la tradición grecorromana, donde probablemente encuentre su fuente simbólica principal. Seres similares eran los faunos o silvanos romanos, deidades tutelares de los bosques y espesuras. Muchas tradiciones  sobre el hombre salvaje se corresponden con antiguas prácticas, ritos y costumbres. Por ejemplo, los nativos de Grisons hablaban de intentar capturar vivo a un hombre salvaje emborrachándolo, con la esperanza de obtener de aquél sus conocimientos sobre plantas y otros arcanos. Aquí se pone de manifiesto del papel de iniciador que mantienen tradicionalmente estos seres (“espíritus elementales de la naturaleza” como gustan de llamarlos los teósofos), especialmente faunos, elfos y silvanos.





Es posible entonces establecer una conexión directa entre los mitos medievales del hombre de los bosques y una antigua tradición --que parece remontarse a Jenofonte, en el siglo IV antes de Cristo--  recogida en las obras de Ovidio o Pausanias, entre otros, en las cuales los pastores también buscaban capturar a un ser de la espesura, aquí llamado Sileno o Fauno (que eran, curiosamente, las mismas figuras que aparecían representadas en algunos aspectos de los misterios dionisíacos).



Por último, podemos contemplar quizá un último eco de esta tradición arcaica en la figura folckórica  --para algunos, para otros realidad biológica-- del bigfoot o yeti (diversos nombres y tipologías según las formas locales, muy diversas y extendidas por todo el mundo) . Estos antiguos hombres salvajes, cubiertos de pelo hirsuto, de expresión remotamente humana, son popularmente descritos como viviendo en las zonas limites  y tierras más alejadas , en la frontera con el mundo civilizado —simbólicamente, las zonas liminares, de tránsito-- y entre sus rasgos distintivos menos discutidos aparecen ciertos elementos de carácter sobrenatural o directamente paranormal que lo sitúan en la misma categoría que faunos y otros seres mitológicos (lo cual no quiere decir no existentes).


Los primeros testimonios escritos sobre estas critaturas se remontan a Herodoto, que los sitúa en Libia (…) hacia el siglo V antes de Cristo. La India parece ser el lugar ideal de estos seres fantásticos, aunque también son vistos en otros muchos lugares, desde América (bigfoot, sasquatch), Siberia (Almas), el Pirineo catalán y aragonés o Australia (el yowie).   Algunos criptozoólogos, tentados de dar una explicación compatible con la teoría evolutiva, han apuntado la hípótesis de la pervivencia de especies como el Gigantopitecus o el tipo Neandertal hasta nuestros días para justificar la presencia de estos seres en el imaginario popular.



Aunque la tipología del hombre de los bosques es diversa, como hemos apuntado, en ocasiones se le relaciona con el mono, con el que comparte también ciertos aspectos simbólicos. Así, en algunas culturas, donde no se le ha demonizado directamente como en el Occidente cristiano --donde se le identifica directamente con el Diablo, como anteriormente se hiciera con el fauno o el sátiro--  el mono cumple un papel de iniciador , claramente prometeico: es el caso de Hanuman, en Oriente, o “entre los aztecas o los nativos de Camerún, por ejemplo, en el caso del mono-herrero, para los que el mono es un avatar del herrero ladrón del fuego” (3).

En otros lugares, el mono, que “en su tiempo era un hombre, aparece como héroe civilizador”, inventado la técnica del fuego por frotación”. (ibid) Este rol del mono como guía iniciático es común, como se ha mencionado, a silenos y faunos, antecedentes del hombre de los bosques.



Basten estas pequeñas disquisiciones sobre el homo sylvaticus para poner su manifiesto su gran relevancia simbólica, notable aún en nuestros días en el ámbito ocultista, donde, en su vertiente más siniestra, la del mico de Dios, parece constituir para algunos fuente de sorprendentes y oscuras revelaciones que quizá algún día tengamos la ocasión de someter a un examen más pausado.

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tenacious d sasquatch subtitulado español

Un fragmento de la película Tenacious D, en la que un bigfoot, trasunto de nuestro hombre salvaje, sirve de hierofante --como el viejo Dionisos--  al protagonista en una gesta iniciática y extática propiciada por el uso (o abuso) de sustancias psicotrópicas encarnadas por el hongo alucinógeno y graálico, la amanita muscaria. Ligero e hilarante, pero de gran carga simbólica. O lo que sea.

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Un tutubo que recoge la leyenda de uno de los especímenes más ínclitos de nuestro hombre de los bosques patrio, en Huesca

-Fuentes y vínculos-
(1) El mito del hombre salvaje en el barroco, en Delicate Monsters
(2) Diccionario de símbolos, Dom Sterx y Gheerbrant, “simbolismo del mono”.
(3) Los hombres salvajes en la Edad Media
(3)  Yetis y hombres de los bosques, primos hermanos
(4) El salvaje artificial, un libro de referencia  sobre el particular aquí
(5) Monstruos del Barroco en la genial Res Obscura. Todo un hallazgo, sobrinos.
(6) Hombre salvaje del Pirineo aragonés
(7) El yeti vasco , un exótico hombre salvaje
Criptozoología: monstruos y quimeras
El yeti de Huesca, acá
Más hombres de los bosques, por acá
Wildmen in medieval folcklore
El Hombre salvaje, en wikipedia
( ) El buen salvaje en la Edad de Oro, en http://personal.telefonica.terra.es/web/mleal/articles/tribuna/13.htm

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